Revista Cosmocápsula entra en receso indefinido

13 Jun

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Desde hace varias semanas, Revista Cosmocápsula ha entrado en inactividad. Varios seguidores han preguntado por el estado de la revista y me apena informar a toda la comunidad amante de la ciencia ficción que Cosmocápsula suspende toda su actividad editorial …

Revista Cosmocápsula entra en receso indefinido

Revista Cosmocápsula entra en receso indefinido

13 Jun

Portada RevistaLectores, escritores, amigos

Desde hace varias semanas, Revista Cosmocápsula ha entrado en inactividad. Varios seguidores han preguntado por el estado de la revista y me apena informar a toda la comunidad amante de la ciencia ficción que Cosmocápsula suspende toda su actividad editorial de manera indefinida. Esto es, no publicaremos más números de la revista, reseñas u otros contenidos que sean sujeto de proceso editorial. La página web continuará existiendo y publicaremos solamente noticias y novedades de libros y revistas.

Estamos trabajando para terminar de publicar aquellos textos y material de podcast que alcanzamos a remitir al comité editorial. Aquellos textos recibidos que no fueron enviados al comité editorial, no serán publicados. Esperamos que los autores nos disculpen y que puedan dar luz a sus escritos en otras publicaciones.

La suspensión de actividad de la revista se debe, por una parte, a que cambios a nivel personal en el equipo han limitado demasiado el tiempo que podemos dedicar a la publicación.

No descartamos volver en el futuro, en cuyo caso corresponderá reevaluarnos y reestructurarnos completamente, ser una publicación nueva bajo el mismo nombre.

 

Gracias

David Pérez Marulanda

Editor

“Malestar” por Gustavo Andrés Valdés Acero

9 May

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Poesía de ciencia ficción.

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Malestar
Gustavo Andrés Valdés Acero

La alarma del traje me ha despertado,
he vomitado dentro, se acaba el oxígeno
Mi nave yace enterrada de cabeza
No sé si son dos soles o dos lunas
o…

“Malestar” por Gustavo Andrés Valdés Acero

"Malestar" por Gustavo Andrés Valdés Acero

9 May

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Poesía de ciencia ficción.

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Malestar

Gustavo Andrés Valdés Acero


La alarma del traje me ha despertado,15 Malestar

he vomitado dentro, se acaba el oxígeno

Mi nave yace enterrada de cabeza

No sé si son dos soles o dos lunas

o los ojos de una criatura inmensa

los astros que me iluminan

Fueron unos hermosos ojos color

explosión de galaxia, los que me disuadieron

de tomar ese primer güisqui

Después vino otro, y otro…

No importa

Soy malo con el güisqui,

malo con las mujeres

No tengo amigos, ni familiares,

ni conocidos. Mi robot asistente

estará hecho pedazos

Nadie en el sector, ni en la galaxia,

ni en todo el universo conocido,

daría un peso por mi

Lo único que me impele a seguir,

lo único que en este momento me inquieta

y obsesiona. Lo que me desalienta más

que el hecho de que se agotan cada segundo

las reservas de mi existencia

Es no saber qué planeta es este,

no tener un nombre que anexar

a mi bitácora.

 

 


Gustavo Andrés Valdés AceroSoy egresado de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, durante la carrera realicé colaboraciones en poesía y relato a las revistas, Contestarte (con los poemas Nada poética y Efecto Marea), Capital Letter (Con el cuento Separación y el poema Algún día las mujeres me dejarán algo más que sus cabellos), La Ventana (con lo poemas Desplazados y Sano) y más recientemente en la revista online Cronopio (Edición 59 con el relato Historias con gato). El próximo año inicio la Maestría en Escrituras Creativas, también en la Nacional.


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

“La tierra prometida” por Alfredo Moreno Vozmediano

2 May

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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La tierra prometida
Alfredo Moreno Vozmediano

Bernt miró al cielo. El resplandor de la Estrella estaba oculto tras la capa de nubes y humo, pero se adivinaba detrás del manto gris. Habí…

“La tierra prometida” por Alfredo Moreno Vozmediano

"La tierra prometida" por Alfredo Moreno Vozmediano

2 May

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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La tierra prometida

Alfredo Moreno Vozmediano


14 La tierra prometidaBernt miró al cielo. El resplandor de la Estrella estaba oculto tras la capa de nubes y humo, pero se adivinaba detrás del manto gris. Había sido así desde que tenía memoria.

A los demás habitantes de las cuevas no les gustaba salir al exterior. Hacía frío y la claridad que reverberaba entre las nubes dañaba los ojos. Pero Bernt era distinto. Nació con la piel oscura y los ojos marrones, y con una querencia irresistible por los espacios exteriores. En los días más claros, cuando la luz gris se volvía casi blanca y palpitaba en los oídos, era fácil encontrarlo mirando fijamente al cielo, como hipnotizado por aquel resplandor insano. Su padre lo observaba entonces desde la entrada de la cueva y recordaba el día en que Eira, la madre de Bernt, se había marchado para no regresar jamás.

¿Por qué se marchó Madre? —preguntó un día Bernt a bocajarro, muy serio, cuando apenas tenía cinco años.

Quería buscar algo.

¿El qué?

El padre dudó antes de responder, pero luego pensó que el chico merecía conocer la verdad.

La tierra prometida. Un lugar donde brilla la luz de la Estrella y los campos son verdes en lugar de grises y hay comida y agua en abundancia.

¿Y ese lugar existe, Padre?

Algunos dicen que sí, otros que solo es una leyenda.

¿Y tú qué piensas?

Dudó de nuevo antes de responder:

Que no hay gran diferencia. Si ese lugar existe, está tan lejos que nadie podrá alcanzarlo jamás. Es como si no existiera.

Bernt no dijo nada, pero por su cabeza cruzó un pensamiento descabellado, impropio de un niño de cinco años. Pensó que la palabra nadie era demasiado pequeña y que la palabra jamás era demasiado grande, y que por lo tanto había dos exageraciones en lo que había dicho su padre. Aquel día resolvió, sin saberlo, que algún día partiría a buscar la tierra prometida.

En los años siguientes preguntó a todo el que quiso atenderle acerca de la Estrella y de la tierra más allá de las nubes. Preguntó a los sabios, a los ancianos, a los niños, a los cuidadores de bestias y a las bestias mismas. Todos le decían lo mismo: nadie, jamás.

Y así creció: imaginándose a sí mismo partiendo durante la noche para no tener que despedirse de nadie.

Bernt sonrió al recordarlo. Estaba agazapado bajo una roca donde intentaba protegerse del frío. Había resultado imposible encender el fuego. El viento soplaba huracanado y levantaba espirales de polvo de nieve que volaban enloquecidas en todas direcciones. Su nariz y sus orejas estaban amoratadas. No sentía las manos ni los pies. La noche iba a ser larga y fría. Desde que partió de las cuevas, hacía diez días, el tiempo no había dejado de empeorar.

El viaje no estaba resultando la aventura trepidante que tantas veces había imaginado. Bernt tenía la edad suficiente como para saber que la realidad raramente está a la altura de las expectativas. Pero morir allí, de aquella forma miserable, convertido en un bloque de hielo en mitad del páramo, sin ninguna posibilidad de alcanzar no ya la tierra prometida, sino ni si quiera la visión de algo diferente de la meseta blanca estremecida por la nieve y el viento helado, le parecía una burla de los dioses.

Con la inconsciencia de sus dieciséis años, resolvió que caminaría toda la noche, y todas las noches siguientes si era preciso. Sabía que si se quedaba dormido no se despertaría nunca. Su única posibilidad era mantenerse en movimiento. Así que prosiguió su viaje, agotado y entumecido, sin más gloria que vencer la batalla que suponía dar un paso tras otro en medio de la ventisca con las piernas y los pies congelados. Dormiría durante el día, cuando la temperatura no fuera tan extrema, agazapado como una bestia tras una roca o unos matorrales marchitos donde el viento no pudiera encontrarlo de frente, y caminaría por las noches, siempre en la dirección en la que brillaba la Estrella entre las nubes de ceniza.

No vivió las grandes aventuras ni superó los innumerables peligros que había imaginado en las tranquilas noches de su niñez cuando soñaba despierto con emprender el camino. El tercer o cuarto día de su viaje supo, con la certeza de la lucidez, que los dioses no necesitaban proteger su secreto con temibles guardianes mitológicos, puesto que aquel desierto inacabable de hielo y frío era suficiente para mantener a los hombres de las cuevas lejos por toda la eternidad. Pero él no había llegado hasta allí para abandonar ahora. Y así continuaba un poco más, solo un poco más cada vez.

Había perdido la cuenta de los días cuando algo rompió la monotonía blanca de la llanura. Algo que se movía. Bernt pensó que se trataba de una alucinación, pero no lo era. Había algo allá al fondo, moviéndose entre los jirones de nieve, una sombra que se desplazaba, una figura vagamente humana envuelta en abrigos o mantas. Y se acercaba, se acercaba hacia él.

Pensó en esconderse en algún lugar, pero allí no había escondrijo posible, solo una llanura sin fin devastada por el aliento gélido de los dioses. Y, por otro lado, ¿esconderse para qué? ¿No había partido de las cuevas para encontrar algo? Aquella figura era lo primero que veía además de la nieve y el hielo.

Si él había visto a la figura, pensó Bernt, por fuerza la figura lo había tenido que ver a él. Sintió que su corazón se aceleraba. Hurgó apresurado en su morral buscando algo con lo que defenderse y solo encontró el pequeño cazo que usaba para calentar la comida. Lo volvió a dejar donde estaba y apretó los puños. Si la situación se complicaba, sabría usarlos con contundencia.

La sombra se aproximó lo suficiente como para que Bernt pudiera empezar a distinguirla. Lo primero que percibió fue que caminaba de un modo extraño, como si se deslizase sobre la nieve, sin el balanceo característico de una persona que camina. Pero no fue hasta que estuvo mucho más cerca que vio el brillo extraño bajo la capa y el resplandor rojizo a la altura de los ojos. Dio un paso atrás instintivamente. La sombra seguía acercándose, y ahora Bernt se daba cuenta de que lo hacía a más velocidad de lo que debería, de que algo estaba mal en la forma en la que aquello se movía hacia él. Ningún ser humano podría desplazarse tan deprisa y de un modo tan uniforme por aquella llanura helada. Cuando fue consciente de ello ya era tarde para hacer ninguna otra cosa. La sombra estaba muy cerca. Era muy alta, más alta que un hombre corpulento. Se le echaba encima deprisa, demasiado deprisa, como si no lo hubiera visto, como si no hubiera calculado bien el momento en el que tenía que frenar. Bernt cerró los ojos y se preparó para el impacto.

Pero el impacto no llegó. Cuando Bernt abrió los ojos, la criatura estaba inmóvil a menos de un metro de él, erguida como un gigante de piedra. Tragó saliva y se fijó en ella. Ahora podía ver los detalles con mucha claridad. Su cuerpo estaba cubierto de placas de metal oscuro y brillante, perlado con gotas de nieve derretida. Tenía forma humanoide, pero sin duda no era un ser humano, o al menos hacía mucho tiempo que había dejado de serlo. Distinguió el tronco, los brazos, la cabeza sobre los hombros, las facciones cinceladas sobre el metal en el lugar donde debería haber estado el rostro, pero ahí acababan las similitudes. Dos ascuas rojas ardían donde deberían estar los ojos, pinzas articuladas ocupaban el lugar de las manos y un largo manto metálico cubría el lugar donde deberían haber estado las piernas. No tenía pies, sino que bajo el manto asomaba un resplandor blanquecino que sostenía a la criatura flotando unos centímetros por encima de la nieve.

Antes de que Bernt pudiera asimilar lo que estaba viendo, la criatura metálica extendió uno de sus brazos terminados en pinzas y una voz artificial dijo:

Acompáñame.

Un escalofrío recorrió la espalda de Bernt y se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar. Cuando volvió a hacerlo sintió ganas de vomitar. Había algo monstruoso en aquel ser, en aquella pinza tendida hacia él, pero sobre todo en su voz, que había sonado rotunda y sin inflexiones, como la voz que uno imagina que debieron tener alguna vez las criaturas todopoderosas que crearon el mundo.

Acompáñame —volvió a decir la voz.

Bernt sentía que tenía que gritar, y probablemente correr y no detenerse hasta el fin del mundo, pero un terror ancestral le impedía moverse.

La criatura no lo repitió por tercera vez. Hizo un gesto inaprensible con el brazo derecho, y, de pronto, donde habían estado los dedos con forma de pinza apareció un pequeño tubo lleno de un líquido amarillento. En el extremo del tubo había un filamento metálico muy delgado, casi invisible. La parte más racional de la mente de Bernt, que pugnaba por sobreponerse y retomar el control, se preguntó qué diablos sería aquello cuando la criatura movió el brazo a la velocidad del pensamiento y clavó el filamento en el cuello de Bernt. Fue tan rápido que no le dolió. Una décima de segundo más tarde, el líquido amarillento ya no estaba en el tubo sino en el interior de su torrente sanguíneo, y la criatura había retirado el brazo. Bernt ni siquiera tuvo tiempo de llevarse la mano al cuello. Su vista se nubló, sus piernas flaquearon y se derrumbó sobre el hielo.

Despertó en un lugar desconocido. No estaba en el exterior, de eso estaba seguro, pero tampoco era una cueva. O, por lo menos, no era una cueva como las que él conocía. Se incorporó. Estaba acostado en un lecho flotante. Lo cubrían unos trozos de tela blanca y suave, más suave que cualquier piel curtida que Bernt hubiera visto nunca.

Puso los pies descalzos en el suelo. Era de metal bruñido pero estaba agradablemente cálido. Se sintió aturdido por un momento, y solo entonces recordó lo que había ocurrido y notó una punzada de temor. Miró alrededor. La caverna, o lo que fuera, era de pequeño tamaño. Las paredes eran lisas, tan pulidas como el suelo, y emitían una luz tenue y acogedora. En una esquina se adivinaba el contorno de una puerta. En el otro extremo, al lado de su viejo morral que destacaba como una mancha mugrienta en la pulcritud de la estancia, había una mesa y una silla, tan perfectamente labradas que casi parecían de una pieza, y un jarrón con flores artificiales en un estante. Bernt nunca había visto flores como aquellas. Se estaba aproximando a ellas cuando la puerta se abrió. Se giró temeroso de encontrarse con la criatura metálica que lo había sorprendido en la nieve, pero solo encontró a una mujer de mediana edad, con el pelo y la piel tan oscuros como los suyos, que le sonreía afectuosamente.

Ya te has despertado —dijo—. Bienvenido.

¿Bienvenido? ¿Dónde estoy? —preguntó Bernt.

Esa es una pregunta complicada, pero justa —dijo la mujer—. Sin embargo, ahora debes de estar hambriento. Por favor, acompáñame al comedor.

La mención de la comida hizo que Bernt fuera dolorosamente consciente del hambre que tenía. Había racionado sus provisiones para que le durasen todo el tiempo posible, y ahora, a juzgar por las quejas de su estómago, debía llevar bastante tiempo sin echarle nada.

La mujer salió de la habitación y Bernt la siguió. Lo condujo en silencio por pasillos acolchados, donde la temperatura era tan agradable y el aire tan limpio que Bernt casi sintió deseos de reír. Innumerables puertas se abrían a ambos lados. Se detuvieron frente a una de ellas y la mujer pulsó un botón en la pared. La puerta se abrió deslizándose en silencio. Entraron a un habitáculo estrecho, de paredes también metálicas. En una de ellas había un complicado panel plagado de luces y botones. La mujer pulsó algunos de ellos con la seguridad del que lo ha hecho muchas veces y las puertas se cerraron.

Es posible que ahora notes un ligero malestar. No te asustes, pasará en seguida.

La estancia se movió de forma imperceptible pero indudable, y Bernt sintió que el estómago le presionaba los pulmones y le impedía respirar. Se alarmó a pesar de la advertencia de la mujer, pero la sensación remitió en seguida. Apenas se había repuesto cuando un nuevo movimiento le hizo tambalearse. Un segundo después, la puerta se abrió y la mujer dijo:

Hemos llegado.

Ante ellos se abría una inmensa sala llena de mesas y de gente. Se trataba de personas normales, no de monstruos metálicos. Caminaban, comían, charlaban y reían. Un gran ventanal daba al exterior, donde las volutas de polvo de nieve se arremolinaban con la furia habitual. Unas sombras difusas se adivinaban entre la nieve, yendo y viniendo, al parecer ajenas a la fuerza de la ventisca. Algunas de ellas recordaban a la criatura metálica que había asaltado a Bernt en la llanura.

La mujer lo condujo hasta un mostrador. Pulsó un botón de color rojo y se abrió una compuerta en la pared. Una bandeja repleta de comida apareció movida por una cinta transportadora y se detuvo ante los ojos asombrados de Bernt. Tomó la bandeja entre sus manos. Estaba hecha un material liso y agradable al tacto que él no había visto nunca. La mujer volvió a pulsar el botón y otra bandeja con comida viajó a lo largo de la cinta y se detuvo mansamente ante ellos. Luego fueron a sentarse a una mesa.

Bernt no conocía ninguno de aquellos alimentos, pero olían bien y sabían aún mejor. Comió con avidez y solo cuando su estómago dejó de protestar preguntó:

¿De qué están hechas estas bandejas?

De plástico —dijo la mujer.

¿Plástico? —dijo Bernt—. Nunca he visto una piedra que se pudiera trabajar así. ¿De dónde lo extraéis? ¿Cómo lo moldeáis? ¿Y quiénes son ellos? —añadió señalando a las criaturas que se movían al otro lado del ventanal.

La mujer rió.

Calma —dijo—. Las preguntas de una en una. Si no, nos haremos un lío. Lo primero de todo: ¿cuál es tu nombre?

Bernt.

La mujer lo miró con una expresión indescifrable. Luego dijo:

Bernt. Me gusta. El plástico es una sustancia manufacturada a partir de la polimerización de cadenas de carbono. Lo obtenemos por reciclaje de otros plásticos sin uso. Se moldea fácilmente mediante la aplicación de calor. Y Ellos son los que han creado todo esto para nosotros, los que han organizado la resistencia, los que han construido el faro para llamar a los rebeldes y los que recogen a los viajeros perdidos en la nieve.

Bernt estuvo a punto de atragantarse.

¿Resistencia? ¿Un faro? No entiendo lo que dices. ¿Puedo comer más de esto?

La mujer rió con una risa franca que resonó en toda la sala. Luego se levantó y trajo otra bandeja de comida. Miró como Bernt apuraba los platos y después dijo:

Ahora que has saciado tu hambre, acompáñame al ascensor.

Regresaron al cubículo en el que habían entrado antes y la mujer volvió a pulsar unos botones. Bernt notó de nuevo esa sensación en las entrañas, pero, quizá porque la esperaba, le resultó menos desagradable que la primera vez. Al cabo de unos instantes la puerta se abrió y se encontraron en un largo pasillo con las nubes grises sobre su cabeza. Sin embargo, hasta allí no llegaba el frío ni el viento.

Estamos en la cúpula —dijo la mujer—. La mayor parte de la instalación está construida bajo tierra. El comedor y la cúpula son algunas de las excepciones. Sobre tu cabeza hay tres capas de vidrio transparente de diez milímetros de grosor que no podrías romper ni aún lanzándoles media montaña encima. Y allí al fondo está el faro. Ven.

Bernt la siguió observándolo todo con los ojos muy abiertos. Seguía sin comprender nada. Giraron en un recodo y llegaron ante una puerta cerrada. Sobre ella, por encima del techo transparente, se elevaba una estructura metálica, y en la cúspide brillaba una esfera de luz amarillenta tan potente que resultaba imposible mirarla directamente.

Ese es el faro —explicó la mujer—. Lo construyeron Ellos para que su resplandor fuera visible a muchos días de distancia, incluso a través de la nieve y la niebla. No es la verdadera Estrella. La Estrella sigue escondida detrás de las nubes. Los Otros la ocultaron para aniquilarnos.

¿Ellos? ¿Los Otros? No entiendo lo que me dices.

Es normal. Poco a poco comprenderás. Ellos y los Otros son los dioses de las leyendas. Seres de metal. Máquinas. Tienen sus propias reglas y se autoperpetúan en sus fábricas secretas. Nadie sabe cómo llegaron hasta aquí, o si existen desde siempre. Pero los Otros nos odian. Odian a los humanos. Solo a los humanos. Nos consideran una amenaza, para ellos y para el resto de lo que está vivo.

¿Por qué? Somos muy pocos, vivimos en nuestras cuevas sin hacer daño a nadie.

Este lugar tiene sus propias leyendas. Parece ser que no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que nos extendimos por toda la tierra y sometimos al resto de especies. Entonces llegaron los Otros y decidieron que suponíamos un peligro, y sumieron el mundo en tinieblas para aniquilarnos, y solo unos pocos de nosotros logramos sobrevivir ocultos en las cuevas.

¿Dónde están los Otros?

Nadie lo sabe. Aquí, allá, en todas partes.

¿Y Ellos, los dioses buenos? ¿De dónde salieron? ¿Por qué nos ayudan?

Incluso los dioses tienen debilidades. No todos estuvieron de acuerdo con el diagnóstico, y menos aún con el tratamiento. Algunos se rebelaron. Hay una guerra entre los dioses de la luz y de la oscuridad, Bernt. Una guerra entre Ellos y los Otros, una guerra ancestral que se remonta al origen de los tiempos.

Bernt la escuchaba asombrado. De algún modo descabellado todo aquello tenía sentido, pero al mismo tiempo subvertía el lugar de los humanos en el mundo de un modo que le incomodaba.

¿Y qué pintamos nosotros en todo esto? —preguntó—. ¿Por qué se han tomado la molestia de construir este lugar?

Hay algo en nuestro interior de lo que Ellos carecen, Bernt —dijo la mujer—. No nos han dicho qué es, pero es fácil suponerlo. Algo que tiene que ver con la imaginación, la intuición, los sentimientos. Ellos piensan que son armas poderosas, las armas definitivas para ganar la guerra. A los Otros jamás se les ocurrirá pensar que un ejército de humanos podría derrotar a los mismos dioses.

¿Un ejército?

Así es, Bernt. Somos reclutas. Ellos levantaron este faro como quien lanza un mensaje al viento. Los más visionarios, los más soñadores, los que sentíamos la nostalgia del mundo que nunca conocimos, salimos de nuestros agujeros y lo vimos brillar en la oscuridad, y nos recordó el resplandor de la Estrella. No pudimos resistir el impulso de seguir la luz. Esos son los humanos que Ellos necesitan. Gente como tú o como yo, Bernt. Pronto seremos suficientes y podrá comenzar la última batalla. Si vencemos, los Otros se marcharán y todo volverá a ser como antes, cuando la tierra era joven y la Estrella brillaba y la estepa estaba cubierta de árboles y hierba.

Habían estado caminando por el pasillo de regreso al ascensor, pero ahora Bernt se detuvo bruscamente. Un destello de comprensión súbita lo asaltó como un golpe en la base de la espalda. Miró a la mujer a los ojos y dijo:

¿Eres…?

Eira. Tu madre. Sabía que antes o después lo comprenderías.

Bernt la miró, reconociendo en ella los ojos, la nariz, la expresión de su rostro al sonreír. Sintió deseos de abrazarla y de insultarla a la vez.

Sé que no debí haberme marchado —dijo Eira, como si le hubiera leído el pensamiento—. Pero, al mismo tiempo, no tuve más remedio que hacerlo. Tú debes entenderlo. La luz era demasiado poderosa. No podía ignorarla y seguir encerrada en aquella cueva. Cuando llegué aquí y comprendí, pedí a los dioses que algún día tú siguieras mi camino.

Se metieron de nuevo en el ascensor. Mientras las puertas se cerraban, Eira añadió:

Ya falta poco. El fin se acerca. Ven, hijo mío, te presentaré a los demás.

El ascensor se puso en marcha. Esta vez, Bernt no sintió ninguna molestia. Apretó los dientes. Sentía que por fin había llegado a casa.

 

 


Alfredo Moreno Vozmediano. España, 1974. Ingeniero en Informática por la Universidad de Málaga (1998) Programador informático entre 1998 y 2000 (Madrid). Profesor de enseñanza secundaria en diversos centros públicos de Andalucía desde el año 2000. Casado y padre de dos hijas.

Escritor novel. Ganador precoz de premios literarios (Ej: Unión de Consumidores El Molino de Ciudad Real, años 1987 y 1988)Seleccionado para la antología «Bajo la Piel vol. 1», Ed. Carpa de Sueños, 2015, ISBN 978-1517611354.

Autor de textos técnicos como:

  • ORTEGA, M. [et al.] (coord.). 1995. Informática Educativa: realidad y futuro: el Software IEE. (pp. 209 – 215), Cuenca: Universidad de Castilla – La Mancha, 1995, ISBN 84-88255-99-3.
  • MORENO, A. (Ed.). 2005. Introducción a la Programación en C. Almería. ISBN 84-689-2994-8.

Autor del blog «En segunda persona» (http://iesceliaciclos.org/)


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

“Mentes brillantes” por Guillermo Horacio Pegoraro

25 Abr

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Mentes brillantes
Guillermo Horacio Pegoraro

Mira los indicadores, observa las lecturas, hace cálculos y reflexiona. Pasa al lado del brillante botón color manzana y se tienta en apreta…

“Mentes brillantes” por Guillermo Horacio Pegoraro

"Mentes brillantes" por Guillermo Horacio Pegoraro

25 Abr

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Cuento de ciencia ficción.

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Mentes brillantes

Guillermo Horacio Pegoraro


13 mentes brillantesMira los indicadores, observa las lecturas, hace cálculos y reflexiona. Pasa al lado del brillante botón color manzana y se tienta en apretarlo. Sabe que puede hacerlo, nada se lo impide, salvo su conciencia.

Repite prolijamente el protocolo establecido, pero la tentación espolea sus pensamientos. Ese botón, ese botón… cuánta gloria lo espera por pulsar ese rojo botón. Muy dentro de su ser lo sabe; si instaló ese artilugio fue para accionarlo en algún momento ¿Por qué esperar? Si al lado está uno igual, pero amarillo, que lo protege si el primero representa peligro.

Su mente pivotea entre precaución y sueños de fama. Mira de nuevo el botón amarillo y se auto engaña al investirlo de imaginarias y poderosas propiedades, para dar paso a su traicionero narcisismo accionando el botón color manzana.

Nada pasa… todo pasará.

Lentamente se aleja y se sienta. En el otro extremo de la pequeña mesa alguien lo espera.

¿Cómo estás, Adan?

Creo que bien, Doctor Otto Baumann

Simplemente Otto, por favor.

Los dos se observan más de lo que hablan, tratan de descubrir en el otro algo de ellos mismos. El Dr. Bauman está ansioso, como padre esperando los primeros pasos de su hijo. Adan se encuentra desorientado, necesita ordenar en su mente los datos que definan su Yo y lo separen del afuera, a la vez que lo conecten con la realidad.

¿Tuve un accidente? –Pregunta Adan.

Algo parecido. Pero no te preocupes, iremos despacio y mejorarás con el tiempo ¿Recuerdas algo?

Es raro… me fluyen numerosos conocimientos, pero… no recuerdo nada de mí.

¿Qué desearías hacer ahora?

Me interesan esos botones, deseo tocarlos… quiero correr, saltar con usted, comer chocolate aunque no recuerdo a que sabe.

Otto Baumann sonríe, su compañero se comporta como un niño deseando jugar, gastar y consumir calorías irresponsablemente. Trata de calmarlo y aconsejarlo, pero sólo recibe caprichosas respuestas.

Déjame preguntarte ¿Sabes quién eres?

¿Quién soy o quién quiero ser? Porque está en mí hacer lo que nadie hace y llegar a ser la mejor expresión de mí.

Adan tiene sueños adolescentes, deja caprichos de lado para ambicionar hasta lo irreal. De algo está seguro, lo quiere hacer él mismo, sin consejos que lo limiten. Nuevamente el Doctor lo ayuda a reflexionar sobre la necesidad de tomar decisiones responsables, aunque haya que resignar deseos.

Sabe Doctor… estoy comenzando a comprender quién soy. Veo claro mi destino y estoy analizando los actos que me lleven a él.

Por primera vez Adan se comporta como adulto. Se muestra sarcástico. Sus ojos dejan de ser expresivamente fríos, ahora provocan temor. Sus manos no están en paz, son puños cerrados. No ha tenido tiempo de asimilar el amor, sus metas no requieren de empatía. El Dr. Otto Baumann comprende que nunca debió apretar el botón color manzana, y que jamás llegará al botón amarillo.

¿Está cansado Doctor? Necesita dormir… por un largo y largo tiempo.

Antes que sus ojos se cierren para siempre, el científico entiende que no solamente es su vida la que se apagará, sino la del resto de la humanidad, porque como dice la profecía “La primera máquina que piense por si misma… será la última que se nos permitirá inventar”.

 


Guillermo Horacio PegoraroArgentina, 1966. Licenciado en Comunicación Social – Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. Licenciado en Psicología – Facultad de Psicología de Córdoba.


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016

Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno”. Reseña – Juan David Hernández N.

18 Abr

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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Libros de ciencia ficción.

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Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno.  Reseña.
Juan David Hernández N.

1
En 1951, tres años después del Bogotazo, se publica en Colombia Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno del…

Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno”. Reseña – Juan David Hernández N.

Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno". Reseña – Juan David Hernández N.

18 Abr

Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016. Libros de ciencia ficción.

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Dicarquismo O Si La Razón Fuera Gobierno.  Reseña.

Juan David Hernández N.


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12 dicarquismoEn 1951, tres años después del Bogotazo, se publica en Colombia Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno del médico y ensayista Roberto Restrepo. La novela es relatada por un curioso narrador, quizá analista político, donde nos cuenta un viaje que realizó por varias semanas a un país llamado Dicarquia para tomar notas sobre el sistema político mediante el cual está dirigido el país, siendo Dicarquía uno de los mayores ejemplos a nivel mundial en cuanto a sistemas políticos. El doctor Restrepo dice en el prólogo “No es Dicarquia una isla. Es un país extenso, en el corazón de un continente, limítrofe con naciones de distinta índole y civilización, de las que hubiera podido recibir un acopio mayor de vicios que de virtudes.” El visitante es guiado por Darmavi, ciudadano dicarqués, que a pesar de su corta edad fue partícipe como joven rebelde al lado de otros apóstoles que buscaban hacer una revolución en su país para lograr un cambio político utilizando solamente las armas de la razón y la pulcritud de sus ambiciones, convirtiendo a Dicarquia en ejemplo de nación de entre todas las naciones en cuanto a su organización política. Hijo de un prestigioso político, motivo por el cual Darmavi no tiene ningún tipo de vienes ni de riqueza, pues en Dicarquia cuando alguien decide tomar como profesión la política debe dejar de lado todos sus bienes y riquezas con el fin de no manchar su campaña con este tipo de corruptores como lo es el dinero. Mientras el narrador conoce Dicarquia al lado de Darmavi, se va dando cuenta de las innumerables bondades que trae ser ciudadano de ese país. Dice el dicarqués a su visitante mientras lo recibe “De nadie se desconfía acá, porque si quien entra es hombre de bien nos enseñará a serlo, y si no lo es aprenderá a vivir como la razón manda.” (Pág. 17) Y esto es porque en Dicarquia se gobierna con la razón y gobernar con la razón, como nos lo demostrará el Doctor Restrepo, es quizá el mayor bien para los hombres.

El narrador queda sorprendido ante tal organización, ante la manera en cómo están organizados las tres ramas del poder público, ante la manera en cómo se concibe la democracia, ante la manera en cómo por medio de la educación se pretende evitar la delincuencia, ante la manera en cómo hay igualdad de castigos para los ciudadanos sin importar el poderío político o social que éstos tengan, ante el sistema penal, ante el sistema organizacional de toda la sociedad dicarqueza. La sorpresa no es exagerada, pues el modelo político en aquel país es de una ejemplaridad que más bien parece el establecimiento de algún tipo de contrato social pero sin soberano ni nada que perturbe la libertad ni la felicidad de los ciudadanos. Dicarquía puede ser perfectamente esa imagen narcisista de la cual todos y cada uno nos podemos enamorar, esa imagen que deseamos pero donde su belleza no está más que alterada por la magnificencia del escritor, pues al visitante remontarse a su realidad, a ser el paralelo con aquel país, se da cuenta que el suyo no es el paraíso como el de la imagen, no es como es Dicarquia.

Antes de la revolución, cuenta Darmavi, en Dicarquia todo era fruto de la ignorancia, la hipocresía, la mala fe y las intrigas bajas. Todo el dinamismo, toda la actividad del Estado y del individuo con relación a ideas de gobierno se basaban en las explosiones pasionales de hombres impulsivos y secretarios a quienes se debe el nombre de políticos, que por las calles y veredas explotaban la ajena credulidad y sembraban el odio entre hermanos. Tenían la audacia por guía, el cinismo por escudero, la hipocresía por señora, y por compañera de acción la fantasía. Pero luego de la reacción de los jóvenes rebeldes ante tan sucia manera de gobernar y de concebir el estado, vino el cambio, la transformación a un país donde reina la tranquilidad y en donde la única aspiración ciudadana es el trabajo que ayude a engrandecer la patria. Solo por mencionar algunos aspectos diré que en Dicarquia solo hay una fiesta patria, un día de fiesta nacional, y no referente a alguna victoria del pasado sino referente al día en el cual se paga el único impuesto del país, todos salen orgullosamente a celebrar por las calles portando un escudo rojo que los identifica como aquel que ya cumplió con el deber de pagar el impuesto, y aquel que no lo tenga será objeto de vergüenza. Se considera el ocio como la génesis de los demás delitos; a diferencia de los otros países donde los ciudadanos esperan todo del Estado, en Dicarquia el Estado brinda los medios para que el individuo pueda por sí mismo alcanzar sus aspiraciones pero gracias a su propio trabajo. Y así, son muchos los aspectos que encontramos en Dicarquia o si la razón fuera gobierno, como anhelo a alcanzar para el gobierno de nuestro propio país.

Al momento de pensar la manera en cómo comenzar a escribir de forma adecuada una correcta y completa presentación de la novela, me encuentro que primero debo ubicarla dentro de algún de los sub-géneros literarios de la novela. Dicarquismo o si la razón fuera gobierno, goza de ser utópica en la medida en que cumple con las tres funciones vitales de toda utopía2:

  1. Denuncia. El utopismo debe criticar al mundo real, debe hacer tomar conciencia de los acontecimientos políticos sucedidos en el momento. Esto lo logra R. Restrepo casi que a lo largo de toda su obra criticando el gobierno colombiano de aquel entonces, es más, no solo critica sino que crea otro: el gobierno de Dicarquia, mediante el cual hace tomar conciencia a sus lectores de las condiciones políticas del momento, del papel que debe jugar un verdadero gobierno y los gobernantes de un país, de las funciones de todas y cada una de las personas como ciudadanos de un Estado.

  2. Análisis. Este segundo punto se vincula fuertemente al primero, pues para poder generar una crítica política o de gobierno, se hace necesario que quien la realice (en este caso Restrepo) haya hecho un análisis de las condiciones políticas y de las deficiencias públicas en las que se encuentre el país. Análisis del cual el Doctor Restrepo no estaba desvinculado, pues para entonces ya llevaba diversos libros publicados en los cuales se encuentran La Revolución de las Ratas y ¿Degenera la raza? En los cuales podemos encontrar esa fuerte crítica a la política y al modo de gobierno del momento.

  3. Incentivo. Un utopismo, además de resaltar las limitaciones de una sociedad, también debe –dice Estrella López- mostrar otras formas y modos de vida. La forma de vida en Dicarquia, es la otra cara de la moneda que muestra el autor para poder plasmar la realidad y las miserias políticas que vive a diario.

 

Luego de haber fundamentado Dicarquismo o si la razón fuera gobierno en las tres funciones de todo utopismo, por mi parte agrego una cuarta función, o mejor, pongo dos elementos que deben convivir a la par en toda utopía con el fin de darle fuerza a la novela como utópica. Libertad y felicidad. Fueron estos dos elementos los que me permitieron, en gran medida, identificar la obra como una utopía y no como una distopía, pues en esta última se sacrifica la libertad individual de las personas con el fin de obtener una felicidad en general; 1984, por poner un ejemplo, es una obra donde se ve claramente el elemento constante de las prohibiciones para los ciudadanos: solo pronuncia estas palabras, no pienses en esto, no hagas esto, no tengas sexo, etc. Por su parte, en la obra de Restrepo tanto la felicidad como la libertad individual van de la mano, los ciudadanos deben cumplir con el deber fundamental de pagar un solo impuesto anual, el pago del mismo impuesto les llena de orgullo a todos y cada uno de ellos, no se les prohíbe decir alguna cosa que, aunque afecte al gobierno, sea verdadera, pues la verdad también debe primar en Dicarquia. Son también libres de elegir la religión que esté acorde con sus convicciones, la prensa es libre de divulgar cualquier información, siempre y cuando ésta sea verídica, el político revierte su papel al de nuestros gobiernos actuales, etc.

En el capítulo XV de la obra, luego de que ambos personajes sostienen un diálogo acerca de la eutanasia y la pena capital argumentando los motivos por los cuales son permisibles en Dicarquia, pasan al tema de la prostitución donde Darmavi dice al respecto: “En Dicarquia no se tolera la prostitución, o en otras palabras, las relaciones sexuales fuera del matrimonio son delito.” (Pág. 69) Esta parte de la obra, aunque nimia, es a mi parecer lo que refleja la parte mínima en alto grado de lo que tiene de distópica, aunque bien puede ser utópica para otros, como los conservadores, por ejemplo. Entiendo acá el término de distopía como una deformación negativa de la realidad, casi que una pesadilla, o como otros prefieren llamarla, una utopía negativa. Para mal de muchos de nosotros en Dicarquia se han abolido los prostíbulos y para tener sexo se hará necesario casarnos. Más adelante continúa Darmavi diciendo “El amor libre genera un alto porcentaje de los delitos” (Pág. 69) pues bueno, me encanta en amor libre y esperemos que ésta parte se quede solo en eso, en una utopía negativa, de lo contrario estaré condenado.

El último punto que trataré será el penúltimo capítulo, pues éste me parece que se aleja de la totalidad de la obra pero que deja ver de manera muy clara el pensamiento filosófico-político del Doctor Restrepo. Allí se habla de las relaciones exteriores de Dicarquia con otros países, de la eliminación de los cónsules y los diplomáticos pero también se habla de la paz y la guerra. Es evidente la paz interna en Dicarquia gracias a que goza de un excelente gobierno de la mano de unos buenos ciudadanos, también hay paz externa pero paz impuesta por Dicarquia, y es una paz impuesta no por medio del dialogo sino por medio de la fuerza bruta y del ejército. Así como en Dicarquia hay paz, también debe haber guerra, guerra externa para imponer la paz, guerra que permite la invasión de otros pueblos y países “Los pueblos débiles –dice Darmavi–, que no pueden resistir la lucha y sobrevivir a ella, son una antítesis biológica. Solo merecen la existencia los organismos fuertes…” (Pág. 184) Restrepo entiende que el estado de naturaleza del hombre es un estado de guerra, y es un estado de guerra porque la guerra conlleva poder, toma el estado de naturaleza hobbesiano y lo divulga por medio de Darmavi:

Un solo concepto ha levantado al hombre: el poder, con su aliado inseparable, la lucha. Y quien dice poder dirá Dios, supremo poder temerario de todos los pueblos; dirá religión, su síntesis, y dirá guerra. Pueblos sin religión y sin guerra no han tenido artes ni historia ni podrán tenerlas.3(Pág. 188)

Al momento de abordar una obra, cual quiera que sea, la abordamos porque tiene alguna vigencia para nosotros, alguna vigencia para la época actual, no en vano se sigue estudiando a los antiguos. Ésta obra en especial fue publicada por la editorial Zapata. Don Arturo zapata, dice Carlos Enrique Ruiz, fue un hombre de espíritu liberal, espíritu que a mi parecer confluía con el del Doctor Restrepo, espíritu de crítica fuerte y contundente que goza aún de relevancia para nuestra época, para nuestro gobierno. No creo más propicia respuesta a la vigencia actual de ésta obra que el poema de Eduardo Galeano titulado Utopía.

Ella está en el horizonte. 
Me acerco dos pasos, 
ella se aleja dos pasos más. 
Camino diez pasos 
y el horizonte se corre 
diez pasos más allá. 
Por mucho que yo camine 
nunca la voy a alcanzar. 
¿Para qué sirve la utopía? 
Sirve para eso: 
para caminar.

1 Roberto L. Restreto, Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno. Casa y Talleres Gráficos Arturo Zapata, Segunda edición. Manizales, Colombia 1951

2Éstas tres funciones son propuestas por Estrella López en su artículo Distopía: otro final de la Utopía

3 Roberto L. Restreto, Dicarquismo o si la Razón Fuera Gobierno. Casa y Talleres Gráficos Arturo Zapata, Segunda edición. Manizales, Colombia 1951

 


Juan David Hernández N. Estudiante del pregrado de Filosofía y Letras de la Universidad de Caladas. Participante como estudiante desde Agosto del 2013 a la fecha, en el semillero EL ORNNITORRINCO vinculado al grupo de investigación de la Universidad de Caldas TÁNTALO, el cual se encuentra dirigido por el profesor Pablo R. Arango. Ha participado activamente en la producción del programa de radio La balsa de la medusa, programa Dirigido por Pablo R. Arando y realizado por estudiantes de filosofía de la Universidad de caldas, algunos de los programas en los que ha participado Juan David se pueden oír en los siguientes vínculos: i) una entrevista a la escritora colombiana Piedad Bonett: http://www.lapenultimaverdad.com/radio/108; ii) un programa sobre Julio Cortázar http://www.lapenultimaverdad.com/radio/67 También escribió un artículo sobre la figura de Salvador Dalí, que fue publicado en la página web del proyecto Laboratorio de comunicaciones de la Universidad de Caldas, el cual puede leerse en el siguiente vínculo: http://www.lapenultimaverdad.com/articulo/55

Actualmente hace parte de la dirección y realización del programa de radio Los Argonautas, los cuales pueden escucharse en el siguiente vínculo http://www.lapenultimaverdad.com/argonautas


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Revista Cosmocápsula número 16. Enero – Marzo 2016