Tag Archives: ciencia ficción latinoamericana

“Mentes brillantes” por Guillermo Horacio Pegoraro

25 Abr

Compartir

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

Volver al índice

Mentes brillantes
Guillermo Horacio Pegoraro

Mira los indicadores, observa las lecturas, hace cálculos y reflexiona. Pasa al lado del brillante botón color manzana y se tienta en apreta…

“Mentes brillantes” por Guillermo Horacio Pegoraro

"Mentes brillantes" por Guillermo Horacio Pegoraro

25 Abr

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

Volver al índice


Mentes brillantes

Guillermo Horacio Pegoraro


13 mentes brillantesMira los indicadores, observa las lecturas, hace cálculos y reflexiona. Pasa al lado del brillante botón color manzana y se tienta en apretarlo. Sabe que puede hacerlo, nada se lo impide, salvo su conciencia.

Repite prolijamente el protocolo establecido, pero la tentación espolea sus pensamientos. Ese botón, ese botón… cuánta gloria lo espera por pulsar ese rojo botón. Muy dentro de su ser lo sabe; si instaló ese artilugio fue para accionarlo en algún momento ¿Por qué esperar? Si al lado está uno igual, pero amarillo, que lo protege si el primero representa peligro.

Su mente pivotea entre precaución y sueños de fama. Mira de nuevo el botón amarillo y se auto engaña al investirlo de imaginarias y poderosas propiedades, para dar paso a su traicionero narcisismo accionando el botón color manzana.

Nada pasa… todo pasará.

Lentamente se aleja y se sienta. En el otro extremo de la pequeña mesa alguien lo espera.

¿Cómo estás, Adan?

Creo que bien, Doctor Otto Baumann

Simplemente Otto, por favor.

Los dos se observan más de lo que hablan, tratan de descubrir en el otro algo de ellos mismos. El Dr. Bauman está ansioso, como padre esperando los primeros pasos de su hijo. Adan se encuentra desorientado, necesita ordenar en su mente los datos que definan su Yo y lo separen del afuera, a la vez que lo conecten con la realidad.

¿Tuve un accidente? –Pregunta Adan.

Algo parecido. Pero no te preocupes, iremos despacio y mejorarás con el tiempo ¿Recuerdas algo?

Es raro… me fluyen numerosos conocimientos, pero… no recuerdo nada de mí.

¿Qué desearías hacer ahora?

Me interesan esos botones, deseo tocarlos… quiero correr, saltar con usted, comer chocolate aunque no recuerdo a que sabe.

Otto Baumann sonríe, su compañero se comporta como un niño deseando jugar, gastar y consumir calorías irresponsablemente. Trata de calmarlo y aconsejarlo, pero sólo recibe caprichosas respuestas.

Déjame preguntarte ¿Sabes quién eres?

¿Quién soy o quién quiero ser? Porque está en mí hacer lo que nadie hace y llegar a ser la mejor expresión de mí.

Adan tiene sueños adolescentes, deja caprichos de lado para ambicionar hasta lo irreal. De algo está seguro, lo quiere hacer él mismo, sin consejos que lo limiten. Nuevamente el Doctor lo ayuda a reflexionar sobre la necesidad de tomar decisiones responsables, aunque haya que resignar deseos.

Sabe Doctor… estoy comenzando a comprender quién soy. Veo claro mi destino y estoy analizando los actos que me lleven a él.

Por primera vez Adan se comporta como adulto. Se muestra sarcástico. Sus ojos dejan de ser expresivamente fríos, ahora provocan temor. Sus manos no están en paz, son puños cerrados. No ha tenido tiempo de asimilar el amor, sus metas no requieren de empatía. El Dr. Otto Baumann comprende que nunca debió apretar el botón color manzana, y que jamás llegará al botón amarillo.

¿Está cansado Doctor? Necesita dormir… por un largo y largo tiempo.

Antes que sus ojos se cierren para siempre, el científico entiende que no solamente es su vida la que se apagará, sino la del resto de la humanidad, porque como dice la profecía “La primera máquina que piense por si misma… será la última que se nos permitirá inventar”.

 


Guillermo Horacio PegoraroArgentina, 1966. Licenciado en Comunicación Social – Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. Licenciado en Psicología – Facultad de Psicología de Córdoba.


Volver al índice
Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno”. Reseña – Juan David Hernández N.

18 Abr

Compartir

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Libros de ciencia ficción.

Volver al índice

Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno.  Reseña.
Juan David Hernández N.

1
En 1951, tres años después del Bogotazo, se publica en Colombia Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno del…

Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno”. Reseña – Juan David Hernández N.

Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno". Reseña – Juan David Hernández N.

18 Abr

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Libros de ciencia ficción.

Volver al índice


Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno.  Reseña.

Juan David Hernández N.


1

12 dicarquismoEn 1951, tres años después del Bogotazo, se publica en Colombia Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno del médico y ensayista Roberto Restrepo. La novela es relatada por un curioso narrador, quizá analista político, donde nos cuenta un viaje que realizó por varias semanas a un país llamado Dicarquia para tomar notas sobre el sistema político mediante el cual está dirigido el país, siendo Dicarquía uno de los mayores ejemplos a nivel mundial en cuanto a sistemas políticos. El doctor Restrepo dice en el prólogo “No es Dicarquia una isla. Es un país extenso, en el corazón de un continente, limítrofe con naciones de distinta índole y civilización, de las que hubiera podido recibir un acopio mayor de vicios que de virtudes.” El visitante es guiado por Darmavi, ciudadano dicarqués, que a pesar de su corta edad fue partícipe como joven rebelde al lado de otros apóstoles que buscaban hacer una revolución en su país para lograr un cambio político utilizando solamente las armas de la razón y la pulcritud de sus ambiciones, convirtiendo a Dicarquia en ejemplo de nación de entre todas las naciones en cuanto a su organización política. Hijo de un prestigioso político, motivo por el cual Darmavi no tiene ningún tipo de vienes ni de riqueza, pues en Dicarquia cuando alguien decide tomar como profesión la política debe dejar de lado todos sus bienes y riquezas con el fin de no manchar su campaña con este tipo de corruptores como lo es el dinero. Mientras el narrador conoce Dicarquia al lado de Darmavi, se va dando cuenta de las innumerables bondades que trae ser ciudadano de ese país. Dice el dicarqués a su visitante mientras lo recibe “De nadie se desconfía acá, porque si quien entra es hombre de bien nos enseñará a serlo, y si no lo es aprenderá a vivir como la razón manda.” (Pág. 17) Y esto es porque en Dicarquia se gobierna con la razón y gobernar con la razón, como nos lo demostrará el Doctor Restrepo, es quizá el mayor bien para los hombres.

El narrador queda sorprendido ante tal organización, ante la manera en cómo están organizados las tres ramas del poder público, ante la manera en cómo se concibe la democracia, ante la manera en cómo por medio de la educación se pretende evitar la delincuencia, ante la manera en cómo hay igualdad de castigos para los ciudadanos sin importar el poderío político o social que éstos tengan, ante el sistema penal, ante el sistema organizacional de toda la sociedad dicarqueza. La sorpresa no es exagerada, pues el modelo político en aquel país es de una ejemplaridad que más bien parece el establecimiento de algún tipo de contrato social pero sin soberano ni nada que perturbe la libertad ni la felicidad de los ciudadanos. Dicarquía puede ser perfectamente esa imagen narcisista de la cual todos y cada uno nos podemos enamorar, esa imagen que deseamos pero donde su belleza no está más que alterada por la magnificencia del escritor, pues al visitante remontarse a su realidad, a ser el paralelo con aquel país, se da cuenta que el suyo no es el paraíso como el de la imagen, no es como es Dicarquia.

Antes de la revolución, cuenta Darmavi, en Dicarquia todo era fruto de la ignorancia, la hipocresía, la mala fe y las intrigas bajas. Todo el dinamismo, toda la actividad del Estado y del individuo con relación a ideas de gobierno se basaban en las explosiones pasionales de hombres impulsivos y secretarios a quienes se debe el nombre de políticos, que por las calles y veredas explotaban la ajena credulidad y sembraban el odio entre hermanos. Tenían la audacia por guía, el cinismo por escudero, la hipocresía por señora, y por compañera de acción la fantasía. Pero luego de la reacción de los jóvenes rebeldes ante tan sucia manera de gobernar y de concebir el estado, vino el cambio, la transformación a un país donde reina la tranquilidad y en donde la única aspiración ciudadana es el trabajo que ayude a engrandecer la patria. Solo por mencionar algunos aspectos diré que en Dicarquia solo hay una fiesta patria, un día de fiesta nacional, y no referente a alguna victoria del pasado sino referente al día en el cual se paga el único impuesto del país, todos salen orgullosamente a celebrar por las calles portando un escudo rojo que los identifica como aquel que ya cumplió con el deber de pagar el impuesto, y aquel que no lo tenga será objeto de vergüenza. Se considera el ocio como la génesis de los demás delitos; a diferencia de los otros países donde los ciudadanos esperan todo del Estado, en Dicarquia el Estado brinda los medios para que el individuo pueda por sí mismo alcanzar sus aspiraciones pero gracias a su propio trabajo. Y así, son muchos los aspectos que encontramos en Dicarquia o si la razón fuera gobierno, como anhelo a alcanzar para el gobierno de nuestro propio país.

Al momento de pensar la manera en cómo comenzar a escribir de forma adecuada una correcta y completa presentación de la novela, me encuentro que primero debo ubicarla dentro de algún de los sub-géneros literarios de la novela. Dicarquismo o si la razón fuera gobierno, goza de ser utópica en la medida en que cumple con las tres funciones vitales de toda utopía2:

  1. Denuncia. El utopismo debe criticar al mundo real, debe hacer tomar conciencia de los acontecimientos políticos sucedidos en el momento. Esto lo logra R. Restrepo casi que a lo largo de toda su obra criticando el gobierno colombiano de aquel entonces, es más, no solo critica sino que crea otro: el gobierno de Dicarquia, mediante el cual hace tomar conciencia a sus lectores de las condiciones políticas del momento, del papel que debe jugar un verdadero gobierno y los gobernantes de un país, de las funciones de todas y cada una de las personas como ciudadanos de un Estado.

  2. Análisis. Este segundo punto se vincula fuertemente al primero, pues para poder generar una crítica política o de gobierno, se hace necesario que quien la realice (en este caso Restrepo) haya hecho un análisis de las condiciones políticas y de las deficiencias públicas en las que se encuentre el país. Análisis del cual el Doctor Restrepo no estaba desvinculado, pues para entonces ya llevaba diversos libros publicados en los cuales se encuentran La Revolución de las Ratas y ¿Degenera la raza? En los cuales podemos encontrar esa fuerte crítica a la política y al modo de gobierno del momento.

  3. Incentivo. Un utopismo, además de resaltar las limitaciones de una sociedad, también debe –dice Estrella López- mostrar otras formas y modos de vida. La forma de vida en Dicarquia, es la otra cara de la moneda que muestra el autor para poder plasmar la realidad y las miserias políticas que vive a diario.

 

Luego de haber fundamentado Dicarquismo o si la razón fuera gobierno en las tres funciones de todo utopismo, por mi parte agrego una cuarta función, o mejor, pongo dos elementos que deben convivir a la par en toda utopía con el fin de darle fuerza a la novela como utópica. Libertad y felicidad. Fueron estos dos elementos los que me permitieron, en gran medida, identificar la obra como una utopía y no como una distopía, pues en esta última se sacrifica la libertad individual de las personas con el fin de obtener una felicidad en general; 1984, por poner un ejemplo, es una obra donde se ve claramente el elemento constante de las prohibiciones para los ciudadanos: solo pronuncia estas palabras, no pienses en esto, no hagas esto, no tengas sexo, etc. Por su parte, en la obra de Restrepo tanto la felicidad como la libertad individual van de la mano, los ciudadanos deben cumplir con el deber fundamental de pagar un solo impuesto anual, el pago del mismo impuesto les llena de orgullo a todos y cada uno de ellos, no se les prohíbe decir alguna cosa que, aunque afecte al gobierno, sea verdadera, pues la verdad también debe primar en Dicarquia. Son también libres de elegir la religión que esté acorde con sus convicciones, la prensa es libre de divulgar cualquier información, siempre y cuando ésta sea verídica, el político revierte su papel al de nuestros gobiernos actuales, etc.

En el capítulo XV de la obra, luego de que ambos personajes sostienen un diálogo acerca de la eutanasia y la pena capital argumentando los motivos por los cuales son permisibles en Dicarquia, pasan al tema de la prostitución donde Darmavi dice al respecto: “En Dicarquia no se tolera la prostitución, o en otras palabras, las relaciones sexuales fuera del matrimonio son delito.” (Pág. 69) Esta parte de la obra, aunque nimia, es a mi parecer lo que refleja la parte mínima en alto grado de lo que tiene de distópica, aunque bien puede ser utópica para otros, como los conservadores, por ejemplo. Entiendo acá el término de distopía como una deformación negativa de la realidad, casi que una pesadilla, o como otros prefieren llamarla, una utopía negativa. Para mal de muchos de nosotros en Dicarquia se han abolido los prostíbulos y para tener sexo se hará necesario casarnos. Más adelante continúa Darmavi diciendo “El amor libre genera un alto porcentaje de los delitos” (Pág. 69) pues bueno, me encanta en amor libre y esperemos que ésta parte se quede solo en eso, en una utopía negativa, de lo contrario estaré condenado.

El último punto que trataré será el penúltimo capítulo, pues éste me parece que se aleja de la totalidad de la obra pero que deja ver de manera muy clara el pensamiento filosófico-político del Doctor Restrepo. Allí se habla de las relaciones exteriores de Dicarquia con otros países, de la eliminación de los cónsules y los diplomáticos pero también se habla de la paz y la guerra. Es evidente la paz interna en Dicarquia gracias a que goza de un excelente gobierno de la mano de unos buenos ciudadanos, también hay paz externa pero paz impuesta por Dicarquia, y es una paz impuesta no por medio del dialogo sino por medio de la fuerza bruta y del ejército. Así como en Dicarquia hay paz, también debe haber guerra, guerra externa para imponer la paz, guerra que permite la invasión de otros pueblos y países “Los pueblos débiles –dice Darmavi–, que no pueden resistir la lucha y sobrevivir a ella, son una antítesis biológica. Solo merecen la existencia los organismos fuertes…” (Pág. 184) Restrepo entiende que el estado de naturaleza del hombre es un estado de guerra, y es un estado de guerra porque la guerra conlleva poder, toma el estado de naturaleza hobbesiano y lo divulga por medio de Darmavi:

Un solo concepto ha levantado al hombre: el poder, con su aliado inseparable, la lucha. Y quien dice poder dirá Dios, supremo poder temerario de todos los pueblos; dirá religión, su síntesis, y dirá guerra. Pueblos sin religión y sin guerra no han tenido artes ni historia ni podrán tenerlas.3(Pág. 188)

Al momento de abordar una obra, cual quiera que sea, la abordamos porque tiene alguna vigencia para nosotros, alguna vigencia para la época actual, no en vano se sigue estudiando a los antiguos. Ésta obra en especial fue publicada por la editorial Zapata. Don Arturo zapata, dice Carlos Enrique Ruiz, fue un hombre de espíritu liberal, espíritu que a mi parecer confluía con el del Doctor Restrepo, espíritu de crítica fuerte y contundente que goza aún de relevancia para nuestra época, para nuestro gobierno. No creo más propicia respuesta a la vigencia actual de ésta obra que el poema de Eduardo Galeano titulado Utopía.

Ella está en el horizonte. 
Me acerco dos pasos, 
ella se aleja dos pasos más. 
Camino diez pasos 
y el horizonte se corre 
diez pasos más allá. 
Por mucho que yo camine 
nunca la voy a alcanzar. 
¿Para qué sirve la utopía? 
Sirve para eso: 
para caminar.

1 Roberto L. Restreto, Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno. Casa y Talleres Gráficos Arturo Zapata, Segunda edición. Manizales, Colombia 1951

2Éstas tres funciones son propuestas por Estrella López en su artículo Distopía: otro final de la Utopía

3 Roberto L. Restreto, Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno. Casa y Talleres Gráficos Arturo Zapata, Segunda edición. Manizales, Colombia 1951

 


Juan David Hernández N. Estudiante del pregrado de Filosofía y Letras de la Universidad de Caladas. Participante como estudiante desde Agosto del 2013 a la fecha, en el semillero EL ORNNITORRINCO vinculado al grupo de investigación de la Universidad de Caldas TÁNTALO, el cual se encuentra dirigido por el profesor Pablo R. Arango. Ha participado activamente en la producción del programa de radio La balsa de la medusa, programa Dirigido por Pablo R. Arando y realizado por estudiantes de filosofía de la Universidad de caldas, algunos de los programas en los que ha participado Juan David se pueden oír en los siguientes vínculos: i) una entrevista a la escritora colombiana Piedad Bonett: http://www.lapenultimaverdad.com/radio/108; ii) un programa sobre Julio Cortázar http://www.lapenultimaverdad.com/radio/67 También escribió un artículo sobre la figura de Salvador Dalí, que fue publicado en la página web del proyecto Laboratorio de comunicaciones de la Universidad de Caldas, el cual puede leerse en el siguiente vínculo: http://www.lapenultimaverdad.com/articulo/55

Actualmente hace parte de la dirección y realización del programa de radio Los Argonautas, los cuales pueden escucharse en el siguiente vínculo http://www.lapenultimaverdad.com/argonautas


Volver al índice
Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

Nuevo lanzamiento: Revista Cosmocápsula número 17

16 Abr

Portada RevistaCosmocápsula, revista de ciencia ficción en español, lanza su número 17 con cuentos, poesía y cómic de los mejores escritores del género en iberoamérica.

Adquiérala ahora en Lektu.com: Revista Cosmocápsula número 17

Contenidos

Editorial: Los exoplanetas de ciencia ficción – Dixon acosta

Los exoplanetas de ficción

El infierno verde – Ricardo Giraldez

La Nebulosa – Francisco García-Luengo Manchado

Reversión – Victor Eduardo Alvarado Torres

Bésame Muerte! – Diana Stephani Muñoz Ramos

Abiogénesis – Carlos Andrés Ortiz Aguas

La Máquina Inútil – Antonio Sancho Villar

Escaleras – Luciana Binolfi

Del Caos a la Partícula – Luisina Milone

Crónica del viaje de H. G. Wells desde Bogotá al País de los Ciegos – Dixon Acosta Medellín

A través del agujero – Cristóbal Cabrera

El espantapájaros y el vagabundo – Julio César Gómez Bahamón

“Entrelazamiento cuántico” por Gabriel Frenzotti

11 Abr

Compartir

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

Volver al índice

Entrelazamiento cuántico
Gabriel Frenzotti

Ahora ella duerme con placidez y gracia felina, pero sólo una hora antes, cuando estaba fuera de sí, habíamos discutido a los gritos. En reali…

“Entrelazamiento cuántico” por Gabriel Frenzotti

"Entrelazamiento cuántico" por Gabriel Frenzotti

11 Abr

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

Volver al índice


Entrelazamiento cuántico

Gabriel Frenzotti


11 entrelazamiento cuanticoAhora ella duerme con placidez y gracia felina, pero sólo una hora antes, cuando estaba fuera de sí, habíamos discutido a los gritos. En realidad, sólo ella gritaba, cosas como éstas:

No podés ser tan estúpido de no darte cuenta de que esto no da para más.

Y esta vez tenía razón, yo también sabía que ya no daba para más. Hacía mucho que había descubierto que sentía más cariño por nuestro gato Schrödinger que por ella. Justo antes de que el cansancio la venciera, me dijo con voz menguante:

¿Y sabés cuál es tu problema? Tu problema es que no entendés nada de la vida, de las cosas que de verdad importan, y nunca vas encontrar la respuesta en tus ecuaciones porque… en la vida real… no existe el álgebra…

Esos somníferos se demoraron en hacer efecto, pero cuando finalmente actuaron, lo hicieron de forma contundente. Ella duerme y siento curiosidad por saber cómo reaccionará cuando despierte y descubra lo que hice. Mientras tanto, podemos aprovechar la espera para poner en contexto la situación. Tal vez sirva para conocer las motivaciones, si no la justificación, de los eventos que ocurrieron después de que ella cayera en ese profundo sueño inducido, después de esa cita robada a Audrey de Twin Peaks. La persona que ella había llamado imbécil, idiota, pánfilo, bolas tristes y salame cuántico en los escasos diez minutos de discusión, había publicado un artículo que había redefinido la visión que los físicos tenían de la naturaleza. Era un texto bastante breve que trataba un viejo problema mal resuelto de la mecánica cuántica: la paradoja de EPR planteada por Einstein, Podolsky y Rosen en 1939. La mecánica cuántica había revolucionado la física en la primera mitad del siglo XX, pero desde entonces –y ya había pasado más de un siglo– no había habido aportes conceptuales de importancia, sólo notas a pie de página del gran libro de la física. Pero, según el consenso unánime de la comunidad científica, por fin había surgido un nombre que merecía mencionarse junto a los de Planck, Heisenberg y Schrödinger. Ese nombre es el mío.

La humildad no se cuenta entre mis virtudes, así que sabrán disculparme si hablo de mi obra sin rastros de falsa modestia. Mi publicación sobre la paradoja EPR constaba de dos partes. En la primera, probaba que existían interacciones instantáneas en sistemas sujetos a entrelazamiento cuántico. Eso era básicamente lo que había intuido Einstein: si se tienen dos partículas entrelazadas a nivel cuántico, lo que le suceda a una afecta instantáneamente a la otra. Pero era la segunda parte de ese paper la que contenía un descubrimiento que pateaba la estantería cuántica: la demostración de que cualquier par de partículas pueden entrelazarse. Esto llevaba implícita la conclusión de que, una vez entrelazados, se podía provocar que intercambiaran sus propiedades de modo instantáneo.

Pese a las inquietantes consecuencias de esa publicación (transmisión instantánea de información, teletransportanción, etc.), los aspectos más revolucionarios de mi trabajo aún permanecen inéditos. Esa publicación que tanto prestigio me había dado era sólo la punta del iceberg de una reformulación de la electrodinámica cuántica que mantuve hasta ahora en el mayor de los secretos. Los puntos más relevantes de mi trabajo –los que el mundo todavía no conoce– no tratan sobre partículas: tratan sobre la conciencia. La tesis que planteo es que la mente (o la conciencia, el alma, o como se prefiera llamarla) es en realidad una entidad cuántica, cuyas propiedades quedan definidas por una función de onda y en este sentido no difieren conceptualmente de las partículas. La consecuencia obvia de este razonamiento es que lo que funciona para un par de partículas debe por necesidad funcionar para un par de conciencias.

En cierta forma, esta teoría reivindica el concepto de alma, ya que demuestra que la materia sobre la que se consolida la conciencia no es relevante. Dentro de este marco teórico, el cerebro es tan sólo un contenedor de la conciencia, de forma similar a como antiguamente se consideraba que el cuerpo era un receptáculo momentáneo del alma. Yo mismo había demostrado, en rigurosos términos mecánico cuánticos, que un cerebro cualquiera podía contener cualquier conciencia.

Pero todo esto era teoría y la ciencia requiere de la experimentación y la constatación práctica, de otra forma no se trata más que de onanismo mental. Fue por este noble motivo, tan caro a la tradición científica inaugurada por Galileo, que tomé prestado un condensador de flujo del laboratorio. Es un aparato pequeño, del tamaño de una estufa eléctrica, que se conecta a una línea de corriente alterna de 220 V. Con sólo un consumo de 3.8 A, permite acumular una gran cantidad de energía y descargarla en pulsos intensos con una duración del orden de los femtosegundos. Era exactamente lo que se necesitaba, según mis cálculos, para crear el entrelazamiento cuántico entre las conciencias de un Homo sapiens y un Felis catus.

Había diseñado el experimento con cuidado y todo resultó según lo planeado. El procedimiento no había llevado más de quince minutos. La primera prueba del éxito del experimento es que Schrödinger, recluido en el jardín, ya se despertó y está hecho un demonio. Lanza alaridos y salta enloquecido contra las rejas de las ventanas, provocándose laceraciones que poco a poco lo van cubriendo de sangre. Parece poseído y me rompe el corazón verlo sufrir así. Tal vez tenga que sacrificarlo al pobrecito. La segunda prueba del éxito del experimento es el comportamiento de ella. Se está despertando y parece muy calmada, sin signos de su beligerancia anterior. Ahora abre los ojos y me dedica su encantadora mirada felina. Le acarició el cuello con suavidad y por primera vez la siento ronronear.


Gabriel Frenzotti (Buenos Aires, 1970) es químico profesional y escritor diletante. Ha publicado algunos relatos que forman parte de la colección Las enfermedades venéreas (aún inédita, aún inconclusa), entre los que se cuentan Kreppel (en La invención de la tuerca, Bruma Ediciones, 2015), El arte perdido de la conversación (Zona eReader, 2015) y Planeta rojo, planeta azul (Editorial “L.V.”, 2015). En ocasiones, también actúa como traductor diletante con el fin de compartir la obra de autores de imaginación desbordante y prácticamente desconocidos en lengua castellana, como es el caso del inglés Alex Burrett. Puede encontrarse más información acerca del autor, incluyendo algunos de sus textos, en su sitio personal (frenzos.wordpress.com).


Volver al índice
Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

“El cráter en la Luna” por Alejandro Lamela

14 Mar

Compartir

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

Volver al índice

El cráter en la Luna
Alejandro Lamela

Aquella noche comenzó exactamente igual a tantas otras para el profesor Thompson. Inició su turno de trabajo en el observatorio con la misma tranqu…

“El cráter en la Luna” por Alejandro Lamela

"El cráter en la Luna" por Alejandro Lamela

14 Mar

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

Volver al índice


El cráter en la Luna

Alejandro Lamela


10 el crater en la lunaAquella noche comenzó exactamente igual a tantas otras para el profesor Thompson. Inició su turno de trabajo en el observatorio con la misma tranquilidad de siempre, producto de años de rutinaria tarea. Aún así, podía decirse que todas las noches había en él un renovado optimismo sobre lo que podía llegar a realizar en una solitaria jornada de observación y relevamiento de datos.

Arrancó con su ritual habitual: servirse una gran taza de café; apilar unos cuantos cuadernos llenos de anotaciones a un costado del enorme telescopio de la sala central; chequear minuciosamente las últimas coordenadas de observación; planificar y acotar el campo de estudio de la jornada; limpiar sus lentes; y finalmente empezar con la tarea.

Y acercándose al visor, empezó con su labor nocturna.

Aunque pareciera un trabajo repetitivo, el profesor Thompson era extraordinariamente feliz en aquel lugar. Toda su vida había soñado con poder dedicarse a la astronomía, y luego de muchos años de esfuerzo y estudio finalmente había podido encontrar su lugar en el mundo, aunque fuera uno muy solitario.

Hacía más de veinte años desde que llegara por primera vez al observatorio de Stonevalley, cargado de emociones, de descubrimientos por hacer, de ideas revolucionarias y posibilidades científicas ilimitadas. Poco le importó la ubicación tan remota de aquel sitio, prácticamente aislado de toda civilización. En aquel páramo del noroeste, el poblado más cercano se encontraba a más de cincuenta kilómetros, algo que de seguro influyó en que durante dos décadas Thompson fuera el único que trabajara por las noches en aquel sitio.

Pero se sentía privilegiado. Aunque la observación de la Luna fuera algo casi obsoleto para muchos, luego de tantos años de estudios repetidos hasta el hartazgo, en aquel lugar todo era diferente. La gran ventaja del observatorio de Stonevalley era justamente la geografía en la que se hallaba: la más similar a la superficie lunar que pudiera encontrarse en todo el planeta.

Stonevalley era casi una réplica de la corteza lunar, sólo que con las obvias variaciones que la atmósfera y la presencia de vida podían producir en ella. Mesetas áridas, picos montañosos con escasa vegetación, cientos de cuevas de roca, senderos erosionados contra las laderas, polvo y más polvo acumulándose por doquier.

Pero Thompson, sabía que no había en todo el mundo mejor lugar para poder estudiar comparativamente la geología lunar con la terrestre más que allí.

No por nada, los aborígenes originales de aquel sitio lo habían llamado en su lengua “Tierra de la Luna”, por lo que tenía perfectamente sentido haber colocado allí tantas décadas atrás uno de los telescopios más potentes y precisos de observación lunar que pudiera hallarse.

Mientras tomaba las primeras anotaciones de la noche, estableciendo los puntos de referencia y observación de aquella jornada, notó a medida que iba aproximándose al cuadrante específico, que algo fuera de lo común había sucedido.

Cuarto cuadrante, en las cercanías del cráter de Tycho, en la parte sur de las zonas elevadas de la Luna.

El espacio delimitado sobre el que había relevado datos la noche anterior se veía claramente diferente, modificado estructuralmente, con una fuerte presencia de acumulación de polvo y rocas en zonas donde no las había encontrado antes. Comenzó a modificar levemente la orientación del telescopio, y halló aún más señales de que algo muy grande había ocurrido.

Fracturas, desprendimientos, hundimientos.

Hasta que ubicó la muestra definitiva: un enorme cráter penetraba la superficie, uno nuevo, uno que no estaba allí la noche anterior. Seguramente, el producto del impacto de un meteorito de importantes dimensiones.

Frenéticamente, comenzó a tomar nota de su hallazgo.

No se trataba de algo único: la Luna tenía millones de cráteres, ya que al no tener una atmósfera, los meteoritos y asteroides que viajaban por la espacio chocaban contra ella con la naturalidad con la que las olas del mar rompen sobre la costa.

Pero había algo que generaba una especial expectativa en el profesor Thompson: cada nuevo cráter descubierto en la superficie lunar pasaba a llevar el nombre de su descubridor.

Tantas veces Thompson había estado cerca de lograrlo, que casi había abandonado toda esperanza de pasar a la inmortalidad. En cuanto se reportaba con el Centro Continental de Observaciones, siempre se encontraba con la misma respuesta: otro ya lo había descubierto.

Semanas antes; días antes; hasta horas antes.

Era algo desesperante.

Pero esta vez estaba completamente seguro que aquel fenómeno no podía haber sido registrado por nadie más que él. Era su zona de observación, su responsabilidad, su descubrimiento. La mayoría de los grandes telescopios ya no le dedicaban tanta importancia a la contemplación exhaustiva de la Luna, por lo que el de Stonevalley tenía todas las de ganar ante una situación como esa.

Decidió realizar un relevamiento en detalle de los resultados del impacto sobre la superficie, ya que de otra manera el informe estaría incompleto. Preparó las coordenadas de aproximación, moduló el telescopio hacia una de las paredes del cráter, y realizó el acercamiento.

Su vista viajó a través del espacio, cruzando kilómetros y kilómetros en un segundo, el milagro de la ciencia en su máxima expresión.

Y finalmente comenzó a observar su tan ansiado fenómeno. Vio las cumbres circulares del cráter, el desplazamiento de las cortezas, la fragmentación de las rocas, las nuevas terrazas que se habían formado, el lecho rocoso fracturado, y no pudo evitar sentirse atraído a examinar dentro de una de esas fracturas.

Se aproximó lentamente; los cálculos matemáticos debían ser muy precisos para no perder la referencia exacta, los hacía en su mente y volcaba de inmediato en sus cuadernos de notas. Entró con su vista a través de la hendidura, vio las paredes laterales rajadas, la fuerza del impacto. Notó que el cráter había literalmente rebanado una enorme elevación de terreno lunar, como si una zarpa gigantesca hubiera cortado un trozo de montaña.

Vio los restos de rocas acumulados a un lado, las cuevas que se habían formado contra las paredes laterales del cráter, el polvo que había desplazado, y cómo éste aún no se había asentado en la superficie.

Pero de repente y como un haz de luz que viajara a través de millones de kilómetros en un instante, vio algo que congeló su sangre y entumeció sus miembros.

Algo se había movido.

Apartó los ojos un segundo, limpió sus gafas, y pensó que tal vez la emoción lo había traicionado. Trató de calmarse y volvió la vista sobre la mirilla.

Y lo que encontraron sus ojos pareció una verdadera alucinación.

Allí, entre los restos de roca fragmentada, habitando las hendiduras que se habían generado por el golpe del meteorito sobre la ladera de la enorme montaña lunar, en el lado interno de las terrazas de lo que ahora era un enorme cráter, su enorme cráter, había una decena de criaturas moviéndose lentamente al unísono.

Thompson sintió que su corazón se detenía.

Sudaba a mares, sus lentes se empañaban, su pulso parecía haberse vuelto loco hacía ya varios minutos. Pero esos seres seguían allí con su laboriosa tarea.

Apenas ajustó el curso de aproximación del telescopio, pudo verlas con mayor claridad.

Eran seres extraños, muy lejanamente humanoides. Eran altos y bastante grotescos. Su figura robusta demostraba una enorme espalda encorvada. Tenían piernas torcidas y brazos extremadamente grandes y gruesos, con manos que no dejaban de levantar restos de enormes rocas lunares, trabajando en conjunto para depositarlas en otro sitio. No tenían cabello alguno, ni vestimenta de ningún tipo.

Pero lo que más llamó la atención de Thompson fue la rugosidad de su piel (si aquello podía llamarse piel): era una mezcla de roca y polvo, solo que en movimiento, como si en lugar de músculos, tuvieran piedras entrelazadas una con otra, y en vez de una elástica piel, un polvo blanco caliza cubriera su superficie, y le diera a todo su ser una tonalidad marmórea como nada que hubiera visto en su vida.

Trató de pensar científicamente, pero descubrió que realmente era algo imposible en ese momento. Toda su experiencia le decía que aquello era irreal, que no había vida en la Luna, que las condiciones de subsistencia sin una atmósfera eran imposibles para casi cualquier organismo, que era irracional considerar que luego de tantos años de estudio, de misiones tripuladas enviadas a la Luna, nadie hubiera hallado rastros de aquellos seres.

Pero allí estaban.

Seguían con su laboriosa tarea de remoción de escombros, y Thompson pensó que tal vez esa fuera la explicación. Tal vez aquellos seres vivieran bajo la superficie lunar, en las gigantescas cuevas de aquellas montañas descomunales, manteniéndose ocultos, lejos de todo lo que pudiera observar o visitar la superficie, hasta que ese meteorito rebanara su hogar y los dejara al descubierto.

Sí, tal vez lo que aquellos seres habían sufrido fuera una especie de cataclismo espacial, y lo que ahora hacían era reconstruir su hogar, reorganizar su hábitat luego del desastre para poder hundirse nuevamente en las catacumbas lunares en las que vivieran por cientos, miles… ¡millones de años!.

Su mente volaba, construía hipótesis, relevaba datos, pero al mismo tiempo pensaba en que ese era el descubrimiento astronómico más grande de la historia humana, que su nombre sería reconocido por todos, que cambiaría el curso de los hechos de allí en más.

Pero debía volver a mirar, tenía que contemplarlos nuevamente, antes de comunicarse con el Centro Continental de Observaciones, y revelar a otros su descubrimiento.

Necesitaba un último momento de privacidad entre él y aquellos seres; aquellas criaturas quienes, por el simple hecho de existir, cambiarían su vida y la de todos los seres humanos.

Y cuando volvió a contemplarlos a través de la mirilla del telescopio sintió que el terror se colaba por sus pupilas hasta el fondo de su alma.

Todos y cada uno de aquellos seres habían detenido sus tareas, quedando en completa inmovilidad, con su rostro elevado, y su mirada dirigida exactamente a los ojos de Thompson.

No podía ser cierto. Su mente debía estar fallando. No había forma física de que esas criaturas lo hubieran detectado. No a través de semejante distancia. No cruzando el espacio.

Era imposible.

Pero allí estaban, con sus cabezas elevadas, y esos extraños ojos hundidos en las rocas de sus pómulos, mirando hacia él y su telescopio.

Y de repente un golpe fuerte y seco se oyó en el observatorio.

Thompson giró de su sitio, con el rostro completamente desencajado, su corazón latiendo a mil revoluciones por minuto, su vista dirigiéndose hacia la puerta principal del observatorio que estaba a sus espaldas.

Varios golpes volvieron a tronar en la soledad de la noche.

Los lentes resbalaron por el rostro del profesor Thompson, haciéndose añicos contra el suelo, mientras sus manos y piernas no paraban de temblar, en un convulsivo ataque de pánico.

Un último gran golpe sonó, y la puerta que estaba contemplando, voló por los aires.

A través del umbral, una, dos, tres, diez figuras atravesaron la noche y entraron en el recinto.

Thompson no podía reaccionar ante lo que estaba viendo.

¡Ellos… ellos estaban allí!

Seres como aquellos a los que había estaba contemplando, con sus músculos de roca, sus cabezas sin cabellos, sus pieles como polvo, estaban frente a él, salidos de aquel paraje tan similar al de la luna en el que se hallaba el observatorio, aproximándose, amenazadores, imparables, rodeándolo, elevando sus enormes y robustos brazos rocosos hacia él, desgarrando sus ropas, comprimiendo sus miembros, triturando sus huesos.

Y entre los irracionales gritos del profesor Thompson, unas voces ahogadas, pastosas, guturales, hablaron al unísono, exclamando en un sonido similar a la lengua humana algo así como: “Nuestros hermanos nos pidieron que ya no te dejáramos espiarlos”.

 


Alejandro Damián Lamela nació el 9 de abril de 1981, en el barrio porteño de Flores. Hijo de Ana Liguori y Ruben Lamela. Es Licenciado en Periodismo de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, docente y escritor. Sus obras se han publicado en diversos sellos editoriales. Ha recibido numerosas distinciones literarias, las cuales incluyen el 1º Premio del Certamen Nacional de Narrativa 2005 de Ediciones Telmo, el 1º Premio en el I Concurso Internacional de relatos cortos de terror de Editorial Marlex, de Barcelona – España, y el 1º Premio del Certamen Nacional de Jóvenes Escritores (años 2011 y 2012) de Ediciones Mis Escritos. Es también autor de los libros “A las Puertas del Anochecer, cuentos fúnebres” (Ediciones Telmo 2006); “Bajo los Abismos de la Locura, cuentos ausentes” (Ediciones Mis Escritos 2012); y “Pasajero en Trance, crónicas de un viajero sufrido” (Ediciones Mis Escritos 2013).


Volver al índice
Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

Reseña: “Arrúllame Ramona” por David Pérez Marulanda

7 Mar

Compartir

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Reseñas.

Volver al índice

Reseña: Arrúllame Ramona
David Pérez Marulanda

Arrúllame Ramona
Andrés Felipe Escovar, Luis Cermeño
Senderos Editores
Bogotá
2014
“Arrúllame Ramona” es un cuento a cuatro manos de los escritores colombia…

Reseña: “Arrúllame Ramona” por David Pérez Marulanda