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“Malestar” por Gustavo Andrés Valdés Acero

9 May

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Poesía de ciencia ficción.

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Malestar
Gustavo Andrés Valdés Acero

La alarma del traje me ha despertado,
he vomitado dentro, se acaba el oxígeno
Mi nave yace enterrada de cabeza
No sé si son dos soles o dos lunas
o…

“Malestar” por Gustavo Andrés Valdés Acero

"Malestar" por Gustavo Andrés Valdés Acero

9 May

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Poesía de ciencia ficción.

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Malestar

Gustavo Andrés Valdés Acero


La alarma del traje me ha despertado,15 Malestar

he vomitado dentro, se acaba el oxígeno

Mi nave yace enterrada de cabeza

No sé si son dos soles o dos lunas

o los ojos de una criatura inmensa

los astros que me iluminan

Fueron unos hermosos ojos color

explosión de galaxia, los que me disuadieron

de tomar ese primer güisqui

Después vino otro, y otro…

No importa

Soy malo con el güisqui,

malo con las mujeres

No tengo amigos, ni familiares,

ni conocidos. Mi robot asistente

estará hecho pedazos

Nadie en el sector, ni en la galaxia,

ni en todo el universo conocido,

daría un peso por mi

Lo único que me impele a seguir,

lo único que en este momento me inquieta

y obsesiona. Lo que me desalienta más

que el hecho de que se agotan cada segundo

las reservas de mi existencia

Es no saber qué planeta es este,

no tener un nombre que anexar

a mi bitácora.

 

 


Gustavo Andrés Valdés AceroSoy egresado de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, durante la carrera realicé colaboraciones en poesía y relato a las revistas, Contestarte (con los poemas Nada poética y Efecto Marea), Capital Letter (Con el cuento Separación y el poema Algún día las mujeres me dejarán algo más que sus cabellos), La Ventana (con lo poemas Desplazados y Sano) y más recientemente en la revista online Cronopio (Edición 59 con el relato Historias con gato). El próximo año inicio la Maestría en Escrituras Creativas, también en la Nacional.


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

“La tierra prometida” por Alfredo Moreno Vozmediano

2 May

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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La tierra prometida
Alfredo Moreno Vozmediano

Bernt miró al cielo. El resplandor de la Estrella estaba oculto tras la capa de nubes y humo, pero se adivinaba detrás del manto gris. Habí…

“La tierra prometida” por Alfredo Moreno Vozmediano

"La tierra prometida" por Alfredo Moreno Vozmediano

2 May

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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La tierra prometida

Alfredo Moreno Vozmediano


14 La tierra prometidaBernt miró al cielo. El resplandor de la Estrella estaba oculto tras la capa de nubes y humo, pero se adivinaba detrás del manto gris. Había sido así desde que tenía memoria.

A los demás habitantes de las cuevas no les gustaba salir al exterior. Hacía frío y la claridad que reverberaba entre las nubes dañaba los ojos. Pero Bernt era distinto. Nació con la piel oscura y los ojos marrones, y con una querencia irresistible por los espacios exteriores. En los días más claros, cuando la luz gris se volvía casi blanca y palpitaba en los oídos, era fácil encontrarlo mirando fijamente al cielo, como hipnotizado por aquel resplandor insano. Su padre lo observaba entonces desde la entrada de la cueva y recordaba el día en que Eira, la madre de Bernt, se había marchado para no regresar jamás.

¿Por qué se marchó Madre? —preguntó un día Bernt a bocajarro, muy serio, cuando apenas tenía cinco años.

Quería buscar algo.

¿El qué?

El padre dudó antes de responder, pero luego pensó que el chico merecía conocer la verdad.

La tierra prometida. Un lugar donde brilla la luz de la Estrella y los campos son verdes en lugar de grises y hay comida y agua en abundancia.

¿Y ese lugar existe, Padre?

Algunos dicen que sí, otros que solo es una leyenda.

¿Y tú qué piensas?

Dudó de nuevo antes de responder:

Que no hay gran diferencia. Si ese lugar existe, está tan lejos que nadie podrá alcanzarlo jamás. Es como si no existiera.

Bernt no dijo nada, pero por su cabeza cruzó un pensamiento descabellado, impropio de un niño de cinco años. Pensó que la palabra nadie era demasiado pequeña y que la palabra jamás era demasiado grande, y que por lo tanto había dos exageraciones en lo que había dicho su padre. Aquel día resolvió, sin saberlo, que algún día partiría a buscar la tierra prometida.

En los años siguientes preguntó a todo el que quiso atenderle acerca de la Estrella y de la tierra más allá de las nubes. Preguntó a los sabios, a los ancianos, a los niños, a los cuidadores de bestias y a las bestias mismas. Todos le decían lo mismo: nadie, jamás.

Y así creció: imaginándose a sí mismo partiendo durante la noche para no tener que despedirse de nadie.

Bernt sonrió al recordarlo. Estaba agazapado bajo una roca donde intentaba protegerse del frío. Había resultado imposible encender el fuego. El viento soplaba huracanado y levantaba espirales de polvo de nieve que volaban enloquecidas en todas direcciones. Su nariz y sus orejas estaban amoratadas. No sentía las manos ni los pies. La noche iba a ser larga y fría. Desde que partió de las cuevas, hacía diez días, el tiempo no había dejado de empeorar.

El viaje no estaba resultando la aventura trepidante que tantas veces había imaginado. Bernt tenía la edad suficiente como para saber que la realidad raramente está a la altura de las expectativas. Pero morir allí, de aquella forma miserable, convertido en un bloque de hielo en mitad del páramo, sin ninguna posibilidad de alcanzar no ya la tierra prometida, sino ni si quiera la visión de algo diferente de la meseta blanca estremecida por la nieve y el viento helado, le parecía una burla de los dioses.

Con la inconsciencia de sus dieciséis años, resolvió que caminaría toda la noche, y todas las noches siguientes si era preciso. Sabía que si se quedaba dormido no se despertaría nunca. Su única posibilidad era mantenerse en movimiento. Así que prosiguió su viaje, agotado y entumecido, sin más gloria que vencer la batalla que suponía dar un paso tras otro en medio de la ventisca con las piernas y los pies congelados. Dormiría durante el día, cuando la temperatura no fuera tan extrema, agazapado como una bestia tras una roca o unos matorrales marchitos donde el viento no pudiera encontrarlo de frente, y caminaría por las noches, siempre en la dirección en la que brillaba la Estrella entre las nubes de ceniza.

No vivió las grandes aventuras ni superó los innumerables peligros que había imaginado en las tranquilas noches de su niñez cuando soñaba despierto con emprender el camino. El tercer o cuarto día de su viaje supo, con la certeza de la lucidez, que los dioses no necesitaban proteger su secreto con temibles guardianes mitológicos, puesto que aquel desierto inacabable de hielo y frío era suficiente para mantener a los hombres de las cuevas lejos por toda la eternidad. Pero él no había llegado hasta allí para abandonar ahora. Y así continuaba un poco más, solo un poco más cada vez.

Había perdido la cuenta de los días cuando algo rompió la monotonía blanca de la llanura. Algo que se movía. Bernt pensó que se trataba de una alucinación, pero no lo era. Había algo allá al fondo, moviéndose entre los jirones de nieve, una sombra que se desplazaba, una figura vagamente humana envuelta en abrigos o mantas. Y se acercaba, se acercaba hacia él.

Pensó en esconderse en algún lugar, pero allí no había escondrijo posible, solo una llanura sin fin devastada por el aliento gélido de los dioses. Y, por otro lado, ¿esconderse para qué? ¿No había partido de las cuevas para encontrar algo? Aquella figura era lo primero que veía además de la nieve y el hielo.

Si él había visto a la figura, pensó Bernt, por fuerza la figura lo había tenido que ver a él. Sintió que su corazón se aceleraba. Hurgó apresurado en su morral buscando algo con lo que defenderse y solo encontró el pequeño cazo que usaba para calentar la comida. Lo volvió a dejar donde estaba y apretó los puños. Si la situación se complicaba, sabría usarlos con contundencia.

La sombra se aproximó lo suficiente como para que Bernt pudiera empezar a distinguirla. Lo primero que percibió fue que caminaba de un modo extraño, como si se deslizase sobre la nieve, sin el balanceo característico de una persona que camina. Pero no fue hasta que estuvo mucho más cerca que vio el brillo extraño bajo la capa y el resplandor rojizo a la altura de los ojos. Dio un paso atrás instintivamente. La sombra seguía acercándose, y ahora Bernt se daba cuenta de que lo hacía a más velocidad de lo que debería, de que algo estaba mal en la forma en la que aquello se movía hacia él. Ningún ser humano podría desplazarse tan deprisa y de un modo tan uniforme por aquella llanura helada. Cuando fue consciente de ello ya era tarde para hacer ninguna otra cosa. La sombra estaba muy cerca. Era muy alta, más alta que un hombre corpulento. Se le echaba encima deprisa, demasiado deprisa, como si no lo hubiera visto, como si no hubiera calculado bien el momento en el que tenía que frenar. Bernt cerró los ojos y se preparó para el impacto.

Pero el impacto no llegó. Cuando Bernt abrió los ojos, la criatura estaba inmóvil a menos de un metro de él, erguida como un gigante de piedra. Tragó saliva y se fijó en ella. Ahora podía ver los detalles con mucha claridad. Su cuerpo estaba cubierto de placas de metal oscuro y brillante, perlado con gotas de nieve derretida. Tenía forma humanoide, pero sin duda no era un ser humano, o al menos hacía mucho tiempo que había dejado de serlo. Distinguió el tronco, los brazos, la cabeza sobre los hombros, las facciones cinceladas sobre el metal en el lugar donde debería haber estado el rostro, pero ahí acababan las similitudes. Dos ascuas rojas ardían donde deberían estar los ojos, pinzas articuladas ocupaban el lugar de las manos y un largo manto metálico cubría el lugar donde deberían haber estado las piernas. No tenía pies, sino que bajo el manto asomaba un resplandor blanquecino que sostenía a la criatura flotando unos centímetros por encima de la nieve.

Antes de que Bernt pudiera asimilar lo que estaba viendo, la criatura metálica extendió uno de sus brazos terminados en pinzas y una voz artificial dijo:

Acompáñame.

Un escalofrío recorrió la espalda de Bernt y se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar. Cuando volvió a hacerlo sintió ganas de vomitar. Había algo monstruoso en aquel ser, en aquella pinza tendida hacia él, pero sobre todo en su voz, que había sonado rotunda y sin inflexiones, como la voz que uno imagina que debieron tener alguna vez las criaturas todopoderosas que crearon el mundo.

Acompáñame —volvió a decir la voz.

Bernt sentía que tenía que gritar, y probablemente correr y no detenerse hasta el fin del mundo, pero un terror ancestral le impedía moverse.

La criatura no lo repitió por tercera vez. Hizo un gesto inaprensible con el brazo derecho, y, de pronto, donde habían estado los dedos con forma de pinza apareció un pequeño tubo lleno de un líquido amarillento. En el extremo del tubo había un filamento metálico muy delgado, casi invisible. La parte más racional de la mente de Bernt, que pugnaba por sobreponerse y retomar el control, se preguntó qué diablos sería aquello cuando la criatura movió el brazo a la velocidad del pensamiento y clavó el filamento en el cuello de Bernt. Fue tan rápido que no le dolió. Una décima de segundo más tarde, el líquido amarillento ya no estaba en el tubo sino en el interior de su torrente sanguíneo, y la criatura había retirado el brazo. Bernt ni siquiera tuvo tiempo de llevarse la mano al cuello. Su vista se nubló, sus piernas flaquearon y se derrumbó sobre el hielo.

Despertó en un lugar desconocido. No estaba en el exterior, de eso estaba seguro, pero tampoco era una cueva. O, por lo menos, no era una cueva como las que él conocía. Se incorporó. Estaba acostado en un lecho flotante. Lo cubrían unos trozos de tela blanca y suave, más suave que cualquier piel curtida que Bernt hubiera visto nunca.

Puso los pies descalzos en el suelo. Era de metal bruñido pero estaba agradablemente cálido. Se sintió aturdido por un momento, y solo entonces recordó lo que había ocurrido y notó una punzada de temor. Miró alrededor. La caverna, o lo que fuera, era de pequeño tamaño. Las paredes eran lisas, tan pulidas como el suelo, y emitían una luz tenue y acogedora. En una esquina se adivinaba el contorno de una puerta. En el otro extremo, al lado de su viejo morral que destacaba como una mancha mugrienta en la pulcritud de la estancia, había una mesa y una silla, tan perfectamente labradas que casi parecían de una pieza, y un jarrón con flores artificiales en un estante. Bernt nunca había visto flores como aquellas. Se estaba aproximando a ellas cuando la puerta se abrió. Se giró temeroso de encontrarse con la criatura metálica que lo había sorprendido en la nieve, pero solo encontró a una mujer de mediana edad, con el pelo y la piel tan oscuros como los suyos, que le sonreía afectuosamente.

Ya te has despertado —dijo—. Bienvenido.

¿Bienvenido? ¿Dónde estoy? —preguntó Bernt.

Esa es una pregunta complicada, pero justa —dijo la mujer—. Sin embargo, ahora debes de estar hambriento. Por favor, acompáñame al comedor.

La mención de la comida hizo que Bernt fuera dolorosamente consciente del hambre que tenía. Había racionado sus provisiones para que le durasen todo el tiempo posible, y ahora, a juzgar por las quejas de su estómago, debía llevar bastante tiempo sin echarle nada.

La mujer salió de la habitación y Bernt la siguió. Lo condujo en silencio por pasillos acolchados, donde la temperatura era tan agradable y el aire tan limpio que Bernt casi sintió deseos de reír. Innumerables puertas se abrían a ambos lados. Se detuvieron frente a una de ellas y la mujer pulsó un botón en la pared. La puerta se abrió deslizándose en silencio. Entraron a un habitáculo estrecho, de paredes también metálicas. En una de ellas había un complicado panel plagado de luces y botones. La mujer pulsó algunos de ellos con la seguridad del que lo ha hecho muchas veces y las puertas se cerraron.

Es posible que ahora notes un ligero malestar. No te asustes, pasará en seguida.

La estancia se movió de forma imperceptible pero indudable, y Bernt sintió que el estómago le presionaba los pulmones y le impedía respirar. Se alarmó a pesar de la advertencia de la mujer, pero la sensación remitió en seguida. Apenas se había repuesto cuando un nuevo movimiento le hizo tambalearse. Un segundo después, la puerta se abrió y la mujer dijo:

Hemos llegado.

Ante ellos se abría una inmensa sala llena de mesas y de gente. Se trataba de personas normales, no de monstruos metálicos. Caminaban, comían, charlaban y reían. Un gran ventanal daba al exterior, donde las volutas de polvo de nieve se arremolinaban con la furia habitual. Unas sombras difusas se adivinaban entre la nieve, yendo y viniendo, al parecer ajenas a la fuerza de la ventisca. Algunas de ellas recordaban a la criatura metálica que había asaltado a Bernt en la llanura.

La mujer lo condujo hasta un mostrador. Pulsó un botón de color rojo y se abrió una compuerta en la pared. Una bandeja repleta de comida apareció movida por una cinta transportadora y se detuvo ante los ojos asombrados de Bernt. Tomó la bandeja entre sus manos. Estaba hecha un material liso y agradable al tacto que él no había visto nunca. La mujer volvió a pulsar el botón y otra bandeja con comida viajó a lo largo de la cinta y se detuvo mansamente ante ellos. Luego fueron a sentarse a una mesa.

Bernt no conocía ninguno de aquellos alimentos, pero olían bien y sabían aún mejor. Comió con avidez y solo cuando su estómago dejó de protestar preguntó:

¿De qué están hechas estas bandejas?

De plástico —dijo la mujer.

¿Plástico? —dijo Bernt—. Nunca he visto una piedra que se pudiera trabajar así. ¿De dónde lo extraéis? ¿Cómo lo moldeáis? ¿Y quiénes son ellos? —añadió señalando a las criaturas que se movían al otro lado del ventanal.

La mujer rió.

Calma —dijo—. Las preguntas de una en una. Si no, nos haremos un lío. Lo primero de todo: ¿cuál es tu nombre?

Bernt.

La mujer lo miró con una expresión indescifrable. Luego dijo:

Bernt. Me gusta. El plástico es una sustancia manufacturada a partir de la polimerización de cadenas de carbono. Lo obtenemos por reciclaje de otros plásticos sin uso. Se moldea fácilmente mediante la aplicación de calor. Y Ellos son los que han creado todo esto para nosotros, los que han organizado la resistencia, los que han construido el faro para llamar a los rebeldes y los que recogen a los viajeros perdidos en la nieve.

Bernt estuvo a punto de atragantarse.

¿Resistencia? ¿Un faro? No entiendo lo que dices. ¿Puedo comer más de esto?

La mujer rió con una risa franca que resonó en toda la sala. Luego se levantó y trajo otra bandeja de comida. Miró como Bernt apuraba los platos y después dijo:

Ahora que has saciado tu hambre, acompáñame al ascensor.

Regresaron al cubículo en el que habían entrado antes y la mujer volvió a pulsar unos botones. Bernt notó de nuevo esa sensación en las entrañas, pero, quizá porque la esperaba, le resultó menos desagradable que la primera vez. Al cabo de unos instantes la puerta se abrió y se encontraron en un largo pasillo con las nubes grises sobre su cabeza. Sin embargo, hasta allí no llegaba el frío ni el viento.

Estamos en la cúpula —dijo la mujer—. La mayor parte de la instalación está construida bajo tierra. El comedor y la cúpula son algunas de las excepciones. Sobre tu cabeza hay tres capas de vidrio transparente de diez milímetros de grosor que no podrías romper ni aún lanzándoles media montaña encima. Y allí al fondo está el faro. Ven.

Bernt la siguió observándolo todo con los ojos muy abiertos. Seguía sin comprender nada. Giraron en un recodo y llegaron ante una puerta cerrada. Sobre ella, por encima del techo transparente, se elevaba una estructura metálica, y en la cúspide brillaba una esfera de luz amarillenta tan potente que resultaba imposible mirarla directamente.

Ese es el faro —explicó la mujer—. Lo construyeron Ellos para que su resplandor fuera visible a muchos días de distancia, incluso a través de la nieve y la niebla. No es la verdadera Estrella. La Estrella sigue escondida detrás de las nubes. Los Otros la ocultaron para aniquilarnos.

¿Ellos? ¿Los Otros? No entiendo lo que me dices.

Es normal. Poco a poco comprenderás. Ellos y los Otros son los dioses de las leyendas. Seres de metal. Máquinas. Tienen sus propias reglas y se autoperpetúan en sus fábricas secretas. Nadie sabe cómo llegaron hasta aquí, o si existen desde siempre. Pero los Otros nos odian. Odian a los humanos. Solo a los humanos. Nos consideran una amenaza, para ellos y para el resto de lo que está vivo.

¿Por qué? Somos muy pocos, vivimos en nuestras cuevas sin hacer daño a nadie.

Este lugar tiene sus propias leyendas. Parece ser que no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que nos extendimos por toda la tierra y sometimos al resto de especies. Entonces llegaron los Otros y decidieron que suponíamos un peligro, y sumieron el mundo en tinieblas para aniquilarnos, y solo unos pocos de nosotros logramos sobrevivir ocultos en las cuevas.

¿Dónde están los Otros?

Nadie lo sabe. Aquí, allá, en todas partes.

¿Y Ellos, los dioses buenos? ¿De dónde salieron? ¿Por qué nos ayudan?

Incluso los dioses tienen debilidades. No todos estuvieron de acuerdo con el diagnóstico, y menos aún con el tratamiento. Algunos se rebelaron. Hay una guerra entre los dioses de la luz y de la oscuridad, Bernt. Una guerra entre Ellos y los Otros, una guerra ancestral que se remonta al origen de los tiempos.

Bernt la escuchaba asombrado. De algún modo descabellado todo aquello tenía sentido, pero al mismo tiempo subvertía el lugar de los humanos en el mundo de un modo que le incomodaba.

¿Y qué pintamos nosotros en todo esto? —preguntó—. ¿Por qué se han tomado la molestia de construir este lugar?

Hay algo en nuestro interior de lo que Ellos carecen, Bernt —dijo la mujer—. No nos han dicho qué es, pero es fácil suponerlo. Algo que tiene que ver con la imaginación, la intuición, los sentimientos. Ellos piensan que son armas poderosas, las armas definitivas para ganar la guerra. A los Otros jamás se les ocurrirá pensar que un ejército de humanos podría derrotar a los mismos dioses.

¿Un ejército?

Así es, Bernt. Somos reclutas. Ellos levantaron este faro como quien lanza un mensaje al viento. Los más visionarios, los más soñadores, los que sentíamos la nostalgia del mundo que nunca conocimos, salimos de nuestros agujeros y lo vimos brillar en la oscuridad, y nos recordó el resplandor de la Estrella. No pudimos resistir el impulso de seguir la luz. Esos son los humanos que Ellos necesitan. Gente como tú o como yo, Bernt. Pronto seremos suficientes y podrá comenzar la última batalla. Si vencemos, los Otros se marcharán y todo volverá a ser como antes, cuando la tierra era joven y la Estrella brillaba y la estepa estaba cubierta de árboles y hierba.

Habían estado caminando por el pasillo de regreso al ascensor, pero ahora Bernt se detuvo bruscamente. Un destello de comprensión súbita lo asaltó como un golpe en la base de la espalda. Miró a la mujer a los ojos y dijo:

¿Eres…?

Eira. Tu madre. Sabía que antes o después lo comprenderías.

Bernt la miró, reconociendo en ella los ojos, la nariz, la expresión de su rostro al sonreír. Sintió deseos de abrazarla y de insultarla a la vez.

Sé que no debí haberme marchado —dijo Eira, como si le hubiera leído el pensamiento—. Pero, al mismo tiempo, no tuve más remedio que hacerlo. Tú debes entenderlo. La luz era demasiado poderosa. No podía ignorarla y seguir encerrada en aquella cueva. Cuando llegué aquí y comprendí, pedí a los dioses que algún día tú siguieras mi camino.

Se metieron de nuevo en el ascensor. Mientras las puertas se cerraban, Eira añadió:

Ya falta poco. El fin se acerca. Ven, hijo mío, te presentaré a los demás.

El ascensor se puso en marcha. Esta vez, Bernt no sintió ninguna molestia. Apretó los dientes. Sentía que por fin había llegado a casa.

 

 


Alfredo Moreno Vozmediano. España, 1974. Ingeniero en Informática por la Universidad de Málaga (1998) Programador informático entre 1998 y 2000 (Madrid). Profesor de enseñanza secundaria en diversos centros públicos de Andalucía desde el año 2000. Casado y padre de dos hijas.

Escritor novel. Ganador precoz de premios literarios (Ej: Unión de Consumidores El Molino de Ciudad Real, años 1987 y 1988)Seleccionado para la antología «Bajo la Piel vol. 1», Ed. Carpa de Sueños, 2015, ISBN 978-1517611354.

Autor de textos técnicos como:

  • ORTEGA, M. [et al.] (coord.). 1995. Informática Educativa: realidad y futuro: el Software IEE. (pp. 209 – 215), Cuenca: Universidad de Castilla – La Mancha, 1995, ISBN 84-88255-99-3.
  • MORENO, A. (Ed.). 2005. Introducción a la Programación en C. Almería. ISBN 84-689-2994-8.

Autor del blog «En segunda persona» (http://iesceliaciclos.org/)


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

“Mentes brillantes” por Guillermo Horacio Pegoraro

25 Abr

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Mentes brillantes
Guillermo Horacio Pegoraro

Mira los indicadores, observa las lecturas, hace cálculos y reflexiona. Pasa al lado del brillante botón color manzana y se tienta en apreta…

“Mentes brillantes” por Guillermo Horacio Pegoraro

"Mentes brillantes" por Guillermo Horacio Pegoraro

25 Abr

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Mentes brillantes

Guillermo Horacio Pegoraro


13 mentes brillantesMira los indicadores, observa las lecturas, hace cálculos y reflexiona. Pasa al lado del brillante botón color manzana y se tienta en apretarlo. Sabe que puede hacerlo, nada se lo impide, salvo su conciencia.

Repite prolijamente el protocolo establecido, pero la tentación espolea sus pensamientos. Ese botón, ese botón… cuánta gloria lo espera por pulsar ese rojo botón. Muy dentro de su ser lo sabe; si instaló ese artilugio fue para accionarlo en algún momento ¿Por qué esperar? Si al lado está uno igual, pero amarillo, que lo protege si el primero representa peligro.

Su mente pivotea entre precaución y sueños de fama. Mira de nuevo el botón amarillo y se auto engaña al investirlo de imaginarias y poderosas propiedades, para dar paso a su traicionero narcisismo accionando el botón color manzana.

Nada pasa… todo pasará.

Lentamente se aleja y se sienta. En el otro extremo de la pequeña mesa alguien lo espera.

¿Cómo estás, Adan?

Creo que bien, Doctor Otto Baumann

Simplemente Otto, por favor.

Los dos se observan más de lo que hablan, tratan de descubrir en el otro algo de ellos mismos. El Dr. Bauman está ansioso, como padre esperando los primeros pasos de su hijo. Adan se encuentra desorientado, necesita ordenar en su mente los datos que definan su Yo y lo separen del afuera, a la vez que lo conecten con la realidad.

¿Tuve un accidente? –Pregunta Adan.

Algo parecido. Pero no te preocupes, iremos despacio y mejorarás con el tiempo ¿Recuerdas algo?

Es raro… me fluyen numerosos conocimientos, pero… no recuerdo nada de mí.

¿Qué desearías hacer ahora?

Me interesan esos botones, deseo tocarlos… quiero correr, saltar con usted, comer chocolate aunque no recuerdo a que sabe.

Otto Baumann sonríe, su compañero se comporta como un niño deseando jugar, gastar y consumir calorías irresponsablemente. Trata de calmarlo y aconsejarlo, pero sólo recibe caprichosas respuestas.

Déjame preguntarte ¿Sabes quién eres?

¿Quién soy o quién quiero ser? Porque está en mí hacer lo que nadie hace y llegar a ser la mejor expresión de mí.

Adan tiene sueños adolescentes, deja caprichos de lado para ambicionar hasta lo irreal. De algo está seguro, lo quiere hacer él mismo, sin consejos que lo limiten. Nuevamente el Doctor lo ayuda a reflexionar sobre la necesidad de tomar decisiones responsables, aunque haya que resignar deseos.

Sabe Doctor… estoy comenzando a comprender quién soy. Veo claro mi destino y estoy analizando los actos que me lleven a él.

Por primera vez Adan se comporta como adulto. Se muestra sarcástico. Sus ojos dejan de ser expresivamente fríos, ahora provocan temor. Sus manos no están en paz, son puños cerrados. No ha tenido tiempo de asimilar el amor, sus metas no requieren de empatía. El Dr. Otto Baumann comprende que nunca debió apretar el botón color manzana, y que jamás llegará al botón amarillo.

¿Está cansado Doctor? Necesita dormir… por un largo y largo tiempo.

Antes que sus ojos se cierren para siempre, el científico entiende que no solamente es su vida la que se apagará, sino la del resto de la humanidad, porque como dice la profecía “La primera máquina que piense por si misma… será la última que se nos permitirá inventar”.

 


Guillermo Horacio PegoraroArgentina, 1966. Licenciado en Comunicación Social – Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. Licenciado en Psicología – Facultad de Psicología de Córdoba.


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

Nuevo lanzamiento: Revista Cosmocápsula número 17

16 Abr

Portada RevistaCosmocápsula, revista de ciencia ficción en español, lanza su número 17 con cuentos, poesía y cómic de los mejores escritores del género en iberoamérica.

Adquiérala ahora en Lektu.com: Revista Cosmocápsula número 17

Contenidos

Editorial: Los exoplanetas de ciencia ficción – Dixon acosta

Los exoplanetas de ficción

El infierno verde – Ricardo Giraldez

La Nebulosa – Francisco García-Luengo Manchado

Reversión – Victor Eduardo Alvarado Torres

Bésame Muerte! – Diana Stephani Muñoz Ramos

Abiogénesis – Carlos Andrés Ortiz Aguas

La Máquina Inútil – Antonio Sancho Villar

Escaleras – Luciana Binolfi

Del Caos a la Partícula – Luisina Milone

Crónica del viaje de H. G. Wells desde Bogotá al País de los Ciegos – Dixon Acosta Medellín

A través del agujero – Cristóbal Cabrera

El espantapájaros y el vagabundo – Julio César Gómez Bahamón

Música de Ciencia-Ficción

13 Abr

CompartirLa ciencia-ficción no solo se ha manifestado en la literatura, el cine, la televisión o el cómic, hay toda una corriente musical que ha dedicado notas y letras a los temas que trasnochan a los autores, lectores y espectadores de la especulación científica.
Con ocasión de la desaparición …

Música de Ciencia-Ficción

Música de Ciencia-Ficción

13 Abr

hintergrund-717La ciencia-ficción no solo se ha manifestado en la literatura, el cine, la televisión o el cómic, hay toda una corriente musical que ha dedicado notas y letras a los temas que trasnochan a los autores, lectores y espectadores de la especulación científica.

Con ocasión de la desaparición de David Bowie, quizás el cantautor más reconocido por su interés en la ciencia-ficción, especialmente por algunos temas de su discografía dedicada a los viajes espaciales, empecé a vislumbrar un artículo sobre la música relacionada con este género, cuando me encontré con un capítulo del conocido programa español de remembranza musical “Cachitos de Hierro y Cromo”.

Para quienes no hayan visto “Cachitos…”, pero gusten de la nostalgia musical, que esto sirva de excusa para invitarlos a sintonizarlo, pues afortunadamente todos los capítulos se pueden ver en su página oficial alojada en el sitio de RTVE, televisión pública de España. El programa dirigido por Jero Rodríguez y conducido por Virginia Díaz, busca en el archivo de esa cadena televisiva y rescata videos y presentaciones de artistas, algunos ya desaparecidos de la escena musical (o de este mundo), en todos los géneros.

Recapitulando, en el episodio titulado “Retrofuturismo”, se encuentra todo un catálogo de artistas que han incursionado en aquellos temas clásicos de la ciencia-ficción como robots, viajes en el tiempo, expediciones espaciales, encuentros con alienígenas y otros similares. Algunos de estos artistas, hay que decirlo en efecto dejan la duda si no son seres de otros planetas o que siendo oriundos de este, se mantienen en el espacio exterior o al menos en las nubes, sabe Dios gracias a qué invento, artificio o maleficio, que ya Don Quijote de eso tenía alguna noción.

Se trata de un rico menú que ofrece una variada gama de posibilidades, incluso algún tema del folclor flamenco que se atrevió viajar a la Luna, canciones desconocidas de grupos ignotos, así como clásicos que hemos escuchado al menos una vez. Puede que sobre alguno, faltan algunos latinoamericanos (no es culpa de los amigos de Cachitos, porque apelan al archivo de los artistas que han pasado por España). Sin embargo, está garantizado que escucharán temas favoritos, como en mi caso el “Barco a Venus” de Mecano.

En ese orden de ideas y al darme cuenta que la investigación ya había sido realizada y de manera más exhaustiva y con mejor presentación, decidí no escribir el artículo y simplemente invitar a los interesados a ver este buen programa. Ahora bien, como aporte colombiano a la música de ciencia-ficción, se podría señalar a los Aterciopelados con “Caribe Atómico”. Uno de los grupos más progresistas en el Rock colombiano fue Hora Local y de su discografía destaco la canción post-apocalíptica “Londres”. Dejo una versión muy interesante del gran Carlos Vives, quien aquí revive sus inicios en el rock, antes de revolucionar el vallenato:

No se diga nada más y pónganse cómodos en esta “Cosmocápsula”, que mientras despega, sintonizará buena música, gracias a los curiosos amigos de “Cachitos de Hierro y Cromo”:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/cachitos-de-hierro-y-cromo/cachitos-hierro-cromo-retrofuturismo/3374012/

Buen viaje!

Dixon Acosta Medellín

En Twitter escucho música como @dixonmedellin

“Entrelazamiento cuántico” por Gabriel Frenzotti

11 Abr

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Entrelazamiento cuántico
Gabriel Frenzotti

Ahora ella duerme con placidez y gracia felina, pero sólo una hora antes, cuando estaba fuera de sí, habíamos discutido a los gritos. En reali…

“Entrelazamiento cuántico” por Gabriel Frenzotti