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“Blondine” por Mónica Marchesky

22 Feb

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Blondine
Mónica Marchesky

La reunión de delegados se había extendido hasta la media noche. Habían detectado una fuga de información. Alguien estaba duplicando ilegalmente el software er…

“Blondine” por Mónica Marchesky

"Blondine" por Mónica Marchesky

22 Feb

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Blondine

Mónica Marchesky


cuento de ciencia ficcion uruguaya, blondineLa reunión de delegados se había extendido hasta la media noche. Habían detectado una fuga de información. Alguien estaba duplicando ilegalmente el software erótico “RCS” que tenía miles de adeptos conectados a la red.

El hecho no era grave aún, pero se había tomado la decisión de enviar un “borrado rápido”… cuando pudieran ubicar al responsable. Una de las mejores cazafantasmas que ellos tenían era el Nick Blondine-3.

Blondine-3, era una hermosa mujer, exótica, extravagante y con un cuerpo espectacular. Nadie la había registrado en la intimidad, puesto que cada vez cambiaba su look.

Cuando los ingenieros –híbridos de última generación– con implantes neuronales conectados a la red interna y mundial, se enteraron de que ella había sido llamada a la sala redonda donde se reunían los delegados, quedaron expectantes a la puerta de acrílico de dos hojas de la entrada. Sabían además, que para llegar a la sala, debía pasar por entre las pequeñas terminales que, diseminadas por el recinto, parecían formar una tela de araña.

La puerta se abrió lentamente como todas las veces, pero esta vez tenía un brillo especial; en el umbral se dibujó la figura de Blondine-3. Increíblemente atractiva, con un body ajustado al cuerpo de color verde musgo que marcaba sus curvas, una peluca despareja también de color verde, unos ojos gatunos amarillos y toda ella subida a unos tacones aguja que hacían que su cuerpo se contoneara como una gata en celo.

Pasó por entre las terminales sabiendo el placer que representaba para esos híbridos, una gata cibernética que se ocupaba de atrapar a deudores, hackers e ilegales.

Sin lugar a dudas, es la mejor elección que pudimos haber hecho –resonó en la sala de reuniones y todos estuvieron de acuerdo, al ver subir por el ascensor transparente de la oficina a semejante espécimen.

¡Señores! ¿A qué se debe tanta urgencia? –dijo Blondine-3, contemplándolos desde la puerta.

Nunca se sentaba a la mesa con ellos; se paseaba como si no escuchara, tocando objetos sin importancia, observando a la red de híbridos que se sucedían allá abajo en la oficina.

Es un usuario no registrado –comenzó uno de los delegados–, se hace llamar Ralph124C41+, entra sin registro y sólo puede tener acceso a las actualizaciones. Últimamente hemos detectado que en forma masiva está haciendo copias del programa. Pensamos que el motivo es la venta ilegal.

¿Comando Nº 5, borrado rápido? –preguntó Blondine enfrentándose a los hombres.

Sí, borrado rápido –exclamó el delegado– ¡Queremos que el cretino desaparezca! ¡No queremos verlo más en la red!… Es una obstrucción para la recaudación de la empresa… ¡BORRADO RÁPIDO! –gritó casi ahogándose con sus propias palabras.

¿Qué terminal me darán? –preguntó Blondine-3 ahora mirando un extraño trofeo que destacaba en un marco.

– “El foso” –dijeron a coro.

¿El foso? –preguntó–. Entonces es realmente urgente para enviarme allí.

No obtuvo respuesta. Al darse vuelta, sólo vio cabezas afirmativas.

El foso era un recinto pequeño, completamente tapizado de terminales en red, donde se destacaba una sola luz al fondo. No había distracciones en el foso, no había ventanas para observar a los híbridos ingenieros, ni las pantallas electrónicas de la ciudad… nada. Nada más que máquinas.

Por supuesto que tendrás todo lo que necesites: bebidas, tus maletas de ropa y cosméticos, sexo… lo que desees… ¡Empiezas ahora!

Ok –dijo saliendo de la sala y encaminándose a su confinamiento temporal.

Cuando se oyó el golpe de la puerta del foso, al final del pasillo, se dejó sentir un hondo suspiro de alivio en la sala de reuniones.

Ralph124C41+ se levantó tarde ese día. Había pasado muchas horas reproduciendo y colocando en sitios de compradores ilegales las últimas actualizaciones de “RCS” Real Cyber Sex, el programa virtual más utilizado en ese momento en la red; pero los consumidores querían otra cosa y no había podido encontrarla.

Él se ocupaba de compradores masculinos. Sabía qué era lo que ellos necesitaban y eso le facilitaba el trabajo.

Había sido despedido de una empresa de software donde trabajaba, porque le descubrieron una cartera de clientes que no estaban registrados y a los cuales él surtía de productos novedosos.

Luego de ésto empezó para Ralph124C41+ un descenso que parecía no tener fin. Su vida era un tormento hasta que decidió seguir con lo que había empezado hacía muchos años. Sentía que la depresión le había ganado esta vez y eso se transmitía en su aseo personal y en todo lo que lo rodeaba. Fue en ese estado de torpeza emocional que se sentó un día a experimentar con “RCS”. Siendo un gran consumidor, conocía casi todas las salas, las putas, las emociones sadomasoquistas, pasando por sex shop y ropa íntima que incluía el programa.

La respuesta de los compradores había sido casi instantánea puesto que ya lo conocían y sabían que siempre les daba un buen producto. Hacía una semana que estaba con “RCS” y en lugar de darle luz a su vida, se había transformado en una obsesión.

Su habitación daba una idea de ésta. Restos de varios desayunos y comidas se apilaban a su alrededor, el piso tapizado de ropa sucia, las cerradas ventanas lucían vidrios opacos de grasitud acumulada, un colchón con manchas de sudor reposaba en un rincón; el desorden era total. Parecía la vivienda de un indigente.

Ese día, –se había levantado tarde–, traía consigo una carga enorme, ya que los sitios a quienes él surtía, le habían pedido, durante toda la noche, la nueva actualización de “Blondine-3”. Una puta sex-exotic de última generación y él no había podido encontrarla.

Descalzo, comenzó a caminar por la habitación; se detuvo ante el espejo del dormitorio. Observó su imagen, primero de frente y luego de perfil: cabello sucio, camiseta manchada de las diferentes salsas de tanta comida chatarra ingerida en esos días, calzoncillo raído y una incipiente panza que sobó con satisfacción.

Casi sin darse cuenta, y luego de varios días, se metió en la ducha. Con una toalla a la cintura y casi sin pensarlo, comenzó a juntar el desorden, a lavar la vajilla, a barrer mientras repetía: ¡Esta noche la atrapo, esta noche la atrapo! En su cabeza se sucedían honeypot, detectores de intrusos, firewall, bloqueos temporales; a todos había violado ya desde la mañana, solo le quedaba una insignificante sala de chat, incluida en el programa.

Justo en el momento en que tomaba la aspiradora para continuar con el aseo, su cabeza detectó la sala de chat; la limpieza quedó para más tarde o para…

Corrió a sentarse frente a su computadora.

Blondine-3 se había instalado en el foso y casi inmediatamente pidió su maleta. Al cabo de una hora la transformación fue total. Rosa y negro había sido su elección para entrar a la red del programa y “mostrarse”. Luego, se había escondido toda la noche mientras Ralph124C41+ la había estado buscando. El programa era emitido en todo horario y en esos momentos en que Ralph124C41+ se distrajo con la limpieza, ella había estado jugando. Sabía que el duplicador entraba a la noche y que su casilla de pedidos estaría a tope pidiendo a Blondine-3. Se dijo que ya era hora de mostrarse ante él.

Ralph124C41+, ya instalado frente a la pantalla, se colocó el casco de realidad virtual. Le gustaba el casco, era como entrar a un sueño; las emociones se hacían más fuertes y si bien no se había llegado a una realidad completa, las imágenes eran sugestivamente atractivas.

RCS” –dijo en voz alta– y la transmisión se inició de inmediato. Al entrar, se fueron formando los pasillos de las salas del programa. Conocía de memoria el trayecto: a la derecha los sado, a la izquierda los homo, otra vuelta y se encontraba con la venta de productos eróticos, en un recodo estaban los adoradores de las máquinas de sexo. Y allá al fondo, en un rincón, había una puerta tan insignificante que nunca le había prestado atención, pero aun así, sabía que se trataba de una sala de chat. Entró. Sobre el fondo de sus lentes, vio todos los que estaban conectados, ninguno era Blondine-3. A menos que estuviera con otro nick; ella no estaba. Esperó.

Blondine-3 lo buscó en la estructura del programa, –ella también llevaba casco– y lo ubicó en el chat. Sonrió. Era el lugar perfecto para atraparlo. Entró.

Sobre la pantalla virtual se vio su nick y él se sobresaltó. De inmediato la rodearon casi todos los nick conectados. Ella tenía la opción de “privado” bloqueada; le gustaba excitar en sala. La conversación se hizo rápida, las imágenes eróticas que largaba se hacían cada vez más fuertes. Todos querían poseerla, tener un rato de sexo con ella, no importaba cuánto dinero hubiera que cargar a la cuenta. Ralph124C41+ supo entonces que ésta era una actualización que valía la pena conseguir. La vendería con tan solo mencionar su nombre.

La querían en persona, verla, tocarla.

Entonces se presentó enfundada en un traje de látex negro, con una peluca también negra con mechones rojo sangre. Senos al aire, ajustados por un corsé. Poco importaba si era bella o si era joven, el placer venía en un buen envase y eso era por lo que pagaban para satisfacción personal.

Ralph124C41+ no intentó acercarse en seguida, observó cómo era su comportamiento desde un rincón de la sala, buscando el momento para atraparla… entonces apareció en su visión el cuadrado de un PV de Blondine-3.

No se sucedieron las preguntas y respuestas clásicas de todo chat, vacías, mentirosas, dando señales falsas la mayoría de las veces. Ella le estaba enviando señales directas, el sólo hecho de haber entrado a un privado con él ya era motivo para tantear su billetera y tomar una decisión.

A un hombre adicto a juegos sexuales como era él, una invitación de una nueva puta, aunque fuera virtual, era algo para no dejar pasar. Luego la investigaría a fondo y lograría la clave para clonarla, además de tener un momento de placer, que sería la envidia de todos los hombres de la sala.

Accedió.

Blondine-3 le indicó la clave para entrar a su sala privada, se verían en la intimidad y tendrían sexo. Antes de entrar, Ralph124C41+, tuvo que colocar el código de su tarjeta de crédito.

Entró.

El ambiente tenía una media luz. Ella estaba sobre la cama, incitándolo, dándole imágenes eróticas que llegaban como torrente a los ojos y oídos del ahora indefenso duplicador ilegal. Con sus nalgas descubiertas y sus senos que terminaban en puntiagudos pezones, parecía una imagen onírica. Esa era la imagen que él había descrito en un comentario en alguna parte de la red y ahora se estaba haciendo realidad ante sus ojos. La observó, la tocó, pasó sus dedos y su lengua por ese cuerpo sintético y luego la poseyó. Con un rápido movimiento, Blondine-3 se colocó sobre él, lo apretó con las piernas y de cada uno de sus puntiagudos pezones emergieron sendas agujas que se hundieron en la carne de Ralph124C41+. Su cuerpo se inundó de un líquido que lo recorrió dejándolo insensible; la excitación fue sublime y logró tener otro orgasmo. Al momento, ella le aprisionó las manos y ajustó un mecanismo magnético diciéndole al oído en forma sensual:

Ralph124C41+, acabas de ser alcanzado por un borrado rápido del sistema de emergencia del programa “RCS”.

La descarga eléctrica fue tan intensa que lo mató al instante.

Blondine-3 se desconectó de inmediato; aún conservaba en su piel y boca el gusto de un buen sexo. Esos eran los trabajos que le gustaba realizar.

Cuando abrió la puerta del foso, pasó sin siquiera entrar a la sala de reuniones, bajó por el ascensor hasta la planta donde babosos ingenieros la observaban. Esta vez su atuendo era rojo y sus ojos celestes resaltaban enmarcados en una peluca rojo fuego. Caminó por entre las terminales como al inicio de la misión y se dirigió hacia a puerta de salida.

Terminal 1 –dijeron desde la sala de reunión de los delegados. Aplique el Comando Nº5 para el software Blondine-3.

¡Señor! –rogó el híbrido ingeniero.

Está bien, deje que concluya el programa.

Blondine-3 pasó su trasero por el pasillo y cuando se cerró la puerta de acrílico, recién entonces el hombre cumplió la orden.

Nota de la autora: Ralph 124C41+ es una novela de 1911 de Hugo Gernsback, inventor del término Ciencia Ficción y fundador de la revista Amazing Stories. En su honor fue nombrado el Premio Hugo.

 

 


Mónica Suárez Marchesky, nació en Salto, Uruguay, 1959. Poeta, novelista y ensayista. Integrante del Grupo Surrealista del Río de la Plata. Publica con aBrace Editora: Letras en movimiento, Circulo de narrativa II, Cuento gotas VII. Cuentos de un minuto. Un cuento gótico de su autoría fue publicado en: III Premi Literari de Constantí – Narrativa Breu. (Tarragona-España, 2005). Participó en el festival de cuento breve del Centro Toluqueño de Escritores y varios de sus trabajos fueron recogidos en la antología: Los mil y un insomnios (Toluca–México). Primer premio ensayo: En nombre de los pájaros y Primer premio cuento: “El hombre musgo” en concurso Dr. Alberto Manini Ríos. Mención con publicación del cuento “Flores Exóticas” (2007) en el Primer Concurso Nacional de Cuentos Paco Espínola, organizado por la Biblioteca Nacional y Radio Difusión Sodre. Mención con publicación en 6º Concurso de Minicuentos de Antel (2012), convocado por la Biblioteca Nacional y La Máquina de Pensar. Es cofundadora del Grupo Fantástico de Montevideo. Fundadora de 11/12/13 Grupo Surrealista de Uruguay. Participó en el año 2013/14/15 de Ruido Blanco, Antología de Ciencia Ficción Uruguaya. Publicación de poema en “Vericuetos 26” Paris-Francia 2015.


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

“El gato y la entropía #12&35” nueva novela de ciencia ficción de Ramiro Sanchiz

30 Ene

El autor uruguayo Ramiro Sanchez nos trae su nueva novela de ciencia ficción El gato y la entropía #12&3, publicada por la editorial Estuario
SINOPSIS
En un rincón del barrio más adinerado de Montevideo Federico Stahl trabaja en una fiesta. Pero hay otra fiesta y un túnel que las comunica. E…

“El gato y la entropía #12&35” nueva novela de ciencia ficción de Ramiro Sanchiz

"El gato y la entropía #12&35" nueva novela de ciencia ficción de Ramiro Sanchiz

30 Ene

El autor uruguayo Ramiro Sanchez nos trae su nueva novela de ciencia ficción El gato y la entropía #12&3, publicada por la editorial Estuario

SINOPSIS

novela de ciencia ficción: gato y entropiaEn un rincón del barrio más adinerado de Montevideo Federico Stahl trabaja en una fiesta. Pero hay otra fiesta y un túnel que las comunica. En un rincón de esa fiesta –o de esas fiestas– alguien pasa de un universo a otro y cuenta sus historias. Pero Federico Stahl, hasta las orejas de whisky y quién sabe de qué más, no entiende nada. La entropía aumenta y alguien habla de un gato y de la historia del rock: algunos han muerto y los creemos vivos, otros viven pero los creemos muertos. Y algunos han dicho que pactaron con el Diablo, sea lo que sea que esto significa. Hay también una pareja de mellizos conectados telepáticamente, hay un viaje al fin del universo, hay música que deforma la trama de la realidad para ser usada como un arma, hay una llave perdida al norte de Mexico y el recuerdo de la explosión de la Tsar Bomba; hay todo eso y más, pero Federico Stahl no se entera. O sí, pero al final, quizá demasiado tarde, cuando todos los cambios se desvanecen en recuerdos falsos e inocuos. ¿O alguno será que alguno perdura?

http://estuarioeditora.com/libros/el-gato-y-la-entropia-1235/

“Obsolescencia programada de los prodigios” por Valeria Rodríguez Mar

2 Dic

Poema de ciencia ficción de la autora uruguaya Valeria Rodríguez Mar

http://cosmocapsula.com/2015/12/02/obsolescencia-programada-de-los-prodigios-por-valeria-rodriguez-mar/

"Obsolescencia programada de los prodigios" por Valeria Rodríguez Mar

2 Dic

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Revista Cosmocápsula número 15. Octubre – Diciembre 2015. Cápsulas literarias.


Obsolescencia programada de los prodigios

Valeria Rodríguez Mar


El vidrio se hizo añicos
prometiste tigres
no
alas de mariposa inertes
los
mundos han cerrado
por
un momento.

Entre las persianas de pálida luz
se
adivinan tus lágrimas
los
pantanos exteriores
no se detienen
y es lo justo.

Por supuesto, la Luna la acompaña
y nosotros,
sus favoritos monstruos para siempre,
¿
quién cerrará sus ojos cada noche
cuando los pensamientos funestos
invadan su cuerpo
tormentoso como el fuego?

Levántese,
el soberbio Golem
la necesita
y ¿qué pasará con los otros huérfanos?
simplemente no entienden
lo
que le atribuyeron parte de sus detractores.

Uno de sus hijos
el más famoso
la
necesita también
bajo la piel cerosa
su corazón late
vivo
¿Qué le diremos a él?

Alguien llora en el rincón más oscuro
con la esperanza de que lo alimenten
sus ojos sin vida
sus manos
no tienen descanso.

¿A dónde se ha ido?
vuelva, por favor

céfiros giran en las estancia inhóspitas
en torno al resplandor de velas
que
dentro de usted
crece junto a las sombras.

Uno grita
usted
sabe quién es
su alma es impura
un dolor terrible
lo
aprieta desde su creación
como a usted misma.

Venga.

Luces y bites
su criatura está loca
¡
desea verla despierta!
su fiel compañera
está aquí
y dice que puede esperar.

Aviones en el mar
copos de oxhyrincus
lágrimas de sangre
los
mundos han cerrado
un instante.

Sibilas y adivinos
druidas posmodernas
científicos poetas
algunos sacerdotes de nuevas iglesias
capillas de la señora futura lotería
el editor del suplemento dominical del horóscopo
espera que se levante.

Vuelva,
antes de la última curva de la luz.


Valeria Rodríguez Mar. Licenciada en Letras, cursando la Maestría en Ciencias Humanas, especialización en Literatura Latinoamericana (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República)
Ha publicado poesía en la revista
Stone Telling, Star Line (en inglés), en la Antología LAIA (Nueva York), Antología Metalenguaje (Chile), Zonapoema (Uruguay). En narrativa ha publicado en la Revista MiNatura, Antología de Mujeres rurales y Revista Mi Mochila (Uruguay). Próximamente el Fondo Editorial de UTU-CETP publicará su cuento “Te llamabas Elena” (2015).

valeriarodriguezmar.blogspot.com

@rodriguez_mar


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Revista Cosmocápsula número 15. Octubre – Diciembre 2015

“Cincuenta y siete años-sombra” por Carlos M. Federici

12 Oct

Revista Cosmocápsula número 14. Julio – Septiembre 2015 . Cápsulas literarias.

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Cincuenta y siete años-sombra
Carlos M. Federici

“Space Prison” por UNDERLOG en Deviantart.com. Licencia Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 3.0

—Estrellas …
http://cosmocapsula.com/2015/10/12/cincuenta-y-siete-anos-sombra-por-carlos-m-federici/

"Cincuenta y siete años-sombra" por Carlos M. Federici

12 Oct

Revista Cosmocápsula número 14. Julio – Septiembre 2015 . Cápsulas literarias.

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Cincuenta y siete años-sombra

Carlos M. Federici


Estrellas —dijo—. Galaxias. Constelaciones.

Cientos de millares de reflejos se posaron sobre el cristal de su escafandra “Visión 3-60” como una mininevada inmaterial. En medio de la negra bóveda salpicada de orificios brillantes, la cabeza de Gervasio Corso, contenida en su globo, semejaba un sol en ruinas a cuya agonía asistía el corro de su sistema con parpadeante estupor.

Saboreó cada sílaba al musitar sus nombres:

Rígel… Aldebarán… La Cabeza del Caballo y Andrómeda… ¡Lejana Fomalhaut de mis pesadillas!… Achernar… Miranda y Oberón… Sirio, ¡tan luminosa!…

Levantó ávidamente los ojos, estirando los músculos del cuello en un vano intento de aproximar lo remoto. Lo atravesaba un hierro en ascuas, pero no se quejaba, ni tampoco fluían lágrimas de sus ojos, secos desde su muerta juventud.

No estaba cómodo en aquel traje espacial, fabricado más de medio siglo atrás, pero necesitaba sentir cómo le ceñía el cuerpo, doliéndole en las axilas y en las corvas, y oprimiéndole la cintura, envilecida por el vientre vergonzante que engendrara su largo período de inactividad… Suspiró, al tiempo que sus pupilas se comían los puntos luminosos de lo alto. ¡Una vez —hacía tanto, Dios— se había movido con soltura entre esos puertos ardientes del espacio, devorando años-luz con la glotonería de poderosos motores atómicos! Cruzar el cosmos era cuestión de horas, en tiempo subjetivo, y Proción y Nínive 3 quedaban a la vuelta de la esquina.

El dolor le contorsionó las facciones, viejas y curtidas, en un rictus que jamás habría permitido que ningún curioso sorprendiera. Su sufrimiento era cosa suya. Nínive 3… ¿Por qué demonios tuvo que venirle a la mente, entre tantos lugares en los que había estado durante sus años de espaciero?

Todo eso tengo que enterrarlo —murmuró, con un rechinar de dientes—. Muy, muy hondo.

Pero era demasiado viejo, reconoció enseguida, para pretender engañarse a sí mismo como a un niño. ¡Aquello estaba prendido a sus entrañas y a su mente con la tenacidad de una araña-pulpo de Umbriel! No era sino otra de las facetas de su castigo, rumiar malos recuerdos.

Es raro —volvió a decirse (sus largos años de soledad le habían inculcado el hábito de hablar consigo mismo)—, ahora, de acuerdo a los cánones del romanticismo, correspondería que yo creyese ver los ojos de Eurídice entre las estrellas. ¡Pero maldito si me puedo acordar de qué color eran! ¿Azules o verdosos? —Sacudió la cabeza, tanto como se lo permitió el casco espacial—. Lo que no olvidaré jamás es que brillaban demasiado fuerte!

Otros atributos de ella le venían más fácil a la memoria. Aquel cabello rubio, que se ataba en una sola trenza, larga y retorcida, casi viva… La gracia de sus movimientos, aun con el traje de presión puesto… Una risa que acababa por contagiar, incluso a un individuo taciturno como Gervasio Corso… Y aquellas espléndidas, delicadas, suaves y flexibles…

Apretó los párpados, al asaltarle un retortijón del alma más fuerte que los anteriores. Había cosas que ni aun mentalmente podía permitirse nombrar.

La Base Cósmica Nínive 3 estaba convulsionada, cuando se conocieron, porque se avecinaba el acontecimiento más sensacional en la historia del Hombre. ¡El contacto con una raza extraña se había formalizado al fin, y sería precisamente en Nínive 3 (en el sector Proción) donde habría de operarse! Joven, e idealista —aunque este aspecto suyo no trascendiera, porque Corso era tímido para expresarse—, esperaba con ansia el gran momento de la confrontación. ¡Un hito para la Humanidad! El ingreso a la última frontera, y el principio de una era de imprevisibles posibilidades. Algo realmente inmenso, que le hacía latir el corazón casi con la misma fuerza que la turbadora proximidad de Eurídice, quien al principio fue nada más que una mesera del Sector Restorán, para pasar, de a poco, a convertirse en una idea fija.

¿Cómo serán estos Zeheranos? —se había interesado ella, durante una de sus largas conversaciones de sobremesa—. ¿A ti te adelantaron algo? Digo, como trabajas en Mantenimiento…

Si me toca turno cuando lleguen —había improvisado él, para impresionarla—, es posible que esté tan cerca de ellos como lo estoy de vos. No veo por qué no. Aunque uno nunca sabe, viste. Los turnos los deciden los de arriba, y uno no tiene ni voz ni voto.

Si los ves, me vienes a contar enseguida —el acento, estriado de portugués, de la chica, lo deleitaba—. ¡Cómo me gustaría estar ahí! Pero no soy más que una mesera. Tú eres el importante, Vasio. Prométeme que me lo relatarás todito, con pelos y señales. Júramelo por Aldebarán.

La euforia provocada por la cercanía de ella lo tornaba incluso ocurrente:

Te lo contaré con señales —bromeó—, pero de pelos…, no creo. Esos tipos son re-lampiños, según dicen. Cabezones, blancos como el papel, brazos y piernas como alambres, y…

Ella rió, dándole una palmada.

¡No seas malo, Vasio! ¿Cómo hablas así de los E.T., que están infinitamente por encima de nosotros, y se dignan bajar hasta acá, a Nínive 3 de Proción, para conocernos y que los conozcamos?

Es que así son —la provocó él, deliberadamente—. Monstruos. Pero buenitos en el fondo, o por lo menos eso es lo que afirma el Director de Xenocontactos.

Eres incorregible, Vasio —Ella lo azotó blandamente con su trenza—. Merecerías una semana de castigo en el Eje.

¿El sector desgravitado? ¡Bah! ¡Minga de castigo! ¿Te pensás que soy novato Afuera? Toda la vida la pasé acá, nena ¿O dónde te creés que nací, eh? Conozco de sobra el nulgrav. Me muevo sin peso igual que una sílfide.

Lo de siempre: discusiones, bromas, y mucha risa por parte de ella. Pero de ahí no pasaban, quizás porque él, a los treinta y dos años, era tan apocado como un adolescente del siglo anterior. Pero en los períodos de descanso (denominados convencionalmente “noches” por los habitantes de la base Nínive 3), se permitía jugar con ciertas fantasías que habrían hecho subir los colores a las tersas mejillas de Eurídice, quien, toca reconocerlo, era varios puntos menos desvergonzada que el estándar femenino de la década.

¡Qué idiota fui! —se reprochó el Gervasio Corso anciano, solitario en medio del silencioso fulgor estelar—. Si le hubiese insinuado algo antes…, en el momento debido. Quizás las cosas no habrían…

¡Cuán lejano estaba todo aquello! Cincuenta y siete años, pensó. Cincuenta y siete años-sombra. Sus viejas coyunturas rechinaron dentro del equipo espacial, al iniciar él un pequeño paseo bajo las galaxias. Miríadas de ojos relumbrantes, aunque ciegos al avatar humano.

Una eternidad mirando a otra, se dijo. Las estrellas y mi desgracia: cada cual en su propia escala, dos eternidades.

De repente, un arco finísimo hendió calladamente el terciopelo negro del domo sideral. La boca de Corso se retorció en una ácida sonrisa. Una estrella fugaz, pensó. ¡Hay que aprovechar a pedir un deseo!

El deseo más ardiente de ella, lo había comprendido de inmediato, era ver a los Extraños. Se le iluminaban los ojos al hablar de eso; casi le resplandecía la cara, como a la Bernadette de la gruta cuando mencionaba a la Señora. Y él, Corso, le había fallado miserablemente. Aún le dolía evocar la expresión de desencanto de Eurídice, cuando le informó que definitivamente se le había excluido del equipo de recepción. Fue al verla a punto de llorar que se decidió a hacer algo temerario.

Está bien, nena —la consoló, con cierta torpeza—. Si tanto lo deseás, yo te voy a meter en eso. Tengo mis recursos.

Se le había echado en los brazos, de tan exaltada. Fue lo más cerca que Gervasio Corso estuvo del éxtasis, sintiendo virtualmente en su pecho los latidos alborozados de aquel corazón en llamas. Ya no podría retroceder, se dijo. Habría que jugarse el todo por el todo.

Y lo consiguió, sobornando a unos y engañando a otros. El gran día, cuando Nínive 3 estaba sujeta a la regla de Asepsia General, y todo el personal debía llevar traje espacial en consideración a los Zeheranos (que no soportaban siquiera el roce de la seda sobre sus cuerpos, y temían la exposición a microorganismos extraños), Corso logró hacerse de dos de los uniformes “autorizados”, distinguibles por su color amarillo. Embutió en uno a Eurídice, reservándose el otro. Se “colarían” en el sector de recepción aunque fuese lo último que hicieran.

No doy más de los nervios, Vasio —su susurro angustiado le llegó a través del Intercom del traje—. ¡Creo que me voy a desmayar!

Agarrate bien de mí, y no te hagas notar —Se sentía fuerte y protector. La presión de la mano de ella en la suya, a través del espesor de los trajes, envió un escalofrío delicioso a su espina dorsal—.Vas a ver qué bien vemos todo.

La fortuna es de los audaces. No hubo percances, aunque en un par de ocasiones, bajo la inquisitiva mirada de un guardia de Seguridad, Corso sintió el corazón entre los dientes. Como suele ocurrir, sin embargo, el acontecimiento no resultó tan grandioso como ambos anticiparan. Los Zeheranos arribaron a la hora prevista, pero su inmensa nave quedó en órbita lejana, desde luego, de manera que no pudieron contemplar sus maravillas. En cuanto a los seres en sí, rodeados de aparatosas medidas de seguridad, apenas si lograron vislumbrarlos desde el sitio en que se ubicaran. En menos de lo que dura un bostezo, ya habían desaparecido para instalarse en su sector reservado, a cubierto de cualquier riesgo.

Así y todo, Gervasio Corso pudo comprobar que ella le había quedado muy agradecida. Y al encontrarse en la soledad de un corredor, lejos del alcance de ojos indiscretos, ella se le apretó hasta donde se lo consentían los trajes y juntó su casco con el del hombre, en un beso simbólico.

Estuviste estupendo conmigo, Vasio. No sé como agradecerte. ¡Te adoro, grandote!

Yo también —barbotó él, rojo detrás del visor—. Desde que te vi, flaca.

Hubo un silencio, porque ninguno de los dos había esperado pasar tan pronto de la guasa a lo serio. Pero el temblor de Corso, aun amortiguado por el traje, no escapó a la percepción de la mujer.

Fuiste tan bueno siempre. Quisiera poder expresártelo de otra manera, pero…

No podemos sacarnos esto —dijo él—. La orden es estricta, y si nos pescan…

No importa —sonrió ella—. Ya habrá tiempo para que nos conozcamos.

Dentro de un par de terrahoras salgo para el Cinturón. ¿No te acordás que te lo dije? Mi grupo va a pasar seis orbitales trabajando en la base de ahí. Es mucho tiempo.

Se quedaron callados, respirando fuerte a través del sistema de los trajes. Finalmente, ella tomó la iniciativa. Con lentitud se quitó uno de los guantes y lo animó a que la imitara.

Sé que te gustan mucho mis manos —dijo suavemente—. Me di cuenta de cómo me las miras… Y es raro, porque casi todos se fijan en otras cosas. Vamos, sácate el guante. Al menos nos tocaremos las manos. Yo sé que lo estás deseando, Vasio. ¡Hagámoslo!

Y era cierto. Corso no era como los demás hombres, quizás porque había vivido siempre en el ambiente rudo y sin sofisticaciones del espacio, en una de cuyas bases le concibieran in vitro. Las manos se juntaron, y para él fue tan íntimo y plenificante como un acto sexual.

Aun de viejo, las vibraciones de aquel instante mágico conmovían tenuemente sus fibras. Palideció.

de súbito, un rectángulo blanco irrumpió entre las estrellas. Una silueta de apariencia gigantesca se recortó en su luz, y Corso supo que el tiempo se le había terminado.

Hay que volver a la celda, Corso —advirtió el guardia—.Si sigues haciendo buena letra, el mes próximo te traigo otra vez.

¡Estrellas, galaxias, constelaciones…, off! —dijo el preso, y el universo virtual se disolvió en un “amanecer” computarizado. Una tenue luminosidad borró los últimos astros, mientras Gervasio Corso retornaba a su realidad cotidiana.

Habían cometido su acción culpable a cubierto de miradas, pero las videocámaras de vigilancia jamás se distraían. Cuando toda una raza alienígena se extinguió debido al contagio de un virus de resfriado terrícola común, se supo a quiénes culpar por ese cosmicidio. La Federación Galáctica dictó una sentencia de alcances terribles.

A través de largos pasillos, que recorrían en un pequeño y veloz vehículo, Corso, cambiado ya el viejo traje espacial por su uniforme de convicto, reasumía su confinamiento perpetuo, en lo más profundo de la urbe subterránea. Lo mismo que el resto de los seres humanos, ya no podría volver a contemplar las estrellas verdaderas, porque se les había exiliado de la superficie planetaria, confinándoles al subsuelo.

Su castigo, el castigo de una especie, era vivir, indefinidamente, una vida de años-sombra. ¡Por un solo minuto de amor!

Como aquellas antiguas letras de tango —murmuró el preso, al cerrarse la puerta de la celda a sus espaldas—. ¡Qué lástima no haber nacido poeta!


Carlos M. Federici. Nació el 3 de diciembre de 1941 en la ciudad de Montevideo (Uruguay), lugar en el que (como alguien anotara) “se ha obstinado en residir hasta el día de hoy, aun cuando las tramas de sus narraciones transcurran en exóticos parajes e incluso en remotas galaxias”. Géneros cultivados: Policial, ciencia ficción, terror y misterio, varios. Apéndice: cómic. Obras editadas: La Orilla Roja (1972, Reed. 1991); Mi Trabajo es el Crimen (1974, Reed. 1992); Avoir du Chien et être au Parfum (1976); Dos Caras para un Crimen (1982, firmada como el “heterónimo” Charles Fedson, Reed. 1993); Goddeu$ (Los Ejecutivos de Dios) (1989); Umbral de las Tinieblas (1990, Reed. 1995); El Asesino no las quiere Rubias (1991); Cuentos Policiales (1993); El Nexo de Maeter-linck (1993); Llegar a Khordoora (1994). Premios Literarios: Primer Premio en el Concurso “XIII Aniversario de El Popular”(1970); Primer Premio en el Concurso Literario Municipal (1971); Premio “ex aequo” en el mismo certamen (1974); Primer Premio en el II Concurso Literario “Melvin Jones” (1986); Hucha de Plata en el Certamen “Hucha de Oro” (Madrid, 1987); Primer Premio AEDI en el XIX Concurso Literario “Dr. Alberto Manini Ríos”(1997).


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“Al final del negro laberinto” por Álvaro Morales Collazo

7 Oct

Revista Cosmocápsula número 14. Julio – Septiembre 2015 . Cápsulas literarias.

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Al final del negro laberinto
Álvaro Morales Collazo

“Abandoned Castle” por MarieCrazyDove en Deviantart.com. Licencia Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 3.0…
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"Al final del negro laberinto" por Álvaro Morales Collazo

7 Oct

Revista Cosmocápsula número 14. Julio – Septiembre 2015 . Cápsulas literarias.

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Al final del negro laberinto

Álvaro Morales Collazo


Ludendorff no podía creer que de eso se tratara todo. La última sala en la cima-fondo de la montaña-abismo estaba vacía. Las paredes circulares de piedra, tramo final del último espiral del laberinto, terminaban en la nada. El arco formaba la sala circular. Encima, en el cielo, las dos estrellas gigantes, una azul, la otra ligeramente verdosa, ocupaban el centro exacto del enorme complejo y parecían rotar siguiendo el circulo de piedra. Había recorrido los nueve planos del centro, deambulando por las habitaciones vacías de los nueve palacios, apagando sus furores bélicos en los rincones habitados tan sólo por la humedad y por interminables ecos. Había superado el puente helado-de-fuego del borde. Supuestamente se hallaba más allá de todo, en un punto por encima del límite, el último escollo del universo, la postrera cima que se alzaba y se hundía en la frontera de la materia. Y había encontrado el laberinto negro, el inmaculado resto de la demencia en la que cayeron los grandes demiurgos. Sabía que detrás de su negro recorrido se hallaba el último de ellos que aún podía considerarse vivo. En darle término a su locura, Ludendorff veía la expiación de sus propios pecados, el alzamiento sobre el sinsentido de la materia y de la realidad, la liberación de las cadenas que retenían su espíritu. Pero una vez más se encontraba en la nada. Al final del gigantesco laberinto no había nada, salvo una especie de colina oscura y una informe roca del aspecto del carbón. Consideró que eso que parecía una piedra negra en el centro de la sala bien pudo ser en otra época un trono, que era lo que desde el principio esperaba encontrar, y que el tiempo había sabido deformar hasta volverlo irreconocible; y confirmaba esta idea en el asomo de lo que pudieron ser unos ángulos rectos. Dónde estaba ese olvidado dios loco. Ese testigo de la extracción del cosmos de la nada, dueño de la única llave para la última puerta hacía las regiones más elevadas. Matándolo, liberaría al universo de esa inmunda verdad, de la corroboración de la intencionalidad de todo lo creado. Luego, la inmensidad podría de una vez por todas deambular sola.

No sabía cuánto tiempo había demorado en llegar, pero sí que el tiempo no parecía relevante en ese lugar, bien la eternidad pudo haber enloquecido a los dioses, bien pudo hacerlo con cualquiera. No había pensado en un camino de regreso, hasta ahí lo conducían sus pasos, por lo que la única forma de volver a su transporte, era andando afuera del palacio y de la roca misma. Tomó pesadamente asiento en la piedra negra. Recordó cuando había alzado la vista por sobre el deteriorado borde. Había visto el primer palacio creyéndolo el único, lo había invadido con toda la furia que hervía en su sangre. Dentro de este monumento silencioso descubrió que había otros ocho más adelante. Conoció el comienzo de la historia primitiva de la creación. Habían sido nueve los demiurgos, uno en cada palacio que era como un mundo en sí mismo. Pero éste estaba vacío. Sus altas paredes blancas resplandecían con un remanente del brillo de otras eras. Así había seguido. Su viaje parecía haber durado una eternidad. En el cuarto palacio, entre sus ennegrecidas paredes de oro, descubrió el porqué de esa desolación. Había ocurrido una guerra entre los dioses y la mayoría había muerto. En el sexto palacio descubrió que su dueño había abandonado el plano de la realidad, aceptando su fracaso, y que antes de enloquecer, o durante el proceso, utilizó su llave y ascendió. En el séptimo, entendió lo que había ocurrido. Dos demiurgos habían sobrevivido a la guerra. En el previsiblemente vacío octavo palacio entendió que sólo quedaba uno, que aún vivía en el noveno, una colosal roca negra que se elevaba sobre el abismo, amparado en las justificaciones que le podía brindar la locura. El espíritu le había vuelto al cuerpo con esta última revelación. Había llegado con muchas preguntas, ahora tal vez podría irse con alguna respuesta.

Asaltó el palacio con los bríos necesarios para enfrentar al más antiguo de los ejércitos. Pero en su lugar sólo fue encontrando salas vacías, inmensos salones plagados de polvo, gigantescas bóvedas donde no quedaba ni el aire glorioso que suele habitar en las ruinas que han visto de cerca la historia. Nada quedaba. Al final de la última sala, el laberinto negro, hecho para perder a cualquier hombre, o para encontrar al primero.

Ahora, sentado en esa piedra derretida que pudo ser un trono, pensaba cómo podría recorrer todo el camino de regreso. Alzó la vista hacia el cielo. Era fácil perder la noción del tiempo en ese lugar, porque el firmamento estaba fijo. El preciso movimiento de todos los astros hacía que el cielo siempre fuera el mismo. Estaba plagado de las estrellas gigantes más viejas del universo, todos sistemas binarios, una azul, la otra verde; su resplandor creaba el efecto de que toda la circunferencia del horizonte pareciera carente de estrellas.

Cómo podría rehacer su camino sin esfuerzo físico. Ese pensamiento ocupaba su tiempo. Pensó que sería bueno poder volar, poder transportarse. Luego, pensó que efectivamente podría volar, que si alzaba sus brazos como alas y lo deseaba con suficiente confianza, era algo que podía ocurrir. En un instante estaría en el transporte, o ni lo necesitaría, podría ir hasta cualquier lugar al que deseara con sólo pensarlo. De otra forma, también podría transformarse en otra persona, adquirir sus recuerdos como propios. Se desencantó durante un instante e invariablemente pensó que ese lugar manifestaba todo el tiempo su propensión a la locura. A pesar de todo su misticismo de tiempo detenido, de eterno paisaje como congelado, a pesar de su hermosura primigenia, la bruma bajando lenta desde las alturas, empapada de una mezcla indecisa de azul y verde, como fluidos que se atraen pero no se mezclan, a pesar de todo eso y más, la mente y la conciencia parecían no tener allí lugar. La fantasmal figura del inmenso palacio recortado contra el continuo flujo del borde le trajo a la memoria una profecía.

Ludendorff tuvo al instante una revelación. Entendió el secreto del noveno palacio y de su misterioso ocupante, las razones del aparente abandono, los motivos de la guerra, del fracaso, de la retirada. Lo supo todo. En un fugaz instante en su trono derruido, las estrellas gigantes rotaron sobre su cabeza, el abismo pareció temblar, el borde detenerse. Recordó el tiempo en que había invadido los otros palacios, y aún antes, cuando gustaba de la sociedad. Ludendorff lo recordó todo. Pensó en lo inútil de sumergirse en los recuerdos del pasado remoto, tanto como para poder tratarse de recuerdos de otras personas, fragmentos que la imaginación rellenaba de la forma que más le convenía. Supo que efectivamente ese lugar producía locura, pero que ésta se había arraigado allí con la sangre que había regado la tierra, con los astros que habían muerto y esparcido sus cenizas a lo largo de su yerma planicie, y sobre todo con aquellos que fueron dejados por el camino. Ludendorff comprendió que el dios loco, era él.


Álvaro Morales Collazo. (Uruguay) Escribo desde niño. Relatos de mi autoría han quedado seleccionados en alrededor de quince antologías. Entre ellos: “Alejandría”, en el IV Certamen de Relatos Breves de la Asociación Cultural Las Alcublas. “Niños”, y “El despertar”, en el VII Concurso de Microrelatos de Terror y Gore (2013), que organiza el Festival de Cine de Terror de Molins de Reis. “Espejo 10”, en la antología Homenaje a Julio Cortazar de la editorial ArtGerust. “Juego de niños 3”, en la I antología de Calabacines en el Ático, Grand Guignol, organizada por Saco de Huesos. “Sótanos”, en el III Concurso de Terror ArtGerust. Homenaje a Edgar Allan Poe. “El zurdo Villalba”, obtuvo una mención en el 8vo concurso “El saber no ocupa lugar”, Tala, Canelones, Uruguay. “El juego de la arena”, finalista en el Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro. “Recorridos”, finalista en el I Concurso de Microrelatos de Terror, Librerío de la Plata. Estoy a punto de recibirme en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Este relato, “Al final del negro laberinto” resultó finalista en el I Concurso de Relato Breve Encuentros en la Tercera Frase, organizado conjuntamente por Letras Inquietas y Fata Libelli, pero nunca fue publicado en ningún formato, únicamente en el blog de Fata Libelli.


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