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“Cuish cuish” por Itzabella Ortacelli

29 Feb

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Cuish cuish
Itzabella Ortacelli

Azucena se removió incómoda en su puesto. A su lado, una mujer gorda no dejaba de sonarse los dedos una y otra vez, una y otra vez. El chasquido de sus h…

“Cuish cuish” por Itzabella Ortacelli

"Cuish cuish" por Itzabella Ortacelli

29 Feb

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Cuish cuish

Itzabella Ortacelli


08 cuish cuishAzucena se removió incómoda en su puesto. A su lado, una mujer gorda no dejaba de sonarse los dedos una y otra vez, una y otra vez. El chasquido de sus huesos le recordaba el sonido que había hecho la puerta del cuarto de Mercedes al cerrarse. A esas horas, su hija debía estar desayunando… o llorando… no, Mercedes nunca fue de las que llorasen. Para más, el maricón de su padre, Paco, era quien moqueaba y se pasaba las horas frente al televisor viendo telenovelas, como la gran mayoría de los hombres del año tres mil cincuenta.

En otros tiempos, las mujeres habían lavado platos y visto telenovelas todo el día. Ahora, las mujeres trabajaban en las fábricas biotecnológicas, mascaban hierba, bebían hasta agarrarse a golpes entre ellas mientras que, los llorones de sus maridos, lavaban la ropa y fregaban los pisos en la casa, quejándose, siempre quejándose. Paco específicamente era de los que se quejaba, y ella había tenido que zurrarle varias veces para acallarlo.

Pero quien más le preocupaba era Mercedes. Tenía ocho años, y le habían detectado leucemia. Tantos años de evolución, y no habían podido encontrar la puñetera cura para el cáncer. Jodido. Malditamente jodido. Y aunque existiera la cura, Azucena dudaba que hubieran podido costearlo. Ni siquiera podían cubrir los gastos para un tratamiento decente… por eso estaba allí, embutida en una nave trasbordadora junto con otras nueve mujeres, con el mismo objetivo de ganar los cien mil millones de pesos que prometía el concurso «Corre que te alcanzo».

Azucena sabía que aquel juego era peligroso. Tanto, que las televisoras se negaban a transmitirlo debido a su contenido violento. No obstante, eso no significaba que quienes participaban no tuviesen espectadores. ¿Qué serían los concursos sin espectadores? ¿Qué sería la violencia sin ojos que apreciasen su belleza? Nada. Por eso, quienes deseaban ser tácitos participantes del evento pagaban altas sumas de dinero para poder verlo, para que les reservasen sitio en la cabina de observación. «Pueden sentirse orgullosas, damas, pues quienes las verán correr serán las mejores personalidades del país, este año contamos incluso con la presencia del respetable y culto señor presidente…». Pero a Azucena le tenía sin cuidado si quien la veía era el mismísimo Jesucristo, a ella lo único que le interesaba era ganar y salvar a su hija.

¿Está nerviosa? —preguntó la mujer gorda a su lado.

No —respondió Azucena a secas.

Pues yo sí estoy nerviosa… no soy muy buena corriendo, ¿sabe? —Azucena la miró con expresión sarcástica—. Pero haré mi mejor esfuerzo, tengo que hacerlo, mi hijo menor quiere ser jugador de virbol, tal y como era su hermano mayor, pero para ello hay que comprarle el equipo, y se imaginará usted que no cuesta diez pesos.

¿Y por qué no usa el equipo de su hermano? —preguntó otra mujer, de voz grave, a la que Azucena no podía verle la cara, por estar sentada un asiento más atrás.

La mujer gorda se retorció en su asiento para poder mirar a su interlocutora y una de sus rodillas, gruesa como una bola de sebo sintético, se encajó en un muslo de Azucena, quien hizo una mueca y se apartó con disimulo.

Ah, pues porque el de su hermanito se descompuso —relató la gorda—: en el último partido, otro muchachito no jugó limpio y le infiltró un virus. El sistema se sobrecalentó y el pobrecito murió cocinado dentro del traje.

¡Qué horror! —exclamó otra mujer, asientos atrás.

Sí, bueno, por suerte nos quedó su hermanito, y además…

¡Sí, qué afortunados! —la interrumpió Azucena, con ironía en el timbre, para acto seguido propinarle a la gorda un brusco empujón, quitándose de encima su rodilla y haciendo que se tambaleara en su asiento. Nunca se había considerado a sí misma como una madre sensiblera, pero detestaba a las mujeres que hablaban de sus hijos como si fueran piezas intercambiables—. Pues no parece muy afectada por la muerte de su primogénito.

La gorda frunció los labios y durante unos instantes Azucena tuvo la sensación de que lo que la miraba era un cerdo y no una mujer.

Claro que me dolió su pérdida, tenía una piel preciosa y fue una pena que acabara achicharrado —dijo y respingó la nariz, ofendida—, pero mi esposo y yo siempre hemos sido precavidos, y habíamos guardado un poco de material para poder clonar a nuestros hijos, en caso de que fuera necesario —se encogió de hombros—. Ahora Toñito está en la fase de adaptación, se muestra un poco rebelde porque a su nueva versión no le gusta la carne, pero en fin, no tardará en recobrar sus gustos de antaño.

Azucena no dijo nada, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para no propinarle a su compañera de viaje una bofetada. Nadie volvía a ser el mismo después de la clonación, Azucena lo había comprobado con sus propios ojos, luego de que su padre se empeñara en clonar a su madre, tras esta haber muerto de cáncer. Paco había insistido con que clonaran a Mercedes, pero ella sabía… sabía que si su hija se iba, jamás la volvería a ver, aun y cuando sus rizos castaños y su piel canela brillase bajo el sol, no volvería a ser la misma. Por ende, Azucena jamás la clonaría. Antes prefería caer muerta en aquel maldito juego de carrera que clonar a su adorada hija.

Pues yo voy a concursar por un propósito más colectivo —habló otra mujer con voz chillona—: si gano, el dinero será empleado en la construcción de las nuevas oficinas de la JPPP.

¿JPPP? —repitió la mujer de voz grave, esta vez Azucena sí fue capaz de notar su corpulencia y pelo oscuro—. ¿No significa eso «Justicia Por y Para el Pueblo»?

¡Sí! —exclamó la otra muy emocionada, y aunque estaba delante suyo, a Azucena casi le revienta el tímpano—. ¿Ha oído hablar de nosotros?

Algo. Supe que echaron a las autoridades de Morelia el mes pasado, y que ahora se rigen bajo sus propias leyes…

Azucena bufó y desvió la vista hacia la ventanilla, ya ignorando la conversación. Lo que le faltaba: una cínica que se creía que podía ganar el dinero del gobierno para luego usarlo en su contra. Eso era el colmo de la estupidez, peor que lo dicho por la tipa gorda.

Las conversaciones sobre los propósitos continuaron, sin embargo; resultó que había otra madre que tenía a su hijo enfermo y que concursaba por la misma razón que Azucena. Otra lo hacía para poder pagarle al cura de su colonia un par de piernas biónicas, y evitar así que la iglesia lo enviara a eutanasiar.

¡En el barrio lo queremos un montón! ¡Casó a mi tatarabuela, no podemos permitir que duerman a alguien como él! Con sus conocimientos e iluminación…

Con tantas partes metálicas, seguro que está iluminado, como un enorme faro de luz lunar —masculló Azucena, pero nadie la oyó—. Seguro que Dios le habla por el intercomunicador que ha de llevar en la oreja…

¿Y usted? —le preguntó la otra madre, con la voz amortiguada por el barullo de las otras—. ¿Qué es lo que la ha traído aquí?

Azucena abrió la boca, pero la volvió a cerrar. Pensaba darle una mala contestación, pero se lo pensó mejor y decidió ser honesta con ella. Al terminar, su interlocutora asintió con gravedad.

Esos son los motivos que cuentan —decretó, y Azucena no tuvo más que añadir.

Llegaron a las instalaciones señaladas, una isla artificial que flotaba en algún punto del Golfo de México, con áreas silvestres y de cemento, rodeada por gradas que proyectaban espectadores ficticios. Al descender de la trasbordadora y acostumbrar los ojos a la luz matinal, Azucena notó cómo a varios metros se detenía otro vehículo, dejando salir a personalidades de distintas clases sociales, entre las cuales reconoció a la jefa de su departamento, con la cual, valía aclarar, no tenía muy buenas migas; detrás suyo, la fanática religiosa jadeó, al mismo tiempo que uno de los administradores del concurso se paseaba entre las participantes y les repartía gafas y audífonos especiales.

¡Conozco a ese hombre! —dijo ella en un murmullo—. El del traje, es el pastor de la iglesia adventista… seguro ha venido para verme perder —cuadró los delgados hombros—. ¡Pedazo de cabrón, ni crea que le daré gusto!

Azucena iba a soltarle que ella tampoco pensaba darle el gusto de ganar, pero uno de los encargados del sitio y del programa, enfundado en su traje color platino, con gafas idénticas a las que les habían dado, se acercó y cortó cualquier tipo de conversación que pudiera surgir. Lo único que Azucena alcanzó a ver, fue cómo se llevaban a los espectadores a la cabina prometida. Pensó en su jefa, ¿habría venido para verla fracasar?

Pongan atención —llamó el dependiente—. En estos momentos se les instalará un chip de rastreo. Las reglas del juego son sencillas: se colocarán en fila y ante mi señal, deberán correr en dirección a la otra punta de la isla, allá donde se ven los banderines holográficos —señaló un punto por encima de todo, aunque más bien, las participantes estaban concentradas en la parte interna del cristal de sus gafas, en donde se veía un puntito de luz que indicaba la localización exacta de la meta—. Mientras corren, serán perseguidas por nuestras mascotas de caza, cada una de ellas programada para buscarlas de forma individual. El reto es el siguiente: alcanzar los banderines antes de que las mascotas las alcancen a ustedes. Si las atrapan, serán descalificadas.

¿Descalificadas o muertas? —barbotó Azucena en tono ácido, logrando que el hechizo de las palabras del fulano se rompiera, y el resto de féminas se miraran, por primera vez, con algo de nerviosismo.

El técnico la ignoró.

Bien —sacó un dispositivo rectangular que centelleó con la luz solar—, comencemos. ¿Quién va a ser la primera?

Azucena, por supuesto, no lo fue. En cambio acudió la mujer corpulenta, seguida de la gorda. Desconocía cómo es que «las mascotas» las descalificaban, si bien no estaba en sus planes dejarse atrapar por aquella que estuviese sincronizada con su chip.

Aparte de este, se enfundaron unos guantes que les permitirían tocar los banderines, y una vez todas listas, formaron una línea horizontal en la marca de salida, viendo cómo una a una aparecían las mascotas que las iban a perseguir. A Azucena le dio gracia que le tocase un conejito electrónico, y a la gorda, un puerco. Tenía que ser una broma de mal gusto de alguno de los observadores, porque al menos en su caso, el conejo era el animal favorito de su hija… y en el caso de la gorda, bueno, estaba claro. A los segundos siguientes, el ruido virtual de los espectadores que realmente no se hallaban allí irrumpió en sus oídos, Azucena reguló el volumen de sus auriculares para poder estar más atenta a su perseguidor. Asimismo, podía ver las siluetas ficticias que se erigían en las gradas circundantes, pero al igual que con el sonido, su atención se mantuvo fija en el panorama de enfrente.

¿Listas? —anunció el técnico ubicado en uno de los laterales. Azucena flexionó las rodillas e inclinó un tanto el cuerpo, preparada para impulsarse ante la orden—. ¡Una, dos…tres! ¡Corran!

Azucena corrió. Corrió como si el mismísimo Lucifer la persiguiese, y de cierta forma, era así. Dejó de fijarse en la gorda, o en la fanática, o en la mujer corpulenta, ni siquiera volteó a ver a la otra madre que había en el grupo, concentrada únicamente en la explanada de hierba, árboles, piedras y arbustos que tenía delante, pisoteando a algunos, apartando y esquivando a otros, agradecida con los senderos de concreto por los que lograba colarse, los cuales, favorecían a su enloquecida carrera.

De repente, algo pasó zumbando cerca de su oreja. Instintivamente se apartó y, al girar la cabeza hacia atrás, notó a lo lejos las largas orejas del conejillo que venía en pos de ella, una de las cuales estaba doblada en la punta y mostraba un pequeño orificio. «Cuish, cuish», hacía su mecanismo al saltar. «Cuish, cuish». En un árbol vecino, Azucena vio un dardo clavado, el cual la hizo estremecer hasta lo más hondo.

No aguardó a ver en cuántos saltos el condenado conejo llegaba hasta su posición; volvió a salir proyectada hacia delante y a dejar maleza y ramas a su espalda, arañándose los brazos e intentando no jadear demasiado. Ya sabía cómo las iban a descalificar: con algún dardo impregnado de un veneno mortífero.

De pronto, escuchó un chillido a su izquierda. Se detuvo, paralizada por lo desgarrador del grito, con el corazón acelerado y los músculos palpitantes, girando la cabeza en todas direcciones, en parte para ver si su enemigo se hallaba cerca, y en parte, para identificar la procedencia del alarido. Por fin, localizó a la mujer gorda entre la hierba, avanzando a gatas con espumarajos saliéndole de la boca y el pelo sobre la cara, empapado en sudor. De su nariz escurrían hilillos de sangre, como rastras escarlatas que anunciaban su inminente muerte. Más allá, su acosador permanecía inmóvil, con uno de los orificios nasales agrandado, seguramente por donde había salido disparado el dardo. Como si hubiese detectado su presencia, el puerco volvió la vista hacia su posición, y durante una fracción de segundo, Azucena creyó que le dispararía, hasta que recordó que las máquinas estaban programadas para perseguir y acabar con sólo una de ellas a la vez.

Por favor… —suplicó la gorda y vomitó un chorro de sangre—. Por favor, ayúdame…

Azucena la observó durante unos instantes y estuvo a punto de acercarse a ella cuando el «cuish, cuish» del conejo volvió a oírse, obligándola a apartarse y preocuparse por su propia supervivencia. Con los músculos protestando y las emociones confundidas, retomó su carrera en dirección a los banderines holográficos, guiándose por el GPS que se desplegaba en una esquina de las gafas, mirando de hito en hito hacia atrás para ver por dónde iba el conejo. La mujer gorda le había desagradado desde el principio, pero en ningún momento le había deseado una muerte tan espantosa.

Una muerte que le llegaría a ella si se descuidaba.

Volvió a escuchar un nuevo alarido y, por su agudeza, supo que se trataba de la mujer religiosa. Supo, también, que el pastor de la iglesia adventista debía estar sonriendo desde la cabina de observación. ¿Estaría su jefa atenta a cada uno de sus movimientos? Seguro que sí. Sin previo aviso, un dardo surgió de entre los árboles desde uno de los costados, y de no haber sido porque una retorcida raíz la hizo caer al suelo, Azucena habría estado perdida. Al parecer, el conejo había cambiado de táctica y en vez de dispararle desde atrás, buscaba colocarse a la par suya.

A duras penas, Azucena se levantó y avanzó a trompicones, con las rodillas raspadas y las manos despellejadas, pero con la fría determinación de no dejarse atrapar. Tenía en la mente la imagen de su hija y, esta vez, no sólo se dedicó a correr en estampida, si no a fijarse ante el menor destello metálico o al «cuish, cuish» de las articulaciones artificiales de su perseguidor. Llevaba recorrido más de la mitad del camino cuando atisbó a la otra madre, tumbada bocarriba en la tierra, hinchada como un globo y con ampollas supurantes por todo el cuerpo. Sin duda, estaba muerta, y el gato que la había acuciado permanecía a su lado, echado sobre sus cuartos traseros con total despreocupación.

Brincó el cadáver sin detenerse a detallarlo más de la cuenta, clavada su atención en el puntito de luz que indicaba la proximidad de los banderines, con la esperanza burbujeante en el interior de su pecho. Lo lograría, le faltaban sólo unos metros, y entonces el premio sería suyo, destinado a salvar la vida de Mercedes. De reojo notó que más allá corría la mujer corpulenta, pero la vio tropezar y girar la cabeza como en cámara lenta, sabedora de su atroz final. Repentinamente, el conejo apareció de un brinco frente a ella y Azucena frenó y retrocedió tan de golpe, que tropezó y cayó de culo al suelo.

Medio aturdida, pero guiada más por el instinto, se impulsó con las manos hacia atrás, intentando levantarse, aun y con el dolor de la rabadilla y las palmas despellejadas. El conejo la observaba, y de no ser porque era una máquina, Azucena habría jurado que le sonreía con malicia. La punta de su oreja derecha se dobló y abrió en un agujero, dejando salir un nuevo dardo, que Azucena esquivó al rodar sobre su cuerpo. Se apartó con precipitación ante un segundo proyectil, mas cuando estaba a punto de incorporarse, el tercer dardo la alcanzó en una pierna, atravesando la gruesa tela de sus vaqueros. Sintió cómo algo caliente le recorría las venas, y sin poder evitarlo, su boca se abrió en un aullido, más por el dolor que por la furia o la sorpresa.

Se dobló sobre sí misma y se arañó los brazos, la cara, como si quisiera deshacerse del ácido que la invadía, pero recordó a su hija y se obligó a levantarse y seguir. La cabeza le daba vueltas, y sentía una sustancia viscosa y caliente supurándole de la nariz y las orejas, pero con todo y eso no se detuvo. Si llegaba, quizás podrían darle el dinero a Paco, quien a su vez lo ocuparía en salvar a su hija.

Cuando estuvo a la altura del conejo, cayó de rodillas, pero siguió incluso a rastras, temblorosa, jadeante, y el animal mecatrónico se apartó para permitirle el paso, acaso como una burla a lo que simplemente, no podría evitar, sin importar cuán fuerte fuera su fuerza de voluntad. Unos pasos, estaba a unos pasos de tocar el banderín y, al estirar la mano, notó cómo el conejo se removía con nerviosismo, como si realmente pudiera preocuparle que lograse su objetivo. «Toma esa, pedazo de chatarra», pensó, antes de desplomarse sobre el suelo, muerta, con los dedos a centímetros de alcanzar el banderín.

El conejo se relajó e incluso dio un par de saltitos, con lo que el «cuish, cuish» de sus alargadas patas volvió a percibirse. De entre unos arbustos, la mujer corpulenta salió y caminó hasta tocar el banderín, inmutable ante el cuerpo de azucena, y con un perro metálico trotando tras ella.

¡Tenemos una ganadora! —anunció una voz que resonó por toda la isla—. ¡La señorita Angélica Torres!

La mujer de cabello oscuro sonrió, disfrutando el estallido de las ovaciones ficticias en sus oídos. Esperó a que la gente de la cabina de observación saliera a felicitarla, estrechando su mano como si hubiera realizado toda una proeza, en vez de hacer como que huía lejos del perro.

Por un momento pensé que lo lograría —le confesó una mujer de tez lechosa y ojos almendrados, dedicándole una mirada de repulsión al cuerpo ampollado de Azucena—, pero al final el presidente tenía razón, nadie sobrevive a ese veneno y al fin me la he quitado de encima. Mi enhorabuena y más sincero agradecimiento, señorita Torres, no sabe cuánto dinero invertí para apartar a esta mujer de mi camino.

¿Por qué no simplemente la despidió? —le preguntó Angélica entonces.

La ex-jefa de Azucena encogió los hombros.

Ya sabe, no se puede despedir a alguien sólo porque te cae mal. Además, su hija tiene leucemia, y habría sido malo para la imagen de la empresa.

Permítame felicitarla, señorita Torres —intervino el señor presidente, un hombre alto y larguirucho, con un peinado que le realzaba un ridículo copete—. Este año lo ha hecho fenomenal, dejarse ver por esa muchacha y fingirse atrapada… —curvó los labios en una sonrisa poco natural—. Me aseguraré de que le den un aumento por su actuación.

Angélica Torres sonrió e inclinó la cabeza. Al fin y al cabo, por algo había estudiado en la mejor academia de teatro.

Muchísimas gracias, señor.

 


Teresa Araceli Huerta Ortega, mejor conocida como Itzabella Ortacelli, nació un 2 de Septiembre de 1989, en la ciudad de Tapachula, estado de Chiapas, México. Posee una discapacidad visual que pese a todo, no le ha impedido salir adelante.

Algunos de los grandes maestros de la fantasía y la ficción que han inspirado su trabajo son: J.K. Rowling, Dan Brown, Ray Bradbury, James Dashner, Stephen King y Patrick Rothfuss. Ha sido finalista y seleccionada para su publicación en antologías como: «Escucharte aún más 2013», «Versos desde el corazón 2014», , «Microrrelatos épicos 2014» y «Versos en el aire 2015». Recientemente publicada en el número dieciséis de la revista digital de análisis político «los heraldos negros»; ganadora del tercer lugar del certamen de «Microrrelatos Creciendo Juntos sobre discapacidad 2014», segundo lugar en el concurso «Tu historia en el cine 2014» y autora de la saga de fantasía «Destino», cuyo primer volumen, «Cultre», fue publicado en versión impresa a cargo del sello editorial Fénix.

Licenciada en psicología, lucha contra la discriminación y otorga apoyo a escritores noveles dándoles difusión en su blog: «Detrás de la tecla», además de dedicarse a dar conferencias sobre diversos temas, principalmente de superación personal.


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

Audio cuento: “Una simple negociación” por Edher Juárez López – ciencia ficción mexicana

24 Feb

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Audio cuento: “Una simple negociación” por Edher Juárez López – ciencia ficción mexicana

Audio cuento: "Una simple negociación" por Edher Juárez López – ciencia ficción mexicana

24 Feb

El podcast Cosmocápsula goes Amazing publica su primer audio cuento en español, con una pieza de ciencia ficción mexicana: “Una simple negociación” de Edher Juáres López. Una historia que nos recuerda a la edad dorada de la ciencia ficción.

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Fuente: Cosmocáspsula Ep. 3 – Audio cuento: “Una simple negociación” por Edher Juárez López – Amazing Stories

Imagen de portada: Cosmocápsula 15. Por Le Yad

26 Oct

Revista Cosmocápsula número 15. Octubre – Diciembre 2015 . Arte.

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Le Yad

LE YAD (1981)
Editora de arte y diseño de Cosmocápsula. Licenciada en Diseño de la Comunicación Gráfica por la Universidad Autónoma Metropolitana, se ha especializado en…
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26 Oct

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Revista Cosmocápsula número 15. Octubre – Diciembre 2015 . Arte.

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Le Yad


LE YAD (1981)

Editora de arte y diseño de Cosmocápsula. Licenciada en Diseño de la Comunicación Gráfica por la Universidad Autónoma Metropolitana, se ha especializado en el área de la Ilustración con cursos y talleres impartidos por la Academia de San Carlos, CONACULTA, Centro Cultural de España, entre otros.

Enfocada a la ilustración, la plástica y el Discurso visual. Su trabajo ha sido seleccionado en el 2009 por el Museo Mexicano del Diseño en el concurso de cartel “A la muerte con una sonrisa”, en el 2011 seleccionada en el Catalogo de Ilustraciones Infantiles y Juveniles de CONACULTA, mención en el 2012 en el XXIV Concurso de cartel “Invitemos a Leer” de CONACULTA, entre otros.

Además de coleccionar piedras de rio y dibujar día con día, ha participado en exposiciones individuales y colectivas, ha impartido talleres sobre la imagen plástica como transmisor de conceptos y ha fundado su propia marca de productos.

Actualmente es parte del proyecto de Asociación de Ilustradores en México y es directora y fundadora de “Taller de Sueños”, pequeño espacio dedicado a la lectura y ala ilustración.

Blog personal: http://simplemente-yad.blogspot.mx/

Le-Yad-Cosmo-Oct-2015

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Revista Cosmocápsula número 15. Octubre – Diciembre 2015

“Una simple negociación” por Edher Juárez López

14 Oct

Revista Cosmocápsula número 14. Julio – Septiembre 2015 . Cápsulas literarias.

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Una simple negociación
Edher Juárez López

“Cigar” por AmarIbra en Deviantart.com. Licencia Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 3.0

Un hombre común, sentado …
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"Una simple negociación" por Edher Juárez López

14 Oct

Revista Cosmocápsula número 14. Julio – Septiembre 2015 . Cápsulas literarias.

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Una simple negociación

Edher Juárez López


Un hombre común, sentado en medio de una habitación ordinaria, vistiendo ropa nada fuera de lo regular y con un aspecto de lo más usual.

Alexander Nubier se encontraba detrás de su escritorio, con dos carpetas sobre la mesa, aguardando que alguien llegara, pero la espera cada vez se hacía más severa. Comenzó a golpear la mesa con los dedos. Mientras daba grandes suspiros, giró la mirada hacia la gran puerta, pero no ocurría nada, seguía cerrada. No había nadie más ahí, solo él. Tomó la pluma de la mesa, la movió un poco en el aire, pero no fue suficiente, comenzó a desplazarla como si fuera una nave espacial, imaginando que escapaba de cazas de ataque, que le disparaban en los aires. La nave daba giros espectaculares mientras las aeronaves le pisaban los talones, y cuando el cielo era rojo por los fuegos de los misiles…

¿Interrumpo? —preguntó el que recién llegó.

Ante la palabra escuchada, Alexander Nubier se levantó presuroso, dejando caer su nave imaginaria al suelo. Se inclinó para recogerla, pero al observar que su invitado comenzaba a aproximarse, la dejó allí y se tornó a su posición recta para recibirlo.

Daox Haj Lordier, Basto Lord de Rundyncar, señor de rojo Trown y diplomático Gontak, Larga vida a usted y a su clan —dijo Alexander a su invitado—. Me alegro de que pudiera asistir a esta reunión.

Daox Haj Lordier, un ser nada común para la Tierra, pero sí humanoide. Se aproximó para tomar su lugar. Vino vestido con el traje ceremonial Rundyncar: la prenda de su torso era una tela de un metro de largo y el ancho variaba conforme de quien lo usaba. Esta se cruzaba por delante, dejando la parte del pecho al descubierto, no se tenía cinturón, en vez, los pantalones de los Gontaks eran muy ajustados. Daox los llevaba de color negro y botas de color café, que a su vez, estaban recubiertas en la parte delantera, de acero de Gontak; este calzado también era más abierto en la parte por donde se introduce el pie, y dicha apertura terminaba en una punta, casi alcanzando la rodilla de su usuario. Llevaba tres accesorios de un señor rojo de Trown. Los dos primeros se usaban en la cintura, al costado de ésta. Del lado derecho, una prenda de piel dura a la vista, en forma de una elipse cortada a la mitad, del lado izquierdo de Daox una tela de color carmesí, que se doblaba ante su caminar. El último accesorio lo llevaba en su muñeca derecha, una pulsera de azul intenso que pareciera moverse a voluntad, como al vaivén del mar.

En cuanto al aspecto de Daox Haj Lordier, señor rojo de Trown y habitante de Gontak en la región de Rundyncar. Su dura coraza de color negro, muy parecido a los crustáceos de La Tierra, pero en diferente tonalidad. Su rostro carecía de orejas, pero sí poseía orificios para escuchar, al igual que dos pequeños hoyos para respirar. Lo más asombroso de los Gontak, eran sin duda sus ojos. Toda la esclerótica era negra, pero no en su totalidad, pequeñas líneas de color rojo, naranja y azul salían aleatoriamente en sus ojos, desapareciendo y volviendo a salir en lugares diferentes, y el iris era siempre el mismo en todos los Gontaks, blanco en su totalidad.

Alexander Nubier, un gusto saludarlo —dijo Daox Haj Lordier que habló con formalidad terrestre.

Por favor, tome asiento y así podremos comenzar la reunión. —le dio su carpeta a Daox y Alexander comenzó a leer los papeles. —Como notará nuestros campos pueden tener cosechas de tres diferentes mundos. —Daox soltó un bufido y sin tomar en cuenta lo que Alexander decía, pasaba las hojas presurosamente. —Bueno, el comercio en sí. —otro bufido de Daox Haj Lordier, y tiró los papeles en la mesa.

No he venido a hablar de lo que nos pueden dar —comenzó a decir el Basto Lord de Rundyncar —, no vine a que soltara palabras maravillosas de La Tierra, yo sólo vine por algo, parásito.

¿Parásito? —dijo Alexander sorprendido por el insulto. Se obligó a sonreír ante el comentario—. No lo comprendo.

Claro que lo entiende, Alexander Nubier. Hemos estudiado su historia, así como ustedes la nuestra, es por eso que estamos hablando en vez de pelear. Ustedes —dijo Daox Haj Lordier y le apuntó con el dedo—, son conquistadores innatos, han conquistado ya Hundeltor, Jasnod y Lyndorcon, y ustedes saben de lo que somos capaces los Gontak, ¿cierto? —Alexander esbozó una pequeña sonrisa, agarró sus papeles y los dejó delicadamente sobre la mesa.

Es verdad que sabemos los posibles resultados de una guerra con ustedes, y es por eso, que pedimos esta reunión Daox Haj Lordier, para no tener que destruirlos por completo. — El señor rojo de Trown sonrió algo diferente, ya que no poseía los mismos músculos faciales que los humanos, más bien, pareció un ladrido que una risa.

Eso es lo que quiero, que me diga las cosas como son, no su estúpida diplomacia. —Daox introdujo su mano dentro de sus ropas, para sacar un cilindro metálico. Al verlo, Alexander se extrañó —. Tranquilo Alexander Nubier, no es nada que pueda dañarlo. —Alexander sólo se divirtió con el comentario.

Dentro del tubo, se encontraba lo que parecía un puro de La Tierra, pero envuelto en algas extrañas. —Un Drunntroak —dijo cuando levantó el puro extraterrestre para que Alexander lo observara—, algo muy parecido a sus cigarros terrestres, pero mucho más intenso. Envuelto con algas de Gontak, pero lo que lo hace maravilloso, son pequeños gusanos en su interior, orugas a decir verdad, los Troak, esté —comentó y enseñándole el Drunntroak de nuevo—, es lo más adictivo que jamás encontrará en todo el universo, lo malo, es que ya está prohibido en Gontak.

>>Verá —siguió diciendo el Basto Lord de Rundyncar mientras sacaba un pequeño cilindro de color negro de entre sus ropas —, los Troak ya están en peligro de extinción, no necesito decir el porqué, usted ya se lo imaginará, no nos malentienda, no nos preocupa quemar a un “insecto”. — Daox apretó aquel cilindro negro y una llama salió de este, un encendedor común y corriente, y así empezó a fumar su Drunntroak. —Nos preocupa dejar al mundo sin esta especie, seremos una raza guerrera, pero no una aniquiladora.

Creo entender lo que me quiere decir —dijo Alexander con su típica sonrisa.

¿Lo entiende, parásito? —Dijo Daox Haj Lordier y alzó un poco la voz —. No lo creo, yo sólo le decía de mi pasión por el Drunntroak, y quería a dar a entender la dificultad de conseguir uno, lo guardaba para una ocasión especial. —El Basto Lord de Rundyncar le dio una gran fumada a su Drunntroak—mire, bueno más bien escuche con cuidado. Concéntrese en el sonido del Drunntroak al consumirse. —Alexander giró la cabeza para escuchar mejor, y oyó el rechinido del fuego consumir las algas, pero algo más es lo que le llamó la atención, un chillido de sufrimiento—. Lo escuchó, ¿verdad? A los Troak, sufriendo al ser incinerados, chillan de dolor mientras los fumamos.

Basto Lord —dijo Alexander que trató de desviar la plática—, debemos…

¡Debemos! —gritó Daox interrumpiéndole—. No debemos hacer nada, estamos aquí para tomar decisiones, Parásito.

¡No me llame así! —Alexander chochó sus puños contra la mesa— lo…lamento…yo…no sé que me pasó.

Es un ser de agresión innata, eso es lo que le sucedió. Pero tal vez yo cometí el error ¿Cómo quiere que le llame entonces? No creo que ser humano, porque no lo es —una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Alexander y miró al señor de rojo Trown directo a los ojos. —Tal vez, ¿simbionte?

¿Creí que había dicho, que nos había estudiado? Tal vez escuché mal. —sonrió de nuevo pero esta vez hurañamente. —No somos parásitos, no somos simbiontes, somos los Wul, somos energía pura.

Pero se alimentan de seres vivos.

De seres con intelecto, algo difícil de hallar.

Han destruido ya a tres razas de seres conscientes, y ahora la humanidad está cerca de su extinción, su hambre no puede ser cesada, Alexander Nubier, no pueden detenerse, son como adictos, nada los frena.

Y aun así aquí seguimos. —alzó las manos para darle un resalte a sus palabras. —Destruimos a los Hundeltorianos, arrasamos a los Jasnodianos y borramos de la historia cualquier rastro de los Lyndorconianos, lo más obvio es que los humanos sufrieran lo mismo, somos Wul, somos luz, somos dioses, y queremos más.

Pero están desesperados, sino por qué negociar con nosotros, saben que les tomará demasiado conquistarnos.

Pero lo haríamos —el gesto de alegría de Alexander creció aún más.

¿Pero a qué costo? ¿Cuántos de ustedes estarían dispuestos a sacrificar?

Los Wul no mueren, sobrevivimos al fuego, sobrevivimos a los láseres, incluso sobrevivimos al vacío del espacio.

Pero no sobreviven sin un huésped y cada vez procrean más rápido y los humanos son consumidos a mayor velocidad, no les alcanzará.

No deseamos la extinción de los Gontaks, Daox Haj Lordier—dijo más calmado Alexander Nubier—. Deseamos una mutua y muy beneficiosa alianza.

Desean cuerpos que habitar, desean cuerpos de los Gontaks.

No todos, solo unos pocos, sabemos que nuestra hambre los llevaría a la extinción, controlaremos a nuestro pueblo, ustedes nos darán una provisión anual y con esto ustedes se llevarán inmensos beneficios: comida, medicina, tecnología, etcétera, etcétera, etcétera.

A cambio de los míos, nos darán lo que no quieren ustedes.

Lo que nosotros no necesitamos, somos energía pura, nada requerimos, solo un cuerpo que habitar, pero todos terminan por ser consumidos por nuestra magnificencia. —de nuevo Alexander alzó los brazos para exaltar su punto.

¿Y si nos negamos? —dijo Daox Haj Lordier que ya casi terminaba su Drunntroak.

Ya lo sabe —dijo con una risa pequeña Alexander Nubier—. Lo mismo que les ha pasado a todos los demás, muerte, extinción.

Daox Haj Lordier apagó lo que restaba de su Drunntroak en la mesa, miró con atención a Alexander Nubier, que se encontraba feliz, y le expresa su bufido típico.

Alexander comenzó a sentir una extraña sensación que le recorrió el cuerpo y que se intensificó en su garganta, algo extraño que nunca había experimentado con anterioridad. Una inusual quemazón que le secaba la boca con rapidez. Se tocó levemente ante el malestar, pero el ardor iba en aumento, se quitó la corbata y desabotonó la camisa, pero la sensación no se detuvo.

¿Le sucede algo? —dijo Daox Haj Lordier que miró con paciencia la desesperación de Alexander. Sujetó los papeles que le fueron entregados, los levantó para que los mirara Alexander y los quemó con su encendedor. —Creo que es hora de hablar en serio —el Basto Lord de Rundyncar se levantó.

¿Qué está…? —comenzaba a decir Alexander, pero ya no pudo hablar, se intentó poner de pie, pero el mareo lo tumbó de nuevo en su silla.

Los Wul —comenzó a decir Daox. Se encontraba ya cerca a Alexander. Se sentó en el escritorio mientras seguía observando al Wul convulsionándose de dolor—, seres de energía, algo difícil de matar, lo admito, y mire que yo he matado varias cosas.

>>Los Gontak no tenemos…diplomáticos, al menos no como ustedes, sólo tenemos consejeros de guerra, somos raza de guerreros, guerra es lo que hacemos y se sorprendería lo mucho que puede hacer una raza de soldados con el pasar de los milenios y millones de guerras y las variables que hemos diseñado para matar.

Us…ted —dijo Alexander trabajosamente y con dolor en su rostro.

Yo, nosotros Gontaks. —extrajo de nuevo su encendedor negro de entre su ropa. — ¿Gracioso, no lo cree? Como cada raza crea aparatos muy similares, incluso algunas veces se les da el mismo nombre. —le mostró aquel mechero a Alexander. —, pero este no es el caso. ¿Sabe cómo le llamamos a esto? —Dijo cuando le mostró el encendedor—. No se moleste en contestar, le llamamos Xont’do. En el idioma común seria “consumidor”, y fue creado específicamente para el Drunntroak, para consumir las vidas de los Troak. ¿Gracioso, no lo cree? —Daox Haj Lordier acercó su boca al oído de Alexander, casi rozándolo y djio: —Mi consumidor lo consume, Alexander Nubier, maquinas microscópicas salieron de este al momento de encenderlo, navegaron por el aire y se introdujeron en el cuerpo humano que habita, diminutas maquinarias que fueron creadas con un propósito, consumir energía, y no cualquier energía, la energía de los dioses, la energía de los Wul y creo que si pongo atención, puedo oír el chillido de su verdadero ser desvanecerse.

Daox se levantó para mirar desde arriba a su enemigo. —Ahora usted está experimentando algo nuevo para los Wul, el dolor, después de eso usted morirá. Le dije que el Drunntroak era para un momento especial. Tome —dijo Daox que dejó el consumidor sobre la mesa—, se lo obsequio. Me despido Alexander Nubier, que mueras con honor, parásito.

Daox Haj Lordier, Basto Lord de Rundyncar, señor de rojo Trown y parte del supremo consejo de guerra de Gontak, se alejó lentamente de ahí, mientras Alexander convulsionaba del dolor jamás experimentado, y el humano que habitaba se puso morado. Pero antes de que saliera por la puerta Daox se giró y habló una última vez; —Por si no quedó claro, declaramos la guerra al imperio Wul y a todas sus colonias, activas o inactivas, y no se preocupe en decirles a sus líderes, nosotros veremos que sean notificadas.

Daox se marchó, mientras Alexander convulsionó, hasta que el dolor se apagó. Alexander Nubier quedó tendido boca arriba y de entre su boca abierta una extraña bruma oscura se desprendió de su cuerpo, para extinguirse en la nada del aire y morir.


Edher Juárez López, nacido en México un 11 de diciembre de 1989. Ingeniero Mecánico Industrial, que siempre tuvo una imaginación voraz. Habilidad que le costó desafíos al momento de poner atención. Ahora siendo escritor de medio tiempo y siempre entusiasta del género de la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Se debe agregar que aún no se ha publicado nada de su trabajo, pero esto sólo amplía su convicción de seguir escribiendo, acerca de aquellos mundos que vislumbra en su imaginación. “Mi mente siempre divaga por mundos mas allá de mi realidad”


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“Viaje a un millón de crepúsculos” por Mauricio del Castillo

1 Jun

Revista Cosmocápsula número 13. Abril – Junio 2015 . Cápsulas literarias.

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Viaje a un millón de crepúsculos
Mauricio del Castillo

Marcio Belfax acarició el peludo lomo de su compañero felino. En contadas ocasiones Virlo salía de su sueño criogénico para hacerle compañía. El…
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Cuento de ciencia ficción: "Viaje a un millón de crepúsculos" por Mauricio del Castillo

1 Jun

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Revista Cosmocápsula número 13. Abril – Junio 2015 . Cápsulas literarias.

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Cuento de ciencia ficción:

Viaje a un millón de crepúsculos

Mauricio del Castillo


space_cat_by_binary_ink-d8li5er.png Cuento de ciencia ficción: "Viaje a un millón de crepúsculos" por Mauricio del Castillo

Marcio Belfax acarició el peludo lomo de su compañero felino. En contadas ocasiones Virlo salía de su sueño criogénico para hacerle compañía. El calor de la cabina y el olor a leche sintética lo confortaban. El astronauta paseó la mirada por los cuadrantes del tablero con una expresión inmutable y dijo:

Sin novedad en el frente. Y no hay forma de que eso cambie. Ahora me explico por qué no hubo planes para más exploraciones.

Virlo hundió su cabeza en los brazos de su dueño y se lamió una pata.

Marcio sentía las consecuencias del espacio a su alrededor y se captó a sí mismo conectado a un tablero de ajedrez inmenso, sin ninguna pieza en él, lleno de total vacío. En ese vacío podía absorber aún el lamento seco y doloroso de la humanidad, una terrible angustia a la que se enfrentaba cada vez que aparecía el más leve recuerdo del planeta Tierra. Marcio averiguó lo que había ocurrido con la Tierra, pero no alcanzó a decirlo en voz alta, ni siquiera en presencia de Virlo. Las señales fueron débilmente recogidas a través de la conflagración y esterilidad de su planeta; marcaban el horror, la pérdida, el lamento. Después de eso sólo pudo escucharse la estática. Pero la seguridad del espacio exterior, la unidad precisa de los planetas y estrellas conocidas, era un bálsamo para sus cansados sentidos. Sentía asombro, curiosidad, un poco de temor y, sobre todo, el anhelo de conocer la sombra que había ante él. Las galaxias se transportaron como nubes, con movimientos ajustados en plena sincronía. Experimentó un punto de vista del cosmos que lo rodeaba. Había conocido el corazón del universo, donde todos los vértices encuentran su cruce. En la Tierra existieron guerras, disputas, conspiraciones, asesinatos, hambre, codicia, toda una baraja de ignominias. Aquí, en el denominado espacio sideral, no existían ni el factor tiempo ni el factor lugar. Marcio pensaba que no había ningún misterio, ninguna maravilla, ninguna duda, porque la simplicidad del universo había sido ofrecida a sus propios ojos. ¿No hay más opciones? ¿Hasta aquí llega la humanidad? El universo se adelantaba y llevaba consigo todos y cada uno de sus hermosos fragmentos.

Los viajes tripulados fueron cualquier cosa menos un modelo de emplazamiento y posterior colonización. No fue un plan establecido, sino el intento desesperado por hallar una zona acorde a los sistemas de sobrevivencia del ser humano. Marcio tenía la esperanza de que así fuera, pero su mala salud comenzaba a deteriorarlo. Respiraba cansada y entrecortadamente. Se agitó en el asiento con inquietud. Su pecho comenzaba a dolerle, esta vez con más intensidad. Quiso llevar a Virlo a su propia cápsula criogénica, pero pensó que ya era muy tarde. Sintió de pronto el suave sonido de unos pasos. Giró el asiento con dificultad. Una figura emergió de las tinieblas, de rostro pálido y anguloso. Sus gafas polarizadas reflejaban destellos de luz. Portaba en las manos una libreta voluminosa de tapas negras. El sombrero sobre su cabeza se ladeaba un poco hacia la derecha. Su traje negro precisaba un buen planchado y el nudo de la corbata aparentaba un fino arreglo. Marcio sabía de quién se trataba. Al verlo ocurriría lo inevitable. Sintió que su último instante de vida se estiraba hasta el punto del colapso. Percibió cierta calidez que nunca más pensó encontrar y reconoció el origen de dicha sensación. El hombre del traje negro se mantuvo en la oscuridad.

¿Eres tú? —preguntó el astronauta.

Soy yo —respondió el hombre—. Estoy aquí para llevarte.

Entonces es el fin. Nunca pensé que pudieras darme alcance, aún en las estrellas.

No hay impedimento para mi trabajo —dijo el visitante—. Conozco más acerca de las estrellas de lo que tú crees.

El viejo Marcio asintió. Llamó a Virlo. Su amigo saltó a sus brazos con un fuerte impulso y de nuevo recibió caricias bajo la mirada atenta del visitante.

Debo llevarlo a su cápsula —dijo Marcio—, pero me temo que no puedo moverme. ¿Podrías hacerlo por mí? ¿Por favor?

El hombre se sorprendió; nunca antes se habían dirigido a él de ese modo. Marcio parecía como si acabara de levantarse de entre los muertos: sangre fluyendo en su cuerpo, la boca completamente abierta, una débil mano levantada contra la gravedad.

Después iré contigo —dijo con un hilo de su voz.

El hombre salió a la luz y tomó a Virlo.

Tengo que llevarte —replicó, a la vez que echaba una mirada a su reloj de bolsillo.

Marcio suplicó:

Lo sé, lo sé. Sólo te pido este último favor, como el único hombre todavía con vida.

El visitante de negro, bajo las instrucciones de Marcio, depositó al felino en la cápsula y la accionó hasta el momento más alejado en el tiempo. Sin embargo, el hombre de traje negro sabía que esto resultaría inútil.

Después de mí no habrá nadie más —dijo Marcio—. Cuando uno sabe que una etapa importante termina, de alguna forma tarda en despedirse, en hacer su trabajo lo mejor posible y disfrutar sus últimos momentos.

El hombre sacudió la cabeza y sintió la aceptación de Marcio. Se despojó de su sombrero y paseó la mirada por toda la cabina hasta toparse de frente con todo el descomunal vacío.

Ahí —señaló Marcio con su mano enguantada—, justo ahí se encuentran mares de pensamiento, abstracciones fantásticas que escapan a nuestra imaginación y sentido común. Es una pena que se pierdan y no puedan ser presenciadas por nadie más.

¿Piensas eso? —preguntó el visitante—. ¿Acaso crees que tú perteneces a una raza solitaria? No vengo sólo por ti, Marcio, vengo por todo el universo.

Pero tú te encuentras aquí. Y me estás hablando.

Soy una metáfora creada por tu mente, para que entiendas tu propio fin.

Pero, ¿por qué? Yo sé que estoy muriendo… y mi tiempo…

Es también el tiempo del universo. Has atravesado galaxias enteras, Marcio, has visto pasar lapsos enormes de tiempo sin que te dieras cuenta.

Pero las estrellas siguen fijas. La galaxia es la misma.

Se trata de un efecto tardío. Tus ojos no se han podido acostumbrar al estiramiento vertiginoso de la nave. Al pasar el tiempo en el exterior cada vez más deprisa, la nave ha llegado al envejecimiento del universo, y pronto serás testigo de su muerte. Se enfriará y se contraerá en cualquier instante.

Marcio lo sabía. Las leyes de la física se habían mostrado irónicas al respecto y amargas también. Estaba a punto de asistir al fin del universo. Observó a Virlo en la cápsula criogénica y se despidió de él en silencio. Pequeñas porciones de materia golpeaban la nave aquí y allá. La imagen de todo el circuito astral se transformó. Chispas de vida e inteligencia se extinguían. Por años el hombre había sido víctima de las falsas percepciones de esas cualidades que denominaba eternidad e infinito. Ahora todo se convulsionaba en un río de entropía.

El hombre de negro abrió su libreta, anotó el nombre completo de Marcio Belfax y la cerró con fuerza. En seguida advirtió que estaba ocurriendo algo curioso en las pantallas automáticas:

La nave de Marcio no detuvo su recorrido y liberó la energía acumulada desde principios del tiempo.

FIN

 


Mauricio del Castillo (Ciudad de México, 1979). Es licenciado en la carrera de comunicación por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pasa su tiempo libre dedicado a la lectura y a la imaginación. Entre sus escritores favoritos están H. G. Wells, Stanley G. Weinbaum y Robert A. Heinlein. Ha colaborado para las páginas NGC 3660, Sitio de Ciencia Ficción, Otro Cielo, Revista Axxón, BEM on Line, Sci-Fdi, Revista NM y Alfa Eridiani. En 2012 publicó su primera colección de relatos La variable multimillonaria y otros relatos, publicados bajo el sello de Ediciones Endora.

 


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