"Necrosis" por Ana María de la Torre Bermúdez

4 Nov

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Revista Cosmocápsula número 15. Octubre – Diciembre 2015. Cápsulas literarias.


Necrosis

Ana María de la Torre Bermúdez


La sinfonía de la podredumbre retumba en la boca del estómago, embadurnándose de grasa a medida que el cuerpo se ahoga y pese a todo gorjea. Las miradas se nublan lujuriosas ante el censo de las calorías mientras la mujer contempla a través del cristal, oprimiendo la mandíbula en una mueca de resignación ponzoñosa. Un dedo aceitoso la señala desde el interior acompañado de una carcajada.

Blandiendo la muleta, inicia una retirada endemoniada; en sus ojos destella un odio perturbado que resuena en el chirrido del titanio. Sus decididas zancadas la guían a través de la ciudad macilenta. Sobre su cabeza, los vehículos circulan en estrechos carriles aéreos, exhalando un aliento sombrío que se adhiere a los edificios como una pestilente atmósfera. Mientras atraviesa el núcleo de la metrópolis, la brisa levantada por los billetes al desfilar de mano en mano acaricia sus mejillas. Ciertas miradas piadosas osan mirarla con compasión hipócrita, blandiendo solidarias limosnas que rechaza con férreos manotazos del brazo biónico.

Exhausta de arrastrar durante tanta distancia la defectuosa pierna artificial, toma asiento sobre un banco próximo a la ribera del ahogado río. Ha recorrido cerca de diez millas; el transporte público es un monstruo de colmillos venenosos con el que se niega a contribuir. Los dirigibles revestidos de publicidad sobrevuelan el desolado paisaje que comienza a esbozar los suburbios de la majestuosa ciudad, la cual se delata vencida hacia sus decrépitas fronteras. Con mirada sombría, contempla el crudo edificio rodeado de tierra sucia e infértil. Su corazón sucumbe lentamente ante esta creciente necrosis; no la que estrangula su cuerpo, sino la que poco a poco asfixia este mundo acabado.

Impulsándose con un suspiro, se une a la cola para acceder al edificio. Tras traspasar el control de acceso, se dirige a los vestuarios para cambiar sus austeras ropas por el traje NBQ. Una vez acomodada en su sección del laboratorio, sus manos trabajan ansiosas. Los demás químicos, que en mayoría trabajan aquí como única alternativa al desempleo y la pobreza, la miran de soslayo preguntándose por qué, aun en su crítico estado, insiste en alquilar la cabina y repetir continuamente esta arriesgada tarea, exponiendo de nuevo su vida a la ponzoñosa mordedura de los rayos gamma. Pero su consciencia se nubla por el anhelo de salvación, por el espíritu heroico que sufre ante la idea de ver secundada su suerte.

Una vez finalizado su trabajo, guarda cuidadosamente en paquetes herméticos los alimentos esterilizados mediante esta avanzada técnica de ionización. Cargándolos a la espalda con esfuerzo, escapa del venenoso edificio, enfundada de nuevo en su armadura de humilde supervivencia. Sus ojos, sobrevolando el lóbrego esqueleto del río, escrutan el horizonte que comienza a morir inmerso en el crepúsculo. Entonces su mirada lo encuentra; la aguarda en pie, irguiendo su postura en una decidida presencia. Él no se ofrece a ayudarla a llevar la carga; no se acerca para ahorrarle distancia. Su severo semblante la escruta sin desestima ninguna, adivinando el fantasma de la carne donde ahora preside el metal. Sabe que su corazón late aún de vida enfebrecido con la fuerza de diez mil huracanes.

El ademán es sencillo y casual; sus gestos apenas se alteran cuando él, de un macuto, extrae una muleta y la intercambia por la que ella lleva. Sus labios susurran un torrente de palabras que escucha mientras una atolondrada ave despierta en su pecho y aletea. El odio, que intuye la victoria, parece apoderarse por un momento de su ánimo, pero finalmente se controla y, envolviéndose en un aura calculada y fría, se apoya en la nueva muleta mientras apresuradamente regresa al corazón de la metrópolis.

Su torpe pierna biónica la desespera al tiempo que se abre paso a través de la multitud cuchicheante; el evento comienza en dos horas cuando son cuatro las que se demora en llegar a casa. Desde las tiendas de televisiones, el rostro odiado dirige pretenciosas miradas a las cámaras de los numerosos reportajes que anteceden a la retransmisión del acontecimiento. Su conciencia se retuerce de remordimiento, pero debe cometer una pequeña traición para llegar a tiempo: con el estómago contraído de náusea, se acomoda en el tranvía que serpentea entre los imponentes rascacielos.

Cuando al fin irrumpe en su apartamento, arroja su cargamento a un lado, echa un rápido vistazo al televisor que atiende su hijo y regresa al vestíbulo antes siquiera de escuchar su entusiasmada bienvenida. Temblorosa, respira la ignorante noche desde la vertiginosa azotea, localizando en la lejanía el edificio de arquitectura neoclásica que, como había pretendido al alquilar el piso en esta urbanización, puede apreciarse perfectamente. Una masa de repugnantes hormigas se agolpa frente a él, sin duda blandiendo cámaras y micrófonos.

Con un suspiro, se apoya la muleta sobre el hombro. Al accionar un botón, una mirilla emerge de la barra. A través, la visión del palacio se amplía desmesuradamente y los rostros se tornan reconocibles. Siente el corazón palpitar enfebrecido mientras la tortuosa espera se consume. Entre sus recuerdos circulan cicatrices de promesas rotas y decepciones traidoras.

Por fin, la multitud se abre y el protagonista accede al escenario. Firmemente, sujeta la muleta; su índice acaricia la diminuta palanca que sobresale del mango. El proyectil es minúsculo, tan delgado que atravesará la carne y se perderá para siempre; en su calculada trayectoria se imprimen los años de esfuerzo y conspiración impaciente. El rencor estalla en recuerdos de naturaleza masacrada, capitalismo carroñero y salud castigada.

Lentamente, vuelve a apoyar la muleta en el suelo y regresa al interior de la casa. Los histéricos gritos de su hijo la instan a mirar el televisor. Impasible, contempla el cadáver trajeado que se desangra por dos minúsculos orificios en ambas sienes. Con el transcurrir de los convulsivos minutos, nuevas imágenes comienzan a remplazar la visión del asesinato. Un hombre de ánimo impactado balbucea ante el micrófono del entrevistador: el hombre que le ha entregado la muleta. Sus ojos atolondrados se pierden en la nada, pero ella lee en ellos la esperanza; el eco del cambio que parece viajar desde el futuro hacia el presente.

Su cuerpo cruje extenuado, pero el de su hijo se mueve vigorosamente, preparando la cena con los alimentos esterilizados, y ella esconde las lágrimas de alivio y fe, rogando que la masacre se detenga y el mundo, poco a poco, vuelva a nacer.



Ana María de la Torre Bermúdez nació el 1 de diciembre de 1995 en Valdepeñas (Ciudad Real). Desde muy temprana edad ha mostrado un gran interés por la literatura y la escritura creativa, comenzando a practicar esta última a los seis años y siendo galardonada en diversos premios literarios a partir de entonces. Actualmente, estudia Traducción e Interpretación en la Universidad de Málaga, aunque durante este curso se ha trasladado a la Universidad de Portsmouth como estudiante Erasmus. Sus lenguas de estudio son el inglés, el francés y el japonés. Recientemente se dedica a la escritura de La pluma de Rosetta, un blog sobre literatura, idiomas, cine, etc. En el futuro, sueña con ser una buena traductora e intérprete a la vez que escritora.


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